Lunes, 03 Diciembre 2018 06:57

El bombardeo a Manatí

Escrito por Juan Morales Agüero

Manatí, Las Tunas.- Aquel 2 de diciembre de 1958, Manatí despertó bajo el estruendo de las bombas y el tableteo de las ametralladoras. Serían aproximadamente las 8:00 de la mañana cuando un avión B-26 de procedencia norteamericana y con base en Camagüey comenzó a dejar caer su mortífera carga sobre instalaciones civiles, con el obvio propósito de aniquilar a los guerrilleros del Ejército Rebelde que, desde el 29 de noviembre, habían tomado virtualmente el poblado.

La primera bomba cayó sobre el almacén de útiles del ingenio –recuerda Raúl Galguera, un manatiense que vivió aquellos trágicos momentos-. Enseguida ocurrió un incendio, que fue sofocado a duras penas. Después tomaron como blanco el colegio de monjas, sobre el que dirigieron ráfagas de calibre 50. Luego vino el drama, con la bomba que detonó cerca del almacén de víveres, bajo cuyo andén estaban refugiados muchos vecinos del lugar, dejó un saldo de nueve civiles muertos.

Los rebeldes habían entrado al batey de Manatí con el propósito de hacerse de un potente compresor para volar el puente sobre el río Jobabo y aislar en consecuencia el principal teatro de operaciones que era la antigua Provincia de Oriente. Durante el tiempo que estuvieron en el poblado, sitiaron el cuartel de la tiranía, pero no logaron tomarlo.

Los de la tiranía pensaban que debajo del almacén existía un emplazamiento rebelde –dice Galguera-. En realidad, todos los que allí se guarecían eran civiles. La cercana estación de ferrocarril sí estaba en poder de los barbudos. Ese día murieron José Galguera, Benita Ocampo, Ricardo Peña, Víctor Tamayo, Escolástica Mejías, Naud Barret, María Méndez, Nieves Carmenate y Nereyda Mejías.

Ante el acoso de que eran objeto por parte de los rebeldes, los guardias batistianos pidieron refuerzos. Se les envió entonces un pequeño contingente de tropas al mando del capitán Gómez Camejo. La desproporción de hombres y medios de combate aconsejó a los guerrilleros retirarse de su zona de operaciones, lo cual se concretó a las 4:00 de la mañana, no sin cumplir su principal objetivo, que era llevarse el compresor del ingenio.

Ese día, Manatí en pleno lloró a sus muertos. El odio a la dictadura y a su brazo armado alcanzó su clímax. Te podrás imaginar cómo se podría sentir un pueblo al que le aniquilan nueve hijos sin que hubiera ni una sola baja entre la gente de uniforme.

Han transcurrido 60 años de aquel infausto 2 de diciembre de 1958. Por fortuna, los días de la dictadura estaban por entonces contados. Sin embargo, Manatí continúa recordando a sus víctimas, devenidas mártires, a quienes el sentimiento popular jamás podrá olvidar.

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