Sentada en un banco del parque con su nombre, cerca de la obra tridimensional, leo el libro Vicente García, un General de Céspedes, del investigador tunero Carlos Tamayo, recientemente publicado en México, por el Frente de Afirmación Hispanista. Es la primera vez que una publicación habla del patriota en ese país. Enhorabuena. Así más librerías, bibliotecas, centros de estudios y otros espacios conocerán su legado.
Ciertamente el libro conmueve, hace pensar y conmina a preguntarnos: ¿Cuánta injusticia carga en sus hombros la memoria del adalid? El autor demuestra con datos y argumentos cómo el León de Santa Rita ha sido erróneamente juzgado por la historia. Imposible al leer sus páginas no hacer míos sus cuestionamientos.
"¿Por qué si era tan indisciplinado, como lo han hecho ver, ocupó tan altos cargos?", interroga el escritor-periodista. "En el fragor de la batalla -como le responde su biógrafo Víctor Marrero- se convirtió en jefe del Departamento de Oriente y Camagüey, secretario de la guerra, presidente de la República en Armas y general en jefe de los ejércitos de la República". Los méritos hablan...
Tamayo, quien fue presidente de la Uneac en la provincia durante 30 años, nos acerca con este texto a un hombre de carne y hueso que puso todo su aliento al servicio de la causa libertaria. No es el típico mamotreto científico, más centrado en la metodología que en el deleite del lector. Al contrario, son líneas que se beben y calan hondo en esa categoría-sentimiento llamada "tuneridad".
Inmersa en la lectura me traslado en el tiempo (quien no lea no sabe lo que se pierde). Alrededor de mí corretean los chiquillos, mis coterráneos hablan de pelota, de Trump y las vicisitudes cotidianas, pero eso ahora pasa a un segundo plano. Estoy en la manigua, rodeada de bejucos, descanso en una hamaca y bebo canchánchara en jícara como mis compañeros. Así me siento mientras leo.
Las reuniones que antecedieron al 10 de Octubre de 1868 demuestran que Vicente ya había previsto levantarse en armas el 14 de ese mes y año, aun cuando los tuneros tuvieran que iniciar solos la lucha, si los demás centros no se levantaban. Pero las circunstancias históricas apresuraron el alzamiento. Fue cuando Céspedes hizo sonar las gloriosas campanas del ingenio La Demajagua.
Tres días después del inicio de nuestras luchas independentistas, el guerrero tunero atacó su ciudad natal, tomándola casi totalmente (menos la iglesia). Entonces, "en lo más alto de una vara de bambú, ondeó la bandera cubana".
Pero el décimo mes del calendario dejó también huellas de dolor. Hoy todavía nos lastima de solo pensarlo. El jefe español Eugenio Loño, para doblegar al líder, lo encerró en su casa junto a su familia (en la calle Real, hoy memorial Vicente García), con la orden de que no se le diera alimento. En ese cautiverio, a causa del hambre, murieron sus hijos María de la Trinidad (4 meses de nacida) y Saúl (4 años de edad). ¡Imagínese su convicción patriótica para no claudicar!
Mas este prócer siguió luchando por su pueblo. Tamayo reflexiona en torno a las sediciones e insubordinaciones, y aporta elementos que enfrentan "la verdad" impuesta sobre el mambí. Analiza el caudillismo y el regionalismo desde puntos de vistas diferentes. Plasma la historia como fue, con hechos concretos y no modificados por la subjetividad humana. Fundamenta el papel de este general ante el Pacto del Zanjón. Entrevista a expertos; desempolva informaciones poco conocidas sobre él, su diario, casa natal, restos óseos, la estatua...; y cambia el imaginario negativo en torno a la figura más controvertida de la Guerra Grande.
Me pregunto: ¿Qué tan "torcido" puede haber sido para que otras personalidades como José Martí y Antonio Maceo tuvieran tan buena opinión suya? ¿Qué tan regionalista dicen algunos que fue cuando combatió en regiones de Camagüey, Holguín, Granma, Ciego de Ávila y Las Tunas? ¿Qué tan incorrecta fue su actitud ante la causa libertadora que dejó el seno de una familia acomodada para luchar por los pobres? Hubo ocasiones en que combatió hasta 14 veces en un día. Los españoles, con solo escuchar su nombre, le dejaban libre el camino y, hasta en el lecho de muerte, exhortó a sus hijos a seguir la pelea por la libertad de Cuba.
La imagen de los héroes se construye con evidencias, sin olvidar su contexto. Tamayo lo hizo brillantemente, influido por las enseñanzas de Juan Andrés Cué Bada, gran historiador cubano y su profesor universitario. Todos deberíamos leer este libro, publicado ya en nuestro país con el nombre Miedo a Vicente García.


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