Alicia Alonso en teatro Tun
Las Tunas.- Yo, que siempre he lamentado que mi tiempo de nacer me impidiera verla bailar; yo, que siento una admiración visceral hacia esa danza en puntillas, microscópico testimonio de la voluntad humana; yo, que en la Universidad vencí el lógico rubor de no tener el traje adecuado para la ocasión, y esperé que todos entraran al teatro Heredia, busqué una butaca discreta y vi con asombro de infancia El lago de los cisnes por primera vez. Yo..

Justo a mí, me tocó conocer a Alicia Alonso y ver al Ballet Nacional de Cuba en Las Tunas en días en los que un dolor, hasta entonces desconocido, me partía en dos: mi papá se debatía entre la vida y la muerte en una cama de hospital en Mozambique. Espanto y gloria aquel noviembre del 2007. Recuerdo estarme preguntando qué hacía yo allí. Justo yo.

Alicia no supo que desde el minuto que entró por la puerta del teatro Tunas, fuimos solo ella y yo. Una mujer vencedora del tiempo y de las más inquietantes encrucijadas del destino hablándole a otra que apenas iniciaba su viaje. Y "conversamos" largo y tendido, ella con sus manos aladas me contó de virtud, entrega y belleza, y yo quise arroparla con una pregunta: "Ha dicho que ya sea con el cuerpo o con el pensamiento, pero nunca ha dejado de bailar. ¿Los tuneros podemos tener el honor de saberla danzando hoy para nosotros?".

Su respuesta resonó para todos: "Sí, así será, mientras ustedes vean a un bailarín cubano danzar, yo bailo, en mi mundo, con ellos siempre. Esta noche se presentarán coreografías mías, que es como si yo las bailara también. La vida de un artista cuando se entrega, queda, con un bailarín pasa lo mismo". Y la vimos, tan cubana, tan única.

 Para Alicia yo solo fui, la noche del viernes 2 de noviembre, una periodista más en la conferencia de prensa, justo la fecha en que se cumplían 64 años de su debut en Giselle. No tenía por qué saber más. Lo importante fue el tratado de tenacidad que brotaba de su paso lento, custodiado por la mano del esposo, intentando ella, hasta el delirio, mantener su gracia de bailarina.

Lo inolvidable fueron las ovaciones que me arrancaron dentro sus discípulos sobre el escenario; lo emotivo, la conmoción cuando salió al proscenio escoltada por Sadaise Arencibia y Elier Bourzac.

Lo invaluable, que llegué a casa confiando más en una certeza que se me antojaba escurridiza: mi papá se salvaría. Así fue.

Este audio nos hará viajar en el tiempo, frente a ella estaremos, es 2007, y la prensa le pregunta, y yo allí, absorta. Un trozo de sonido al natural, como la vida misma. La escucharán decirme que sí, que bailaría esa noche para nosotros. 

Días de Alicia en Las Tunas, días de reverencia

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