Viernes, 12 Mayo 2017 07:28

El Martí de siempre

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Mi hombrecito me ha sorprendido esta mañana. Apenas llegó a su círculo infantil fue corriendo a buscar al Martí de yeso, en el que pocas veces los adultos reparamos por la prisa.

Frente al busto, y a la mirada curiosa de otras personas, me dijo como suerte de lección todas las cosas que sabía del Apóstol. En su lenguaje peculiar mencionó a La Edad de Oro, recitó yo soy un hombre sincero y concluyó con que Martí era un mambí, como Elpidio Valdés al que habían matado los españoles de un tiro en la frente.
Los espectadores se rieron a carcajadas, sobre todo por su manera de trastocar las eses y las eres. Pero yo me puse roja de orgullo, y en el salón descubrí de donde le salió a mi niño la vehemencia. Y es que este mayo la cita con el más universal de los cubanos es casi obligatoria, desde los primeros años de vida.
Muy chica también aprendí de memoria los versos del apóstol, aún sin entender el patriotismo que encerraba cada estrofa. Y es que en Cuba, desde el círculo infantil y las vías no formales se enseña a conocer al maestro, a aprender sus mejores valores, aquella voluntad que lo llevó siempre a preferir la estrella que ilumina y mata.
Este 19 de mayo se cumplirán 122 años de la desaparición física de Martí. Un disparo cerró los ojos del hombre con el pensamiento más preclaro de su tiempo. Pero lo revivió Fidel y la generación del Centenario, lo hemos llevado como un estigma durante todos los años de Revolución.
Estos tiempos difíciles nos han llevado a sus doctrinas una y otra vez. Ahora cuando el gigante es cada vez más poderoso y amenaza con dejar bajo su bota de siete leguas a nuestros pueblos de América. Que nadie dude de que los preceptos de Martí aún están vigentes, hemos aprendido también a conocer las entrañas del monstruo.
El valeroso cubano que mi hijo ya sabe reconocer es un paradigma de todos los tiempos. Nos corresponde desde el hogar fomentar su legado, para que cuando un niño lleve entre sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, sepa que la pluma del Apóstol fue savia y puñal, que siempre sangró por su Cuba.

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