Camina entre apurado y torpe, me lo imaginé de pronto en una película en blanco y negro, todo un Chaplin con pulóver y gorra. Pero fue la mirada la que me atrapó: sus ojos cafés son sensibles a más no poder, sinceros, humildes y reales, hechos de poesía, parecen soñar todo el tiempo. Y la sonrisa es de verdad, sin ningún artificio o adorno, contagiosa y amable.
Muchos piensan que el payaso no se actúa, se es. ¿Cuán difícil es, para ti, dejar de ser Papote al bajarte del escenario y llegar a casa para convertirte en Ernesto? ¿Cuánto de uno hay en el otro?
“Hay dos maneras de ser un payaso. Primero, por la condición natural que tenemos todos los seres humanos y no solamente los que hacemos el clown. La conducta de un payaso es extravagante, su andar es un poco raro, balbucea algunas palabras, cambia bruscamente de estado de ánimo, no tiene miedo a mostrar su inocencia.
“Así es un niño muy pequeño: transita constantemente de un estado de ánimo a otro, hace una caída estrepitosa y luego se para y sonríe; en cambio, ante el golpecito más leve puede asustarse sobremanera.
“En primer lugar nacemos como payasos; luego la sociedad y los cánones que se preestablecen nos hacen renunciar a tal inocencia. Esa primera condición es imposible abandonarla, estés en la escena o en tu casa. Pero los que nos dedicamos al teatro y hemos hecho un postulado del arte del clown tenemos una segunda manera de hacer el payaso: en su estado artístico, que es, con talento y rigor técnico, llevar a la escena un cuerpo entrenado y una dramaturgia específica.
“Entonces llega el momento en que has creado una simbiosis entre la naturaleza del clown y la naturaleza artística que tienes incorporada, en mi caso, casi por 25 años de trabajo y es imposible separarlas.
“Por ejemplo, cuando mi hija pequeña nació, escribí Gris mientras lavaba sus pañales. Tenía la libreta al lado de la lavadora; con un pañito me secaba la mano izquierda, porque soy zurdo, e iba escribiendo a mano. Todas mis obras las he escrito a mano; para mí el hecho de la creación debe ser natural, artesanal.
“Quizás la respuesta es un poco larga, pero me es imposible separar una cosa de la otra; reconozco que se añaden elementos técnicos, pero en la cotidianidad todos somos clowns. Quién no ha tropezado y ha disimulado como si no hubiera pasado nada. Quién no se ha quedado con una mano extendida ante un saludo que no era para sí, sino para otra persona. Quién no ha peleado con una mascota como si entendiera el idioma en el que le estás hablando.
“Esas son actitudes clownescas. No me puedo dividir, soy ambas cosas, que a fin de cuentas son la misma”.
Sé que eres Técnico Medio en Servicios Gastronómicos, Título de Oro de tu graduación. Si volvieras a nacer, ¿cambiarías eso o disfrutas ser un artista empírico?
“Si volviera a nacer quisiera que cada día y a cada instante, me sucediera lo bueno y lo malo que me ha tocado vivir. Llegar a ser lo que he querido ha implicado transitar por caminos tan insospechados como la Gastronomía o los estudios para el sacerdocio.
“Yo no sé si gracias al destino o por lo que me he trazado, pero lo que me ha sucedido para bien o para mal tiene como consecuencia el Ernesto Parra que soy hoy. Lo malo lo he sufrido y lo bueno lo he disfrutado, soy muy feliz conmigo mismo”.

