colas274

Las Tunas.- A 38 kilómetros de la ciudad capital de la provincia está el pueblo donde nací. Treinta ocho mil metros. Así calculé la distancia en una edad de pleno aprendizaje de las unidades de medida, y aquello me pareció abismal, sobre todo, porque para ese entonces, era ese el punto más lejano al que llegaba desde mi casa.

Y lo fue hasta que, por primera vez, al menos ya con cierta conciencia, fui con mi papá al otro extremo de la Isla, desde donde procede la mitad de mi árbol genealógico. Ahí sí que estaba largo el camino. De Las Tunas a Pinar del Río, hablando en buen cubano, hay que dar tremenda rueda.

Así fueron creciendo las distancias de mi vida, y en algún momento calcularlas dejó de ser importante. Imagínense, si se me ocurría sumar los kilómetros de las veces que en cinco años recorrí el trecho entre el Balcón de Oriente y la Ciudad de los Tinajones, creo que le daría más vueltas al mundo que Julio Verne.

Tres años después de graduarme, me embarqué periodísticamente en un icónico yate, y con parte de su tripulación he recorrido casi todo el caimán, acortando las distancias entre mi corazón y los compañeros con los que cada día comparto estas páginas.

Mi récord personal en materia de longitudes espaciales, se rompió en aquella travesía aérea que me llevó hasta el país de la torre Eiffel, los Campos Elíseos, Édith Piaf, Cézanne o el famoso río Sena.

Sin embargo, la vida sorprende, y de qué manera. En un abrir y cerrar de ojos, comprendes que a veces las distancias más insignificantes, las que apenas cuentan en tu rutina de vida normal, pueden hacer la mayor diferencia. Y no es cosa mía, estoy segura de que hasta aquellos para los que mis más largas distancias son solo una pequeñísima línea en su mapa personal, han pensado hoy en eso.

A mis 30 años y con cierta geografía a mis espaldas, me toca entender que calcular muy bien la distancia de un metro, cien centímetros, mil milímetros, puede poner una barrera entre la tranquilidad y la incertidumbre, la indisciplina y la responsabilidad, la conciencia y la más perniciosa ignorancia. Porque en tiempos de la Covid-19, un metro, puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.