Lo hacen con el desenfado propio de quienes buscan la trascendencia del instrumento mucho más que la de sí mismos y, lo mejor, apuestan por captar, hasta de puerta en puerta, a los pequeños habitantes de las zonas cercanas a su sede habitual; les enamoran del sueño que defienden y abonan así caminos de relevo, nuevos bríos y pasión.
Llegan a lo más intrincado, alistan tambor, paila, guayo y bongó y entonces, cuando ya los curiosos van perdiendo la paciencia y los habituales sonríen cómplices, ellos hacen la magia gracias a la armazón milagrosa que la empresa provincial de la música y los espectáculos Barbarito Diez les mandara a construir en los difíciles años 90, allá por Holguín.
Y la gente se deleita ante los ojos de los seis hombres que hacen tamaña maravilla, como si nada más fuera necesario.
Si lo sabrá Pastor Almaguer, director y maniguetero, quien durante cerca de tres horas mantiene el ritmo constante de la melodía, siempre con el reto de no adelantar ni atrasar un ápice, porque perder el compás es muy fácil y se impone dar manigueta firme y equilibradamente para ver al gentío bailar: soberbio reto.
Continuar, en tiempos de reguetón, fusiones y mezclas alternativas les ha hecho reinventarse y, por eso, a la par del gustado Cafetal y El platanal de Bartolo, temas como El pollito afeitao y La parranda tienen asiento fijo en su repertorio, buscando cada día el acercamiento a los jóvenes y sus gustos, algo que, tienen claro, es esencia de continuidad.
Los lugareños, muy especialmente en espacios rurales, saben que si está el órgano es señal de fiesta buena y trasnoche seguro. Los de Tradición Majibacoa disfrutan cuando una presentación termina y alguien se acerca y quiere saber cómo funciona la "cosa", por dónde sale el cartón y de qué manera se puede hacer el milagro desde tan singular aparato.
Dieron aliento a esta reportera cuando aseguraron que los sitios donde tocan se llenan y son rostros jóvenes, a veces muy bisoños, los más fisgones alrededor del órgano. Igual contaron del relevo que ya preparan y de las ganas enormes que los han llevado hasta sitios distantes para alegrar y enaltecer.
Son parte de un engranaje mayúsculo y a ratos anónimo, que también nos alcanza este verano y está disperso por insospechados espacios de Cuba con el sortilegio de la música molida, el folclor y la certeza de un arraigo infinito que se multiplica para bien.






















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