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Las Tunas.- Es cuestión de instinto. En tiempos de crisis una piensa en primer lugar en las personas más cercanas, en todas las ramificaciones de su árbol genealógico y, por supuesto, en los amigos. Acto seguido le afloran pensamientos más nobles y cosmopolitas. Desde que la Covid-19 comenzó a dejar una saga de muertos a su paso, los cubanos hemos tenido el pensamiento divido hacia muchas partes del mundo.

Con el virus instalado ya en más de 160 países es muy común que las familias "amputadas" por el frecuente fenómeno de la emigración, sientan un pánico que va mucho más allá de la protección de nuestra mera geografía. En estos días es muy frecuente escuchar sin querer un retazo de videollamada ajena, donde los de acá les piden a sus familiares del exterior que no salgan de sus casas, que se cuiden y le pidan mucho a Dios.

En mi caso también se activaron las alarmas de larga distancia. Mi mejor amiga se fue hace unos años a estudiar a Ecuador y las lealtades del corazón la dejaron encadenada a la mitad del mundo. Ahora actualizamos "gigas" de información mediante el chat, de vez en vez, pero en estos tiempos de pandemia ella también me late en el pecho.

Me cuenta que allá todo es muy distinto a Cuba, una verdad que me tocó respirar hace ya casi una década. Me dice que el ambiente general es de pánico, que la gente se sabe sola y muchos, sobre todo, los humildes, no tienen la mínima noción de educación sanitaria. Están acostumbrados a la idea de que "lo que no los mata los hace más fuertes".

Mi amiga vive días de histeria colectiva y de gente con hipocondría, ahora con cierta justificación, que de algún modo la contagian. Me ha confesado que en esta crisis "es mucho mejor estar en Cuba".

Le he contado los excesos de nuestros coterráneos, que la semana pasada escuché  que los italianos internados en el IPK se habían escapado y los habían atrapado y hospitalizado en Las Tunas, en el hospital Guevara; que luego alguien filtró en las redes que el crucero británico que atracó en el Mariel cumpliendo todas las medidas sanitarias y dando muestras de humanismo, tocaría tierra por nuestro puerto Carúpano. En fin…

Mi amiga se ríe de las "ocurrencias" locales y bromea sobre la falta de costumbre de sus allegados ecuatorianos de lavarse las manos y cubrirse el rostro a la hora de toser o estornudar. Y aunque allá también se toman medidas preventivas, ningún médico de la familia le toca la puerta para saber si está todo bien, allá no se hacen pesquisas rutinarias. A ella le toca cuidarse y proteger a los suyos, es lógico que le invadan ciertas nostalgias.

Sin querer hicimos catarsis de la vida a nuestro alrededor. Cómo en estos momentos muchos hemos dejado de pensar en las barreras, en las comodidades, en los rencores, en la pacotilla o los rayitos del pelo; que importa menos el desabastecimiento y la poca variedad en los refrigeradores de cada casa, que una solo quiere que se termine el coronavirus y no muera nadie, que los niños y los ancianos estén a salvo otra vez, que no vuelva a verse en la calle un nasobuco…

Es más triste hablar con las personas que nos importan en tiempos de crisis. Una no puede evitar preocuparse, pero también es más sencillo, los hechos se despolitizan, y solo aflora una verdad elemental: hay que cuidarse, ayudarse, acompañarse y más. Estos son momentos de solidaridad, más allá de toda consigna.