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Las Tunas.- Aquel día de abril, la inesperada llamada telefónica rompió el sosiego en la casa de la enfermera Yarima Villanueva Batista. Del otro lado de la línea alguien le solicitaba su disposición para asistir a pacientes sospechosos de la Covid-19. En un minuto pasaron mil ideas por su mente... el nieto recién nacido, una hija de solo 10 años y su abuela de 96, postrada.

YARIMA“¡Ay mi madre! y ahora qué hago”, pensó mientras sostenía el manófono. Sobrevino un breve silencio y luego un sí contundente, de esos que salen del lado izquierdo del pecho sin escuchar la razón. “¿Dígame a qué hora debo estar ahí?”, interrogó con la misma determinación que tiempo atrás demostró al partir hacia Haití en misión internacionalista.

Entonces, yo, que ahora la escucho -teléfono mediante- y ni siquiera he visto su rostro, puedo imaginar a una persona humilde, de profunda vocación humanista. Y recuerdo una de las geniales frases del más universal de los cubanos꞉ “El deber de todos nosotros mientras nos queden pies, es ponernos de pie, y decir꞉ Presente".

Hizo el equipaje con unos pocos atuendos y otros útiles personales. Allí adentro todo se vuelve verde y solo hay que cargar con lo imprescindible. No hubo mucho tiempo para reparar en el peligro, le bastó la comprensión y el apoyo de la familia.

La jornada siguiente amaneció más rápido que de costumbre para Yarima, era un día como otro cualquiera, mas la mezcla de emociones le impregnaba un matiz distinto. Llegó al sitio de la recogida a la hora prevista, y abordó la transportación que la conduciría hacia el motel Los Cocos. Justo en ese minuto, al ver a otros camaradas, sintió la alegría que emana de un alma buena.

“Una vez aquí -me cuenta- nos dieron un recorrido por el área. Cuando preguntaron ¿quiénes van a empezar a trabajar hoy? respondí enseguida: yo misma. Fuimos el relevo de otros que pasaron 14 días en la labor, y ahora dirijo un equipo".

Confiesa que le resulta un poco complejo mantener la distancia con los pacientes. “Ya sabe, periodista, nosotros los cubanos somos muy amigables y nos gusta intercambiar, pero hay que detener el impulso, pues la enfermedad es muy contagiosa”.

La descubro generosa, dada a los afectos, esos que muchas veces curan más que las propias medicinas.

“Nunca antes había vivido algo similar“, habla desde la experiencia de sus más de dos décadas en la Enfermería. Agradece la confianza del pueblo y los aplausos de cada noche. En sus palabras hay emoción y la advierto cada vez más sencilla, más grande.

Y por si fuera poco tanto sacrificio, asegura: "Si solicitan nuevamente mis servicios daré el sí, pues tenemos que salvar a los nuestros“.

EL GOZO DE SERVIR

YURIELLa convocatoria no fue una sorpresa para Yulier Pérez Céspedes, especialista en Medicina General Integral. Sin embargo, el domingo 22 de marzo será una fecha que difícilmente borre de su memoria. Ese día llegó a Los Cocos a desafiar la Covid-19 con sus dos mejores armas꞉ los conocimientos y la devoción absoluta hacia una de las más bellas profesiones; y aún está allí.

“Soy médico y ante la situación que vive el país uno debe prepararse para el llamado. La familia tiene sus temores, pero son conscientes de que estoy cumpliendo con mi deber”.

Pérez Céspedes asume la dirección de este centro de aislamiento y ha sabido ganarse la admiración y el cariño de sus compañeros desde el mismo instante en el que les da la bienvenida. Desde la distancia, abraza, besa, transmite confianza y hasta les arrebata un poco los miedos.

Conoce al dedillo el protocolo y las medidas de protección para evitar los contagios. Me dice que están divididos por equipos de trabajo y los turnos inician muy temprano.

En la “zona limpia” se colocan las batas verdes, mascarillas, guantes y gorro. Es un proceso riguroso, en el que se ayudan los unos a los otros para no dejar fuera ni un solo espacio del cuerpo. Detrás de esos trajes, los pacientes ya no pueden identificarlos, pero reconocen la entrega sin límites más allá de un rostro.

El mayor riesgo empieza cuando pisan la zona roja, me cuenta. Allí toman la temperatura, auscultan y chequean la frecuencia respiratoria, cardiaca… a los sospechosos. En ese momento hay que estar muy concentrado y libre de preocupaciones para cumplir con exactitud lo establecido. Al terminar la faena regresan al área limpia para quitarse la ropa que será sometida a un proceso de higienización.

