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Las Tunas.- Animadas, mientras esperan la guagua en la céntrica calle Vicente García, las dos amigas conversaban sobre el estado gripal de sus hijas. Una de ellas, con gestos de inquietud en el rostro, afirma que la manda a la escuela “con este lío del coronavirus porque tiene exámenes”. La otra alega que es raro que la acepten “porque dijeron que con catarro no se podía ir”.

Un poco más allá, una señora asegura que en el politécnico del nieto tampoco están regresando a los muchachos. “Su catarro es viejo. Creo lleva más de dos meses y le he dado de cuanta hierba hay”. La guagua llega. Se van. Apenas quedó con la perplejidad de los comentarios y las mil preguntas sin respuestas en mi cabeza. En casa tengo dos adolescentes y salvo el lavado de las manos con cloro, al entrar a sus planteles, lo demás no funciona con la excelencia del detalle que exige lo que ya puede llamarse la pandemia “madre” del siglo XXI: Covid-19.

Mientras escribo, las noticias provenientes del mundo entero y la Organización Mundial de la Salud (OMS) no paran. Una me impacta de manera profunda y siembra una catarata de inquietudes en los apuntes que, al azar, tengo en la agenda. “Este virus podría llevarlos al hospital durante semanas o incluso, matarlos”, resaltó Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, quien puntualizó también que “aunque en algunos casos no vayan a sufrir más que síntomas leves, lo que hagan muchos jóvenes puede ser la diferencia entre la vida y la muerte para otra persona”.

Este es el mensaje del alto ejecutivo para esta novel población mundial, a los cuales dijo que no están exentos de contraer el nuevo coronavirus y padecer con severidad la neumonía que provoca. Enseguida me vinieron a la mente aquellos adolescentes que, con uniforme de Secundaria Básica, jugaban de mano en plena calle y me dejaron atorado en la garganta la mitad de mi consejo de advertencia. Los llamé dos veces y siguieron su carrera evasiva.

Pensé en la muchacha que no quiso decir su nombre, pero me informó que en el politécnico Simón Bolívar  les exigen lavarse las manos al entrar e ir al comedor, pero si tienen catarro ellos mismos deben ir a ver a la doctora o enfermera. Reproduje las imágenes de madres que les compran a sus hijos helados de barquillas o dulces a la salida de seminternados y escuelas y se los dan así no más, como si no estuviéramos en un momento crucial de emergencia sanitaria.

Me amargué otra vez con las veces que tengo que subir los tonos para que mi nieta se tome las tizanas para combatir el catarro que parece incubar, y como está en exámenes y en noveno grado no acepta que no la mande a la escuela, aunque una y otra vez la semana última no asistió durante la jornada de la tarde. Salgo al balcón y veo los retozos de los chicos del barrio, muchos de ellos asmáticos y alérgicos. Hay un viento fuerte y polvoriento como para meterse en una burbuja.

Entonces, me caen como gotas de rocío las palabras del presidente Miguel Díaz-Canel en una de sus comparecencias públicas en el programa televisivo Mesa Redonda: No puede haber pánico ni exceso de confianza. Pienso, pues, que esta “confianza” y estar acostumbrados a que los “catarritos” en nuestros niños y jóvenes no sean enfermedad (así lo decimos hasta más veces que los “buenos días”) generan estos estados contemplativos ante el comportamiento conductual de infantes, adolescentes y jóvenes en la casa, la escuela y la calle.

Confío en que la suspensión de las clases llegará en su momento justo -el preventivo, no crítico-. Sin embargo, no hay que esperar a que las peras estén a tres para cumplir las disposiciones establecidas por el Mined y Salud Pública. Los catarros son enfermedades respiratorias que bajan las defensas y, frente a la mortal Covid-19, pueden ser puertas abiertas para enfermarse y complicarse.

No es hacer ruido donde no hay. Es pensar y, sobre todo, ser responsables. Siento corazón adentro que esta palabra y todo lo que encierra en sí misma es lo que cuenta. Ya no es prevenir. Tenemos 40 casos confirmados y cientos en aislamiento clínico. Ahora el tema es evitar a cualquier precio que no se multipliquen los contagios. Los niños, adolescentes y jóvenes son entes inacabados desde el pensamiento, riesgos y peligros. A ellos no podemos colgarles las culpas. Padres, por favor, no minimicen. El responsable de la vida y el dolor de su familia es suyo. Apoye a la escuela, esa es la segunda casa de sus hijos. Cuídela también.