Sin embargo, emplea estos términos simples para explicar qué es fundir el acero: “Es como una gran olla donde se van agregando componentes hasta lograr el punto exacto de una cocción”. Elude la fraseología técnica, no por inexperto, sino por respeto al desconocedor. Por eso advierte que estar dentro de una acería “es muy difícil, exige mucha concentración. Ocurren reacciones violentas de gran peligro”.
Sus emociones -discurren entre las palanquillas, enfriándose poco a poco; el calor casi volcánico de la nave de producción, el chirrido de los cables, la sirena de la grúa, las chispas moviéndose enloquecidas dentro del horno de arco eléctrico-, comenzaron a tejerse desde que, motivado por un excompañero del servicio militar, llegó a la Empresa de Aceros Inoxidables Las Tunas, el 15 de marzo de 1993.
“Era más joven, no tenía ni idea de cómo sería. Lo veía como una cosa grande y desconocida”, expresa describiendo sus primeros pasos en Acinox como operador de grúa.
“Corrían años difíciles. El acero es un trabajo muy duro y al comienzo más, porque en Las Tunas no había mucha experiencia en la metalurgia”, comenta. Resume así las penurias individuales y colectivas de una época que puso a prueba la capacidad de resistencia del país y también de esta fábrica, que hubo de labrarse un prestigio a golpe de esfuerzo e ingenio.
La vida de Carlos definitivamente comenzó a cambiar al iniciarse como ayudante de fundición en la Acería. Ya no pudo despegarse del corazón de la planta. De allí únicamente salió cuando su propio corazón comenzó a cansarse y los médicos aconsejaron la lejanía. Pero solo fue un repliegue estratégico, pues la dirección apeló a su experiencia y hoy ejerce la jefatura de uno de los turnos.
EL RÉCORD
Hace poco Acinox Las Tunas acaparó titulares cuando la Acería llevó sus marcas mensuales de acero líquido y de palanquillas a las 14 mil 432 toneladas y 13 mil 787 respectivamente, mientras que en el Laminador 200T colocaron en 112 la cantidad máxima de toneladas de barras corrugadas producidas en un turno laboral, y en 241 toneladas la cota superior para una jornada de trabajo.
Carlos, sin falsas modestias, asegura que el colectivo sí pensaba en la posibilidad de alcanzar esas cifras, aunque reconoce que siempre fue un reto vencer el natural escepticismo. “Nuestra ventaja, acota, está en el nivel técnico del personal que supera la tecnología de la cual disponemos, y ahora marcó la diferencia.
“Tenemos muy buenos ingenieros y trabajadores en los puntos clave y eso decide mucho en el proceso. Se impuso la experiencia, combinada con condiciones objetivas y subjetivas: hubo buen suministro de chatarra, unido a nuestro entusiasmo”.
De vez en cuando suena su waki toki, es el recordatorio constante de que el proceso está en marcha demandando su presencia. Antes de reafirmar que se jubilará en Acinox concluye: “A mí realmente me gusta esto porque no siempre sucede lo mismo. Es difícil, pero a la vez bonito. Hay parte de química, de reacciones, de cosas que necesitas dominar”. Así, en pocas oraciones, concentra la proeza de quienes como a él les apasiona ser parte de ese prodigio casi milagroso que es fundir el acero.























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