La imagen más dura que guarda Yulier es la de una paciente ingresada en el centro que resultó positiva a la Covid-19. Por vez primera miró de frente al enemigo invisible, a través de los ojos de la puertopadrense. “Fue una experiencia única; llevábamos varios días tratando sospechosos y ninguno había sido confirmado.

“De inmediato se examinó al personal de asistencia que tuvo contacto directo con la afectada y se realizó un control de foco como establecen los protocolos. Ella se sintió muy abatida y tratamos de reconfortarla y explicarle el procedimiento. Nos pusimos en contacto con la familia y yo personalmente hablé con su esposo”.

A pesar de las circunstancias siempre hay una palabra de aliento hacia quienes se hallan “enclaustrados” en una habitación. Se tejen sentimientos bonitos que también salvan del confinamiento. Quizás por esa aptitud de darse a los demás, él narra con sensibilidad una atípica celebración en estas jornadas de aislamiento.

“Tuvimos a una niñita que cumplió sus 2 añitos aquí, lejos de la madre y el padre. El equipo festejó el aniversario sin descuidar las medidas. Fue algo muy emotivo. Los pacientes desde las cabañas le cantaron el feliz cumpleaños y su abuela mostró gratitud con lágrimas en los ojos”.

¿Por cuánto tiempo permanecerá aquí? "Aún no me han informado", responde y tras una pausa… añade: “Solo puedo decirle que estaré hasta que haga falta”.

ORGULLO COMPARTIDO

YAIMAEn las tardes el calor es más intenso. Se respira “caliente” y el sudor baña el cuerpo. A esa hora salen las ganas de despojarse de toda la vestimenta. La doctora Yaima Serrano ya experimenta esas sensaciones, aun cuando lleva un par de días en aquel sitio.

“Yo preparé a mi familia con anterioridad, porque suponía que en cualquier instante sería llamada a desempeñar esta tarea“. Y confiesa que la habitan temores, mas trata de encararlos con fuerza. Mientras se viste de verde y termina de colocarse la mascarilla, piensa en los suyos y también en la admiración que siente su niña de 10 años al saberla en ese frente.

“Pasaré un mes sin ver a mi Isabela, pero es aquí donde soy más útil ahora, y también lo hago por ella“, dice con voz entrecortada.

Serrano destaca la labor del personal de servicio, esos valientes anónimos que hacen su mayor esfuerzo por garantizar el funcionamiento de los centros de aislamiento, y así, los hombres y las mujeres de batas blancas puedan enfocar sus sentidos en salvar vidas.

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NORGELa voz de Norge Sánchez, especialista de Primer Grado en Medicina Interna, delata su energía, la misma que de seguro, debe estar transmitiendo ahora a sus pacientes. “Mi especialidad siempre ha estado a la vanguardia en los eventos de esta índole, dígase dengue, cólera. Hablo en nombre de todos los clínicos, porque sé que desde el inicio se hallan listos para enfrentar al nuevo coronavirus“, dice con orgullo.

Entonces, ¿usted ha vivido situaciones similares a la actual? “No, esto no tiene precedentes ni en Cuba ni en el mundo, pero nos basamos en las experiencias y vamos ganando saberes a medida que pasa el tiempo. Estuve al principio en otro centro de aislamiento y percibo una notable evolución”.

Allá, en el hogar, la retaguardia está asegurada. “Tengo la suerte de compartir profesión con mi esposa que, por supuesto, entiende la importancia de esta misión. Es tremendamente difícil, no puedo negarlo, ella quedó al cuidado de nuestra hija de solo 2 meses de nacida”. Y de los vocablos asoma el sentir de un padre, que echa de menos a su pequeña.

El camino recién inicia para él y sus compañeros que el 27 de marzo llegaron a Los Cocos, y lo harán bien. Tras concluir las dos semanas de servicio deben mantenerse aislados por igual período antes de regresar junto a los suyos.

Mientras que en casa, niños, abuelos, padres… descuentan los días al almanaque, a nuestros valientes el tiempo se les va de prisa. Detrás de la aparente tranquilidad del lugar, siempre se esconde el sobresalto ante el posible infectado. Una vez dentro, no hay espacio a la distracción y crece el interés común de curar, salvar y, sobre todo, de aniquilar la Covid-19.