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Las Tunas.- Por momentos se pierde en la verde vegetación que divisa a través de la ventana. Sus pensamientos cabalgan cientos de kilómetros, donde los abrazos y la promesa del reencuentro se vuelven certeza. Un inconfundible olor a salitre se le cuela en los sentidos y al cerrar los ojos puede imaginar el mar que descansa muy cerca de allí.

Atrás quedan los sobresaltos y las noches en vilo “atrapado” en un traje de “astronauta”, absorbiendo su propio aliento. Otra vez, el enfermero Ruberlando Rodríguez Parra siente paz y respira aire puro, sin que medie el cloro  ni otros desinfectantes. Admira todo a su alrededor con la curiosidad del niño que lleva dentro, y redescubre la inmensidad del cielo, los colores, el sol, la gente… la vida misma.

La pequeña habitación de un hotel en Guanabo, en la capital cubana, es ahora refugio y bálsamo para aliviar sus desgastes físico y psicológico. Tanta tranquilidad le hace olvidar -a ratos- que no es casual su estancia en aquel lugar. Ahora espera en aislamiento el resultado de un PCR, para poder regresar junto a los suyos en el municipio de Majibacoa.

Las horas allí transcurren muy despacio en contraste con esos días, en los que las manecillas del reloj corrían deprisa. Desde las salas del hospital ortopédico Frank País, la perspectiva es distinta, y más si te toca luchar a brazo partido contra la Covid-19, la pandemia que atemoriza a la humanidad.

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ruber5Ruberlando es holguinero de nacimiento y tunero por adopción, pero no repara en esos detalles geográficos; se sabe cubano de pura cepa y a su tierra sirve. Tan solo tenía 6 años de edad cuando llegó a Las Parras, el poblado majibacoense que lo vio crecer, alejado del bullicio de la ciudad y rodeado de las riquezas naturales. Y aunque no es de los que se ata a un solo sitio, siempre regresa a casa como todo buen hijo.

Cuenta que la pasión por la Enfermería le vino en brazos de una mujer. Su novia de entonces llevaba una cofia y vestía de blanco. Aprendió a admirarla en esos días de amor de juventud en los que valía cualquier sacrificio, y robarle un beso en plena faena era una liberación de adrenalina.

Aquel puesto de Salud de la comunidad se le fue haciendo demasiado familiar; y le nació la curiosidad de aprender a chequear la presión arterial con la mejor de las maestras, que es hoy la madre de su hija. “Empecé a mirar todo su esfuerzo y quedé fascinado con ese mundo, decidí estudiar la carrera y aquí estoy. Años más tarde tuve la posibilidad de optar por la Medicina, pero prefiero estar pegado al paciente; yo amo mi profesión y no la cambiaría por ninguna otra”.

Ya son 12 años dándose por entero a la Enfermería con una intachable trayectoria. Y más allá de los méritos acumulados, habita en lo que no puede verse tras los diplomas: las sonrisas de niños, ancianos y la gratitud de las familias. A Rúber le reconfortan los agradecimientos, pero no le hieren las palabras ausentes en un momento determinado: para él salvar una vida es el mayor de los premios.

“En Majibacoa trabajé en el consultorio de Río Ramírez y también en la prisión Brigada Siete; siempre he estado donde me solicitan. Durante esos años fui seleccionado como juez lego en el Tribunal municipal de Las Tunas, con una buena evaluación”.

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No es la primera vez que él encara misiones nacionales. Para ser exactos, contabiliza tres y por su disposición y lozanía vendrán otras; eso es seguro. Antes estuvo en una comunidad de difícil acceso en Ciego de Ávila; experiencia que hasta hoy recuerda con gozo, porque lo hizo mejor profesional y ser humano.

ruber4 n“Requirieron mis servicios en un lugar llamado Derramadero, en Majagua. Me dijeron que allí no había personal de Enfermería desde hacía dos años; entonces acepté el desafío. Permanecí un año y tanto en aquel sitio intrincado junto a mi hija; esa misión también fue de ella. Su madre estaba cumpliendo con el deber en Venezuela y tuve que llevarla conmigo.

“Realmente es difícil asumir una tarea como esa, pero cuando ves que te necesitan tanto, uno se crece y sigue en pie. Tuve la satisfacción de que me propusieran como delegado de la circunscripción. Sinceramente disfruté esa vivencia y si tuviera que volver a prestar servicios en otra comunidad rural no dudaría en hacerlo”.

Al regresar a Las Tunas lo ubicaron en el área de Salud del policlínico Manuel (Piti) Fajardo. Esta vez, al frente del grupo que desde un centro de aislamiento enfrentaba el dengue. “Un suceso que me permitió valorar la importancia del trabajo en equipo”.

Rúber no se detuvo. Muy pronto empacó las maletas para partir hacia la capital, en lo que sería su segunda encomienda nacional. Le bastó un solo llamado para integrar el Contingente 60 Aniversario, que apoya la asistencia médica dentro y fuera del país.

“Llegué a La Habana con un diplomado de intensivista en Pediatría y terminé habilitado en la asistencia para adultos. Estoy muy agradecido con la directora provincial de la especialidad, Alicia Rodríguez, por la convocatoria, y con todos los profesionales que contribuyeron a mi superación en el hospital Salvador Allende”.

Un año y tres meses lejos del hogar; entre las costumbres citadinas y el abrazo de otras gentes. Allá supo ganarse el cariño de los pacientes y también encontró a una familia agradecida que hoy lo acoge como un integrante más. Lo cuenta con alegría mientras deja al descubierto su alma de hombre bueno.

