El Meto, como le decían sus más cercanos, ostentaba un largo palmarés que incluía, por mencionar apenas un ápice, su condición de Hijo Ilustre de la Ciudad de Las Tunas y el Micrófono de la Radio Cubana.
Entró a la emisora allá por 1969 como redactor de notas. Y alguna vez me contó, entre sonrisas, que si alguien le hubiese dicho que ese lugar sería su destino al joven soldador de implementos agrícolas que era entonces, no lo habría creído ni por asomo.
Inclinado por la técnica llegó a ser operador de sonidos. Eran los años en que se quedaba hasta la madrugada para grabar menciones radiales cuando la planta cerraba, en aquellas grabadoras domésticas, de cintas magnetofónicas; y a veces "se colaba" para grabar también un cuento y hasta un dramatizado más grande. Muchas jornadas de trabajo eran hasta el sol del amanecer.
Pasó junto a su querida Victoria cada sofoco, cada transformación tecnológica, cada nuevo desafío. Cuentan que ya pasaba de los 50 años el día en que se sentó por primera vez frente a una computadora. Y, tras intensas jornadas de estudio, fue él quien enseñó los primeros pasos en los teclados y los programas de audio a los más jóvenes de la planta matriz.
Son memorables sus grabaciones a grupos musicales, muchas veces aguantando cables con la mano y demorando horas entre un tema y otro; siempre con respeto, sonrisas y buena energía. Se fue Metodio Diez; ojalá, porque la Radio lo necesita, queden su brío, su entrega y sus enormes y fructíferas ganas de hacer.


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