Viernes, 05 Octubre 2018 07:49

La adopción en Cuba siempre en beneficio de los niños

Escrito por Yuset Puig Pupo

Las Tunas.- Hace unos días, un viejo amigo, de esos entrañables, me dejó unas palabras muy sentidas en el correo. Me escribía a propósito de un comentario anterior que salió publicado en este medio con el nombre Mucho más que ir de blanco, y con el cual él se pronuncia en total desacuerdo.

Para mi amigo, que por demás es jurista y uno de los buenos, la mayor preocupación no radica en el hecho de hacer posible la unión legal entre personas homosexuales, sino en la cuestión de cómo los niños se verían afectados en consecuencia, sobre todo si se trata de los mecanismos de adopción.
Enseguida entramos en un diálogo muy respetuoso (no todas las personas tienen la misma visión de los fenómenos sociales y eso no nos convierte en rivales). Como él, debo confesar que la infancia ocupa en mi vida y en mis quimeras la cúspide de lo intocable. La transparencia con la que un infante reacciona, ese instante cuando pasa de la sorpresa a la sonrisa, es el mejor indicador de que la sociedad es fértil y no tóxica, algo que en Cuba se me antoja real y no creo que el Artículo 68 del Proyecto de Constitución atente contra eso.
Para ser clara, la preocupación sobre quién está apto para adoptar a un niño y reúne los requisitos además, no es nada nuevo ni surge a propósito del matrimonio igualitario y las posibles familias homoparentales. En este país existen mecanismos muy rigurosos a la hora de decidir el futuro de un menor, eso no cambiaría de modo alguno ni sería más o menos flexible en dependencia de la orientación sexual de los que pretenden ser padres.
La legislatura vigente no priva a los homosexuales de la adopción. Como pareja no pueden hacerlo porque solo se reconoce la unión legal entre un hombre y una mujer, pero hasta el momento existe la posibilidad de entrar en el proceso de forma independiente, o sea ha estado vigente hace muchos años.
Este tipo de procedimiento no es muy frecuente en nuestra sociedad porque las familias cubanas son muy peculiares, casi siempre hay una abuela, un padre, una tía o una prima que ante una fatalidad asumen el rol materno con mucho cariño y efectividad. Cuando se efectúan son de jurisdicción voluntaria y no debe haber litigio.
Los adoptantes promueven un expediente ante el Tribunal Municipal de su localidad. Ese órgano judicial entrega el caso a la Fiscalía. Se investiga en la escuela, el barrio, "debajo de cada piedra"... Y al final es el Tribunal el que autoriza o no la adopción. Es irreversible y se realiza con exhaustividad.
Los requisitos establecidos en los artículos 100 y 101 del actual Código de Familia para los adoptantes son muy específicos, como: haber cumplido 25 años de edad y tener por lo menos 15 años más que los adoptados, hallarse en pleno goce de los derechos civiles y políticos, estar en situación de solventar las necesidades económicas y tener las condiciones morales y una conducta que permita presumir, razonablemente, que cumplirá los deberes que establece el Artículo 85.
Todo el procedimiento, que por demás conocen los juristas, no varía de ninguna manera ante el hecho de que quien desea tener una familia sea heterosexual o no. En primer lugar solo se inician para buscar el bienestar de los niños, retribuir afectos y equilibrar los parentescos que les vedó la vida.
En nuestra sociedad ya existen un sinnúmero de familias sui generis donde los niños están bajo la protección de homosexuales, aunque no tengan su custodia legal y no por esto dejan de estar comprometidos con la difícil tarea de cuidar y educar. Que exista una legislatura que ampare el proceso, desde mi modo de ver las cosas, solo asegura que se respeten y cumplan los deberes y derechos establecidos.
Las preocupaciones de mi amigo son entendibles, como todas las que se generan alrededor de las circunstancias que propician el futuro de nuestros infantes. Al respecto se ha generado mucho debate, con opiniones encontradas y también muy divulgadas. Estas catarsis se me antojan saludables. Son una manera de repensar en todos los aspectos, la sociedad que queremos, más inclusiva y justa, donde todos tenemos voz, para asentir o discrepar de los otros.

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