Jueves, 18 Enero 2018 17:31

Patrimonio cultural, de la belleza a la colectividad

Escrito por Zucel de la Peña Mora

Etimológicamente hablando, la palabra patrimonio proviene del prefijo en latín "pater o patris" que significa origen-principio y del sufijo "monium", el cual denota pertenencia hacia algo o alguien. De ahí que en el ámbito jurídico se entienda como "los bienes que el hijo tiene heredados de su padre" (Fernández-Rubio, 2011, pág. 95), al igual que conjunto de bienes que una persona adquiere por herencia y conjunto de bienes propios de una institución susceptible de estimación económica.

La presente investigación busca más allá de todo lo inmediato que representan esas acepciones, para ir tras los entresijos de un concepto que su máximo sentido lo encontró en el seno de lo colectivo, de ahí que en su devenir incorporara tres principios, según (Tapia, 2011): establece mecanismos de conservación; su valor no solo se basa en criterios estéticos o históricos sino en ser un reflejo de la cultura; y considera a estos bienes herencia y propiedad de un pueblo, un legado común.
Para llegar ahí, se tuvo que pasar por una visión inicial limitada al campo estético, al objeto bello, emparentada con la concepción del arte definida en el siglo XVII en Francia a raíz de la relevancia que habían alcanzado las manifestaciones plásticas desde el Renacimiento. Junto a la belleza, la otra gran característica para definirlo resultó la antigüedad, cuya concepción surge de la conciencia de estar en una época nueva, con el desarrollo de la industrialización. Esas dos ideas precisan este universo a finales de la centuria XVIII y principios de la XIX.
En el sentido histórico y artístico, la definición halla sus orígenes en el Renacimiento y su nostalgia por el mundo grecolatino. Presidido por un contacto profundo y reflexivo con el legado romano, ese período contribuye a la creación del concepto de monumento. Sin embargo, a pesar del interés por esa época anterior, prima y opera una visión utilitaria de tales edificaciones, sometiéndola a remodelaciones indiscriminadas al considerarse que el paradigma clasicista está vivo, y por tanto, resulta lícito reinterpretarlo (Aspilcueta, 2008). No habrá un reconocimiento al valor documental de los testimonios históricos monumentales.
Esa limitación estuvo vigente en Europa prácticamente hasta la llegada de la Edad Contemporánea. Durante la Ilustración (desde lo cultural) renace la inquietud y se suma al concepto de legado común bajo los principios de la Revolución Francesa (desde lo político). Específicamente, el gran suceso de 1789 provocó un importante cambio de actitud hacia las obras de arte en Europa: se pasó del coleccionismo de antigüedades realizado de manera lucrativa por eruditos, a la nacionalización de tales objetos con el fin de ponerlos al servicio de la colectividad.
Por una parte, como alerta Aspilcueta (2008), se amplía la dimensión espacio-temporal que otorga la condición de "monumento", no solo a los testimonios de la antigüedad clásica, sino que la extiende a los edificios y artes medievales, permitiendo el desarrollo de la arqueología y el coleccionismo científico, la aparición de la Historia del Arte y la acción estatal de protección del patrimonio. Nacerá la moderna elaboración crítica del concepto de monumento histórico-artístico.
La noción de "antigüedad", aparecida a principio del siglo XIX, se consolida como fundamental a la hora de entenderlo que le ha dado sentido a este campo. Fue consecuencia directa de la implantación de la Ilustración y la Revolución Industrial que impulsaron cambios radicales en la manera de pensar, hacer política y producir. Comoa clara Casanelles (1998), en ese contexto el término adquiere un sentido más profundo y se aplicó como un valor positivo a los bienes materiales de las eras anteriores. De tal manera quedaba atrás la connotación negativa de "viejo".
Sin embargo, avanzada dicha centuria, con el despertar del interés por la Edad Media, la destrucción de muchas edificaciones, las continuas desamortizaciones y reformas urbanas, es cuando comienza la valoración y recuperación de los monumentos desde las instituciones, bajo los principios del Romanticismo, que logró establecer una vinculación emocional entre las personas y su pasado histórico-artístico, como base del espíritu nacional de los pueblos; y la toma de conciencia política de las burguesías nacionales.
Según González-Varas, la recuperación y valorización del patrimonio histórico se desarrolló en el siglo XIX por medio de tres cauces:
a) Una interpretación ideológica o espiritualista que dotó a los monumentos del pasado de una fuerte carga emocional y simbólica. b) Un progresivo interés turístico por conocer el patrimonio cultural de cada país, que se difundió gracias a la moda de los viajes pintorescos y a la publicación de numerosos libros, revistas y enciclopedias ilustrados, que presentaron a los monumentos artísticos como objetos de estudio literario, histórico e iconográfico. c) El desarrollo de la Historia del Arte como disciplina científica para el estudio de los monumentos y las obras de arte del pasado, tanto en sus aspectos estéticos como testimoniales, ideológicos, culturales, entre otros. (Como se citó en Llul, 2005, pág.199)
Sin dudas se avanzaba en el entendimiento de lo que podía ser concebido como patrimonio, venciéndose la barrera de lo "monumental", para reconocer la alta carga testimonial de las obras de arte; pero apenas miraba con iguales ojos a los objetos utilitarios y los artefactos comunes y cotidianos. De ahí que muchos de esos utensilios se perdieran sin remedio y no aportaran al conocimiento del pasado. Este aspecto recibe mayor atención a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando por fin se entiende que reuniendo, confrontando e interpretando tales signos se puede reconstruir la cultura desarrollada por un grupo humano en un determinado territorio.
