Viernes, 17 Mayo 2019 07:18

La vida cultural, mi razón de ser

Escrito por Yelaine Martínez Herrera
La vida cultural, mi razón de ser Foto: ReyLópez

Las Tunas.- Una vez pactada la entrevista, procuro no perderme camino a su casa. Luego de unos minutos, diviso entre las rejas del portal al hombre absorto en la lectura. En la intimidad hogareña abundan obras de arte. Libros, reconocimientos, cuadros, fotografías y más objetos han sido testigos de la amistad compartida.

A Carlos Tamayo la cultura tunera le debe mucho. Durante dos años en la vicepresidencia de Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en la provincia, y tres décadas en la presidencia, dio lo mejor de sí para enaltecer al arte y sus protagonistas, desde los más bisoños hasta los experimentados. Hace poco esas filas cambiaron de directiva, pero la huella de este incansable creador, sin dudas, seguirá inspirando a la vanguardia artística del territorio. Motivos suficientes para acercarnos más a su vida y obra.

Conversemos sobre su infancia y juventud

Nací en la calle Lora, donde también vivo hoy. Mi padre (Carlos) trabajaba en la zafra azucarera, estuvo 50 años en el central Perú y se jubiló con la Orden Jesús Suárez Gayol. Mi madre (Juanita) era ama de casa.

Cuando se nacionalizaron los negocios privados, yo estaba en la Primaria y nos pidieron que saliéramos a las calles a apoyar la nacionalización. Mi papá tenía una bodeguita en la que se vendía arroz, azúcar, frijoles y otros alimentos. Ese sitio nos ayudaba mucho, sobre todo en tiempo muerto.
Al llegar a casa mi padre me dijo: "Así que tú eras uno de los que andaban gritando '¡Abajo los timbiriches!', y gracias a eso es que no te has muerto de hambre". Pero yo me sentía más revolucionario que nadie. Al final no pasó nada, entregó la bodega al Estado y, como era pequeña y estaba dentro de la vivienda, conservamos el espacio.
Mis inicios en el arte comienzan en sexto grado. El instructor Orlando Marrero hizo un grupo de danza y empecé allí. En mi familia había varios músicos. Mi padre tocaba la guitarra, un tío mío el tres; yo incluso, tocaba la percusión en el conjuntico, lo mismo bongoes que maracas, y también cantaba.
Ya en la Enseñanza Media participé en festivales de Artistas Aficionados, pero esa cantaleta se acabó en el preuniversitario Luis Urquiza Jorge, en el que descubrí mi pasión por la literatura. Allí publiqué en el boletín literario Hórmigo y me vinculé al taller literario. En ese tiempo empezaron mis investigaciones sobre El Cucalambé, que amplié en la Universidad de Oriente, en la que me formé como licenciado en Letras.

¿Cómo llegó a la dirección de la Uneac?
Hubo una época en que no existía la Uneac en Las Tunas, pero varios artistas estábamos interesados en que se materializara aquí ese sueño. Hablamos con el presidente de la organización en Camagüey para ver si los creadores tuneros podían pertenecer a esta junto a ellos, pero él no aceptó porque no estaba contemplado en los estatutos. Fue en 1987, con el IV Congreso, que pasa a ser nacional. El 24 de diciembre de ese año se funda el Comité Municipal de Puerto Padre, y el Comité Provincial.
Sin embargo, antes de eso estábamos inmersos en los preparativos. Aquí estuvo Lisandro Otero, que presidía la Comisión Organizadora del IV Congreso, también Humberto Rodríguez Manso, Pablo Armando Fernández y otras personalidades. Cuando se hizo la elección, quedó Cristino Márquez en la presidencia. Luego él planteó que tenía muchas responsabilidades y resultaba necesario alguien con más tiempo para el colectivo.
Yo era jefe de Redacción del periódico 26, que entonces era diario y dije que no podía asumir ambas cosas a la vez. Jorge Pérez Cruz me sustituyó en el medio de prensa y pasé a ser presidente de la Uneac, algo que nunca antes imaginé realizar.

