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Las Tunas.- Lleva consigo la imagen de la pequeña Jennifer extendiendo los brazos en busca de refugio. Y también la vocecita que reclama su presencia: “Mamá, quédate en casa”. Duele demasiado no poder complacerla, y un torbellino de emociones se le viene encima cada mañana, justo en el trayecto hacia el Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología.

Atraviesa el umbral de la puerta en el lugar donde, desde hace varias semanas, permanece la mayor parte del tiempo. Las manecillas del reloj marcan las 6:30 am y mientras sube las escaleras del laboratorio piensa entonces, que quizás hoy pueda encontrar despierta a su hija, mas no tiene la certeza. Cada día encierra sus propias rutinas y es demasiado temprano para avizorar un posible retorno, que puede extenderse, incluso, hasta la madrugada.

Realiza el recorrido habitual y de un momento a otro se redescubre inmersa entre muestras y estadísticas. Y su bebé queda ahí, en su corazón, ahora debe poner los conocimientos en función de muchos. Tan solo tiene 30 años de edad y asume la dirección de la red de laboratorios de Microbiología en la provincia, con un impecable desempeño, fundamentalmente ahora, que la Covid-19 afecta a la nación. Su nombre, Idianis Lluch Silva.

“No es tarea sencilla; las personas que dirijo poseen más experiencia, pero me he ganado el respeto”, refiere. “Ahora todo resulta muy complejo, pues la actual situación epidemiológica exige que permanezca más horas aquí, supervisando los detalles.

“Por supuesto que ello requiere un esfuerzo superior en el plano personal. Gracias a mi suegra he podido cumplir esta vital misión. Imagínese, que salgo de casa y dejo a la niña dormida; le doy un beso y vengo hacia aquí. Apenas la veo, pero cuando puedo llegar a las 8:00 de la noche, ella misma me dice: 'Mamá sucia', y no se acerca hasta que me baño”.

Me cuenta que a Jennifer le ha tocado aprender a saludar con el codo. Y aunque es demasiado chiquita para entender ciertas explicaciones, los “grandes” le repiten una y otra vez cuán importante resulta el trabajo de su mami. “No es fácil, tiene 2 añitos, pero pienso que de mí depende la salud de muchos; por eso me armo de fuerza y vengo a cumplir con el deber”, dice y echa fuera esa sensibilidad que la caracteriza.

Por suerte, Idianis anda bien acompañada en la vida. Su esposo y fiel compañero es de esos anónimos que van repartiendo solidaridad. Karel Ramírez, desde su responsabilidad como jefe de Servicio del propio centro, garantiza la logística a quienes en los laboratorios desafían al SARS-CoV-2; y su función tampoco entiende de horarios. Se tienen el uno al otro y son conscientes de que el sacrificio es también por esa pequeña que dejan al buen resguardo de la abuela.

“Todo el equipo está bien capacitado y en estos momentos 15 laboratoristas realizan el empaque de las muestras del exudado nasofaríngeo, que son enviadas al laboratorio de referencia de Santiago de Cuba. Organizamos grupos para garantizar mayor calidad en lo que hacemos. Extremamos las medidas de protección a fin de evitar el contagio”, comenta.

No es ella de muchas palabras, dirige con el ejemplo de sus acciones e impregna una dulzura muy suya a cada indicación. Así, ha conquistado la admiración, la incondicionalidad y el cariño de sus trabajadores.

Se despide con un tímido gesto y presurosa sube las escaleras. Arriba le espera mucho por hacer y la jornada no alcanza. Entonces, pienso en su grandeza, y en la actitud negligente de aquellos que tanto les cuesta estar en sus viviendas, sin advertir que otros como Idianis no pueden hacerlo porque, sencillamente, eligieron salvarnos la vida.