estudiantes cubanos regresa Mexico Cuba

Gracias a la cooperación entre autoridades cubanas y sus contrapartes en países implicados, ya están entre nosotros varios compatriotas que la pandemia del nuevo coronavirus les hizo incierto su regreso. Desde uno de los centros de aislamiento, nos cuenta quien desde mucho antes ya era parte de nuestro equipo de reporteros. Ella regresó desde México adonde había ido como parte de un programa de intercambio estudiantil universitario

Las Tunas.- Nada como viajar para aprender a regresar; nada como vestirte de extranjero para valorar aún más todo a lo que le dices adiós. Mis viajes han sido muchos desde inicios de marzo, más de lo que habría imaginado a mis 20 años de edad.

Viajar fue descubrir a personas y lugares, aprender que buenos y malos hay en todo el mundo. Me “enchilé” más de cuatro veces, lo confieso; y adoré la diversidad de sabores de la culinaria mexicana, sobre todo, de los famosos tacos al pastor. Caminé por la tierra de Frida, de Orozco, de Sor Juana Inés… Intenté bailar banda y fracasé totalmente. Pero poco a poco, y casi desde el primer viaje, llegaron los regresos.

Regresas cuando cocinas congrí, incluso, con ingredientes extraños; cuando pones a los Van Van y bailas sola en el cuarto; cuando miras todas las tardes por la ventana y entiendes que ese no es tu barrio; miras hacia atrás y sabes que esa no es tu cama. Y de momento los ojos te llevan al pasado, a lugares felices a los que tu mamá te prepara el cafecito de la bodega, las fichas de dominó suenan tan alto como la voz de los vecinos, donde algún desconocido te saluda como un amigo viejo.

Mas cuando una epidemia amenaza la felicidad del mundo, entonces los regresos son cada vez más duros. Entonces no hay lugar como tu cama, como tu barrio, no hay mejor café que ese, el de la bodega. Y todo lo que respiras nunca es suficiente si no es el aire cubano. 

legna regresoUna mañana me llegó un mensaje desde mi Universidad, en el que me anunciaban la confirmación del vuelo y ese día comenzaron los retornos de verdad. Al aterrizar en La Habana todos los cubanos aplaudimos y mis lágrimas corrían mientras miraba un cielo, que no es por ser cursi ni más patriota que nadie, pero al final era verdad: no hay un cielo tan azul como mi cielo.

El otro regreso fue hacia Las Tunas y aunque ya era más de las 3:00 de la madrugada, tuve que despertarme para ver el toro de El Cornito. Cuando llegamos al Cerro de Caisimú, pensé en las ocasiones que compartí con mis amigos y familia, pero esta vez no venía a divertirme.

Allí conocí a un psicólogo, un informático, una económica, un entrenador de tenis, cuyas conversaciones parecían sacadas de una novela de Padura, con historias escuálidas y perturbadoras y cada uno con sus propios motivos para regresar. Aunque casi todos coincidíamos en lo mismo: “Aquí no se abandona a nadie”.

Después vino otro viaje, quizás el más triste, porque no fue en avión ni en guagua, sino en ambulancia. Me trajeron a otro centro para personas con síntomas y nada fue tan complicado como este traslado, sobre todo, por la voz de mi mamá por teléfono, llorando, diciéndome que acababa de verme pasar frente a mi casa.

Apenas entré a la cabaña, encendí la televisión; casualmente estaba ese bárbaro de Fico, tirando con su fusil “boca de jarro” y sonreí tanto que olvidé mi dolor de garganta.

Cada mañana las enfermeras me despiertan para darme los medicamentos, con la dulzura de quien viene a ofrecer su corazón, como leo siempre en sus máscaras plásticas. Varias veces al día me comprueban la temperatura, me dan consejos y se interesan por mi bienestar. Quizás algún día vea a esas personas en la calle y no pueda reconocerlas y agradecerles, porque los disfraces necesarios no me permiten ver más allá de su mirada buena.

La incertidumbre es el peor de los destinos y el único consuelo que todos me dan por las redes sociales es: “No importa, ya estás en Cuba”. No sé cuál será mi próximo viaje, solo espero que sea ese regreso feliz con el que he soñado tanto: hacia el abrazo de mi madre.