¿Qué tan difícil es dirigir a los artistas?
Existe un mito de que los intelectuales son más complejos que los trabajadores de otros sectores. El motivo radica en que cuando se le orienta una tarea, este puede decir, "¿por qué, en vez de hacer eso, no hacemos esto otro?".
La clave está en respetar las identidades, un actor no vive ni piensa igual que un artista de la plástica, y la vida profesional de un músico no es la de un escritor, cuyo oficio es solitario. Debemos aceptar a las personas como son, no imponerles la forma que tú quieres que sea. Siempre dialogar, escucharlas y saber decir no si resulta necesario. De esa manera se logra la armonía.
La Uneac tiene mucho prestigio en Cuba, sus congresos son seguidos de cerca por la población y siempre hay expectativas sobre qué se plantea en estos espacios. Como institución social, no constituye un gremio cerrado en sí mismo. El intelectual que se crea que no es pueblo no es intelectual.

¿Recuerda un día en que sintió orgullo de llevar el cargo?
Cuando nos entregaron la sede. Antes nos reuníamos en el Museo Provincial, en el memorial Vicente García, en la casa de cultura Tomasa Varona y otros lugares, pero un día nos informaron que radicaríamos en Custodio Orive número 7, que en aquel momento era una Escuela del Partido. No estaba en buen estado, hubo que quitar el techo completo, el patio estaba enyerbado. El arquitecto Wálter Guerra donó un proyecto bellísimo a la sede. Así comenzamos.
Siempre quise que cada filial tuviera su espacio e hicimos por ello una segunda planta. Todo esto contó con el apoyo de Abel Prieto, el Partido, el Gobierno, la Uneac nacional y el Cieric (Centro de Intercambio y Referencia Iniciativa Comunitaria), cuya oficina regional radica en nuestra sede, junto con la Fundación Nicolás Guillén. Eso fue en el mandato de Misael Enamorado. Al no ser la fachada, que es patrimonial, no se parece en nada a la casa inicial.

Satisfacciones e insatisfacciones de esos 32 años de liderazgo...
Me satisface el hecho de que me aceptaran, de siempre promover la obra de nuestros escritores, en especial de los jóvenes. Lamento mucho que aún quedaran miembros de la Uneac sin resolver sus problemas de vivienda, aunque unos cuantos solucionaron esa dificultad, con la ayuda del Poder Popular.
A la Uneac le agradezco la gran cantidad de amistades que tengo y el haber conocido a numerosas figuras importantes como Carlos Martí, José Loyola, Miguel Barnet y otros.

¿Qué debe suceder para que la cultura en Las Tunas reciba el valor que merece?
Armando Hart dejó claro que todo no es cultura. Cada provincia tiene su identidad cultural. Aunque aquí no hay tumba francesa, eso no significa que seamos menos. El problema está en que los procesos culturales no se dirigen como otros. Por ejemplo, si el grupo Petit Dancé tiene portadores de cómo bailaban los haitianos originales, no se le puede decir a un instructor de arte que modifique sus coreografías. Se trata del testimonio de una época. El desarrollo es muy bueno, pero hay que cuidar las raíces.
A diferencia de Educación y Salud, Cultura no tiene una escuela de cuadros, sus directivos provienen de otros sectores, y no es un problema solo de Las Tunas. Existen personas muy laboriosas y responsables, pero vienen de ramas distintas y lo que hay que hacer es ayudarlas, no lo contrario. Realmente no contamos con una cantera preparada, hay muchas plantillas esperando ser completadas; además de los bajos salarios.
En el plano social, como esta es una ciudad que fue asaltada cinco veces y quemada tres, quedan muy pocas casas con tipología colonial y las personas las han modificado. Deberíamos conservar lo que quedó, así como lo construido a principios del siglo XX. Hay leyes que impiden modificar fachadas; sin embargo, se ha hecho. Tenemos que cuidar la arquitectura ecléctica en el centro histórico, no improvisar; mientras menos oficinas acoja más vida social tendrá. Igual, los bulevares requieren sombra.
Para mí la cultura es todo lo que dignifica al ser humano. Es el constructo de la totalidad de los saberes humanos. No podemos olvidar que los gustos se construyen. No puede ser que un país que ha invertido tanto en la educación, de pronto esté viviendo un momento en que la chabacanería y la banalidad se han empoderado, y para algunos esa es la cultura.