Usamos, en ocasiones, el término payaso con un tono despectivo; incluso, en el mundo del teatro, no se le ha dado al género el respeto que merece. ¿Por qué entonces, decidiste arriesgarte con el clown?
“Yo no fui en búsqueda de una estética ni apostando por algo en específico. Sencillamente la casualidad de lo vivido, de haber visto al gran Oleg Popov en vivo tres veces cuando era niño, de quedarme extasiado frente a mi Krim 218 en blanco y negro, ante un mítico Edwin Fernández cantando Mi muñeca negra, es la causa de que hoy haga clown. El género me eligió a mí.
“Todas las especialidades tienen sus riesgos y sus detractores. Lo peor es que muchas personas, cuando ven al payaso, se quedan con el estereotipo epidérmico del maquillaje, la nariz y el colorido, sin apreciar esta profesión milenaria en la que tantas personas han trascendido desde el arte y la utilidad.
“El médico Patch Adams es el creador de los payasos terapéuticos que van a los hospitales a llevarles un trozo de alegría a niños en estados terminales. Es la medida de cuán útil se puede ser con una nariz de payaso.
“La anécdota es de hace un tiempo: en una reunión de directores provinciales con el anterior ministro de Cultura Julián González Toledo, uno de ellos se puso de pie y refiriéndose a ciertos músicos que habían suspendido un concierto en su territorio dijo: Se portaron como tremendos payasos.
“El ministro lo interrumpió y le preguntó: ¿Usted sabe qué es Teatro Tuyo?... Es un grupo de Las Tunas que cultiva y dignifica el género del clown... y mientras yo sea ministro, ningún funcionario de Cultura debe usar la palabra payaso de forma despectiva, por respeto a ese grupo. Y eso nos alegró mucho.
"Es una realidad, resulta un término que se usa como quizás pudiera usarse 'ay qué ingeniero eres tú' u 'oye chico, tú eres más abogado'"-sonríe ante la comparación-. Algo muy curioso es que algunos críticos de teatro dicen que no soportan a los payasos excepto a Teatro Tuyo, y eso nos elogia y compromete.
“Creo que hemos rescatado desde el punto de vista escénico y espiritual, la integridad y dimensión del arte del clown. Por eso no me ofende que alguien me diga "tú eres un payaso", yo siempre respondo: "Sí y a mucha honra".
¿Alguna vez te sorprendiste a ti mismo subvalorando el arte del clown? ¿Has ofendido a alguien con la palabra "payaso"?
“No, nunca he ofendido a nadie con la palabra payaso. Pero sí subvaloré el arte del clown al principio de mi carrera. Teatro Tuyo comienza bajo el nombre de Proyecto Piñata, el 15 de enero de 1999. Nos contrataban para hacer fiestas de cumpleaños, pero la insatisfacción artística y personal de sentir que eso podía ser algo más, hizo que nos separáramos de esa manera, quizás tonta, de hacer el clown para ganar un salario.
“Hoy seguimos actuando en cumpleaños, pero hay otro sentido. Las personas que contratan a nuestros actores les dicen: ustedes tienen algo diferente. Hacen la rifa, la piñata, los juegos, las canciones, pero hay un toque diferente, porque se hace desde la ingenuidad.
“No es un actor disfrazado, no es un actor maquillado, no es un actor haciendo un personaje. Es un actor recuperando palmo a palmo cada instante de su infancia abandonada y llevándola a un personaje".
¿Cuál fue la reacción de tu familia cuando dijiste en casa "Yo quiero ser payaso"?
“No fue a favor ni en contra. Creo que supieron siempre que yo lo iba a ser. De hecho, el nombre de mi personaje, Papote, viene del apodo que me dio mi familia paterna. Y ven aún a ese Ernesto niño de 42 años que corría por la finca de sus abuelos y jugaba a los soldaditos en la sala de su casa. Lo que han visto es un niño crecer, pero que sigue siendo niño, sigue siendo Papote.
¿Cuál fue tu mayor miedo cuando te pusiste por primera vez una nariz roja y cuál es hoy tu mayor miedo?
“Mi mayor miedo sigue siendo ser un adulto con una nariz. El clown es muy liberador. Yo he hecho funciones con 40 de fiebre; yo hice funciones a los dos días de enterrar a mi mamá -la voz se vuelve emocionada y los ojos sensibles parecen rozar dolorosamente los recuerdos-; yo he hecho funciones con Victoria, nuestra niña pequeñita, ingresada en el Pediátrico o dormida en los brazos de la vestuarista porque ha estado malita; yo he actuado dejando solo en casa a nuestro niño, al cuidado de una vecina.
“Y te juro que en esos 50 minutos que está Papote en el escenario, no estoy pensando en nada de eso -su mirada brilla mientras habla-. Yo nunca me he entristecido en esa dualidad Papote-Ernesto; quisiera, de hecho, que no terminara. Porque sé que cuando termine, tengo que volver al luto de haber perdido a mi mamá, tengo que volver al hospital a entrevistarme con el doctor de Vicky, tengo que regresar asustado a casa a ver al niño, tengo que volver a la humanidad que me acompaña.
“El momento de ser Papote es el momento del niño que no tiene pena de decir que tiene hambre o de decirle al papá que le compre un juguete sin saber si tiene dinero. Es un momento único, mágico y liberador que me conecta con esa inocencia pura.
“Mi mayor miedo resulta ese: que se note el adulto. Y para enfrentarlo busco herramientas que doten al actor de esa liberación terrenal, cotidiana, e incluso, económica. Yo he actuado sin tener nada que comer en casa y nuestro almuerzo ha sido debatir lo que hicimos en el escenario. Ese es mi mejor alimento”.

Algo que les llama la atención a muchos sobre Teatro Tuyo es que cuando llegaron los premios y el reconocimiento a nivel nacional, no emigraron a la capital en busca de mayores oportunidades. ¿A qué se debe esto?
“Se debe a Las Tunas, a una resistencia inexplicable, a un sentido de pertenencia a ultranza. Es cierto que aún hay funcionarios a los que no les basta la obra artística y tienes que apelar a ponerles todos los diplomas y premios encima del buró para que exista el apoyo a tiempo. Decía Martí que el elogio oportuno acrecienta el mérito y eso, en Las Tunas, a veces falta.
“Muchos funcionarios, como chiste, creen que elogio es decirnos: Bueno, ya ahorita se van para La Habana. No se dan cuenta que justamente la fuente de inspiración de lo que ha hecho Ernesto Parra junto a sus actores, la encontramos en la cotidianidad, en el clima de Las Tunas, en lo pequeñito de la ciudad, en lo ecléctico de su arquitectura, en lo noble y hospitalario de sus habitantes; ahí está la esencia.
Imagino que seas un consumidor voraz de buen teatro. ¿Quiénes son tus referentes?
“Directos, directos: como dramaturgo, René Fernández Santana; como actor, titiritero, amigo, Rubén Darío Salazar, en Cuba. Internacionalmente, Charles Chaplin como ser humano y genio del cine que se adelantó a su época y desde esa figura patente y activa en el escenario, Oleg Popov.
Seguramente, cuando eras niño te preguntaron ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y hoy, que ya eres grande, me atrevo a preguntarle a ese niño que llevas dentro ¿qué quieres ser cuando seas grande?
“Quiero ser útil. Cuando me preguntaban, de niño, ¿qué tú quieres ser?, yo decía: cocinero de un hospital. Casi siempre los niños quieren ser médicos, pilotos, policías, deportistas... Pero yo prefería cocinero de un hospital.
“Por suerte existen personas con sensibilidad para curar o servir en esa instalación. Eso me lleva a querer hoy, con 42 años, ser útil.
“Y si es detrás de la nariz de un payaso, que es el desprendimiento total de exponer todos tus riesgos, miedos y ridículos, no solo para divertir a otros, sino para transmitir un valor humanista, entonces cuando yo sea grande, quiero ser útil”.






















Escriba su comentario
Post comentado como Invitado