Surge así el concepto de "bien cultural" entendido como cualquier manifestación o testimonio significativo de la cultura humana; se acepta su valor relativo y abre la posibilidad de considerar como tales a las creaciones contemporáneas y las expresiones folclóricas, etnográficas o de otro tipo. El cosmos patrimonial empezó a analizarse desde una perspectiva mucho más secularizada y universalista, como algo que implicaba al conjunto de la Humanidad.
Los avances en el universo de marras recibieron un duro golpe con la Segunda Guerra Mundial. Tras esa contienda el alto grado de destrucción y expolio que alcanzó el patrimonio provocó la urgencia de su reconstrucción y resurge la preocupación al respeto. Se erige elemento esencial de la emancipación cultural y el desarrollo cultural, y empezaría a considerarse su potencial socioeducativo y económico, además de su valor cultural (Llul, 2005).
El escenario quedaría listo para que los organismos internacionales, tras la sensación de fracaso a que había conducido el progreso de la civilización occidental, actuaran en favor de la paz, los derechos humanos, sin olvidar la cultura y al patrimonio, y con ese fin establecieron criterios para su conservación y gestión.
Un ejemplo de ello fue la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en Caso de Conflicto Armado aprobada en la Haya en 1954, en la que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), fundada en 1945, emplea por primera vez el término "bienes culturales", con la intención de otorgar una visión más amplia y actualizada al concepto de patrimonio histórico-artístico, incluyendo en esa categoría tanto los bienes muebles e inmuebles de gran importancia cultural.
El nuevo concepto tendrá relación con las modernas teorías antropológicas y arqueológicas acerca del valor de la cultura material y responde a varios procesos socioeconómicos, al decir de Aspilcueta (2011), como la necesidad de Europa de recuperar su razón de ser, el reemplazo de la visión eurocentrista de la historia por un enfoque antropológico interesado en los procesos sociales, y la industrialización en América Latina (década del 50), al amparo de las políticas de sustitución de importaciones, que dañó los centros históricos de las capitales.
Tales situaciones propiciarán en el continente americano la interpretación del patrimonio cultural con mirada propia, que permitirá su revaloración desde el contexto social ligado al desarrollo. La Carta de Quito indicará que"...dada la íntima relación que guardan entre sí el continente arquitectónico y el contenido artístico, resulta imprescindible extender la debida protección a otros bienes muebles y objetos valiosos del patrimonio cultural..." (1967, pág.1).
Por ese sendero el siglo XX reafirmó dos valores que aportó a la caracterización de la noción de patrimonio (Casanelles, 1998): el objeto como testimonio de una época y el bien material histórico como documento. A pesar de tan notables pasos, el problema seguía siendo el de acercar ese contenido a las clases populares, con el ánimo de sensibilizarlas sobre la conservación. Había que democratizar la cultura.
Llegar a la amplitud de la visión del siglo XXI, que llama a entender a la diversidad cultural del mundo como el principal objeto del patrimonio cultural (Casado, 2009), permite la proliferación de un gran número de clasificaciones, muchas de las cuales provienen de campos tan alejados de las ideas primigenias, como el intangible, el industrial y el digital.
La Unesco con su serie de convenciones y programas, aunque no son vinculantes, ha sido abanderada en conciliar criterios en torno a conceptualizaciones y la salvaguarda de esta riqueza de la humanidad. Lo más sugestivo es que se trata de nociones que siguen en construcción, y la falta de consenso en denominaciones no deja de provocar interrogantes. Por ejemplo, todavía hay debate sobre cómo decir: patrimonio intangible o inmaterial o patrimonio vivo (Collazo, como se citó en Chappi, 2014).
Al propio tiempo, cambia la visión del lugar del patrimonio dentro de los diseños de desarrollo territorial, ya no será llamado carga improductiva, pues cada vez toma más fuerza el término economía de la conservación, asociado al patrimonio como herramienta de desarrollo local.
Referencias
Aspilcueta, J. (2008). El patrimonio cultural, concepto- importancia-evolución. Recuperado el 10 de septiembre de 2017 de https://hist6rest.files.wordpress.com/2008/03/el-patrimonio- cultural.ppt
Casado, I. (2009). Breve historia del concepto de patrimonio histórico: del monumento al territorio. Recuperado el 11 de septiembre del 2017 de
Casanelles I Rahóla, Eusebi (1998). Nuevo concepto de Patrimonio Industrial, evolución de su valoración, significado y rentabilidad en el contexto internacional. Recuperado el primero de octubre de 2017 de http://www.mcu.es/patrimonio/docs/MC/IPHE/BienesCulturales/N7/11- Nuevo_concepto.pdf
Chappi, T. (2014). El futuro depende del hoy. Revista Temas. Disponible en URL:http://temas.cult.cu/blog/?p=1633
Fernández-Rubio Legrá, Ángel (2011): Glosario de expresiones ambientales y jurídicas. La Habana: Ciencias Sociales.
Llull, J. (2005): Evolución del concepto y de la significación social del patrimonio cultural. Revista Arte, Individuo y Sociedad, no.17. Universidad Complutense de Madrid. pp. 175-204. Recuperado el 3 de octubre del 2017 de http://revistas.ucm.es/index.php/ARIS/article/view/ARIS0505110177A/5813C
Tapia, M. (2011). Un lugar para el patrimonio. La conservación del patrimonio cultural en la red. Revista Electrónica de recursos de Internet sobre geografía y Ciencias Sociales, no. 153. Recuperado el 15 de octubre del 2017 de

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