¿Cuáles son los principales retos de la Uneac actualmente?
Preparar bien a la delegación con vistas a su IX Congreso, que se desarrollará en junio próximo; estar actualizada sobre los cambios que suceden hoy en Cuba y el mundo, participar en los debates sobre los temas que marcan el contexto histórico; hablar con las personas, explicarles el porqué de la situación por la que atraviesa el país y ayudar a que haya más cultura política.
Por tradición los grandes escritores y artistas cubanos siempre han estado unidos a los cambios revolucionarios. Eso no puede cambiar. Tenemos la responsabilidad de reflejar el momento histórico. Todos los países son perfectibles, pero a veces se va a hacer una película y solo se reflejan los lugares más deteriorados, cuando en ese espacio hay cosas más decorosas.
Para mí, el más grande intelectual que ha dado la humanidad en el siglo XX es Fidel.

¿Siente que la Uneac le quitó tiempo con sus hijos?
Aunque me perdí la infancia de Sandra, mi hija mayor, llegó un momento en mi actual familia en que mi hijo Carlos era dirigente sindical, mi hija Beatriz lideraba la FEU en la Universidad, la mamá trabajaba y yo, estaba al frente de la Uneac. Era común que se llegara tarde a casa, pero nos ayudábamos entre todos y las responsabilidades, lejos de separarnos, nos unieron más.

¿Qué pasará con Carlos Tamayo de aquí en adelante?
Me jubilaré. En julio cumplo mis 65 años de edad, 40 de ellos dedicado al trabajo. Eso no significa que deje de leer, escribir, publicar, voy a seguir creando si la salud me lo permite. Tengo muchos libros empezados y otros aún en la cabeza. Siempre estaré en algún proyecto y cualquier artista que me pida una colaboración, la va a tener. No puedo negar que la vida cultural ha sido la razón de ser de mi existencia.
Estoy trabajando en la edición facsimilar de Rumores del Hórmigo, primer título de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé. En Cuba existe un solo ejemplar. Es un texto que está en deterioro, pero los compañeros del Archivo Histórico de aquí lo encuadernaron y digitalizaron. También tengo en mente ampliar la investigación sobre la obra de ese bardo, quisiera escribir otros cuentos y poemas. Además, debe salir próximamente en México mi libro Miedo a Vicente García, pero los editores decidieron cambiarle el título.

Amante de la literatura, las artes plásticas y la buena música, Tamayo comienza su vida laboral (1979) en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) como asesor de la programación de Radio Victoria. Fue director provincial de Cultura, fundador de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y especialista literario en la casa de cultura Tomasa Varona.
Este incansable investigador ha recibido varios reconocimientos, entre los que sobresalen las distinciones Raúl Gómez García, Por la Cultura Nacional, Hijo Ilustre de la Ciudad de Las Tunas y Félix Elmuza, así como el Premio a la Creación Literaria por la Obra de Toda la Vida. Ha rubricado varios volúmenes que enriquecen el acervo del país, entre ellos: Epítome a las poesías completas de El Cucalambé, y Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, el desaparecido.
A Las Tunas le queda la suerte de tener a un hombre así, orgulloso de ser criollo, con una jocosidad e ironía innatas, pero con la seriedad de los grandes hacedores de sueños.

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