Rúber volvió a la provincia con todos los honores y como en las otras oportunidades no se desprendió de su uniforme. Sin quitarse “el polvo” del camino le vieron batirse en la primera línea contra la Covid-19. Desde el centro de aislamiento Los Cocos, asistió a sospechosos de padecer la enfermedad y aprendió las normas básicas de protección, que más tarde le servirían ante un desafío mayor.

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Es martes 28 de abril y la llamada llega, igual que siempre, a la hora más inesperada. Alguien del otro lado de la línea le pregunta si está dispuesto a reforzar las prestaciones en el hospital Frank País, en La Habana. La interrogante resulta una mera formalidad porque Alicia, la responsable de la sección de Enfermería, antes de levantar el auricular, ya sabía la respuesta.

ruben3“Me llenó de satisfacción que entre tantos profesionales, la jefa depositara la confianza en mí, y sin titubear di el paso al frente. Lo asumí con serenidad, pero la familia tuvo mucho temor, mi mamá aún llora cuando nos comunicamos”.

Confiesa que no se trata de armarse de valor, sino de reaccionar ante un compromiso que va más allá de un juramento o de un título universitario; es en sí, el humanismo de sentir el dolor ajeno como propio. De otra manera Rúber no estaría ni un segundo fuera del regazo de su madre, quien batalla contra el cáncer. “Cuando salí de allá estaba con migraña, pero eso es normal por las radiaciones y quimioterapias. Está compensada, y ambos sabíamos que acá me necesitaban más”.

Al frente de enfermeros de Las Tunas, Granma y Guantánamo mostró sus habilidades durante varias jornadas en el "Frank País".  Cada vez que Rúber entraba en la zona roja no le era fácil colocarse uno de esos trajes: mono blanco hermético, guantes, máscara y caretas...

“Son tan calientes que sudas, incluso, con aire acondicionado. Muchos no resistían a la primera puesta y debían intentarlo nuevamente. Resulta insoportable pasar tantas horas debajo de aquel traje. Eso sí, estábamos muy protegidos”.

Mientras se vestía pensaba en los suyos y en lo que suponía estar allí de frente al “monstruo”. Dejar de lado las cavilaciones no es sencillo, pero prevalecía la necesidad de estar serenos y bien concentrados. “Hay que saber lo que se hace, liberarse de toda preocupación y los nervios, y seguir el protocolo”.

Los minutos vuelan, aun debajo de una escafandra con el sudor nublando los protectores oculares. “Asistir a pacientes infectados, aspirarlos y realizarles los procederes de Cuidados Intensivos exige mucho esfuerzo. Me queda la tranquilidad de que hicimos todo a nuestro alcance”.

“Lamentablemente, atendimos a un contagiado de SARS-CoV-2, que además tenía fractura de fémur, y otras enfermedades de base que lo condujeron al fallecimiento. Resultó muy triste”, dice y su voz se opaca. “El actuar con el cadáver fue diferente, y para eso también nos preparamos”.

En medio de ese complejo escenario, su hermano, que cumplía funciones de agente del orden público también en La Habana, fue sometido a una cirugía de urgencia. Él no pudo ayudarlo, siendo el único pariente cercano,  y por la propia desesperación del momento, no todos en casa, lo entendieron. “Me encontraba de guardia cuando me dan la noticia. Les dije que tuvieran paciencia y que confiaran en el personal de salud como mismo lo hacían los familiares de mis pacientes”.

A su salida, ya no quedaban personas con Covid-19 en la prestigiosa institución hospitalaria, la cual continúa prestando servicios de Ortopedia. “Trabajamos duro, y lo logramos”, refiere y el orgullo le salta entre las palabras.

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ruben enfermero LasTunas

Es jueves 21 de mayo y un rayito de luz penetra por la ventana. El chaparrón de la noche anterior bañó las plantas y hoy parecen más alegres y frescas. Rúber otra vez respira el olor a mar y se llena de sosiego. Son poco más de las 7:00 de la mañana. Despertar así, en medio de aquella tranquilidad, alejado del estrés de la Terapia Intensiva, ya es bastante.

El primer saludo le llega desde el celular con un “hola papi, te extraño…”. Sonríe mientras recorre las líneas con la mirada, y justo ahí, le sobreviene cierta tristeza; una mezcla de sentimientos encontrados. Pero es fuerte, lo ha demostrado.

Calcula que estará allí aislado hasta el primero o 2 de junio, eso si el resultado del PCR resulta negativo; es ahora mismo su mayor deseo. Mientras tanto, aprovecha para conversar con los amigos por las redes sociales, hacer ejercicios en su rinconcito, ver películas...

Confiesa que si algo extraña del “Frank País” son los aplausos de las 9:00 de la noche; esos que le hacían recordar que afuera había un pueblo agradecido por tantos desvelos. “Nos ponían la canción Resistiré y tocaban ollas, sonaban silbatos; una algarabía tremenda, era realmente emocionante. También enviaban libros con dedicatorias, gestos bonitos que no olvidamos”.

Rúber se sabe demasiado dinámico, pero resistirá la espera como el valiente que es; le sobran los motivos. Pronto su madre no tendrá que recorrer más de un kilómetro para hablarle por teléfono, ni su niña intentará romper la añoranza con un mensaje de texto; los abrazos dejarán de ser anhelos y como todo buen hijo “besará” su pedazo de tierra, y reposará, al fin, en el cálido hogar que siempre aguarda su regreso.