Los bríos parecían entonces cordura suficiente para cambiar al mundo. Fueron sumando, enamorando, haciéndose de un público fiel que llenaba las presentaciones una y otra vez. Conquistando lauros y prestigio, dentro y fuera de esta comarca.
Entonces se iban hasta los campos cuando no se hablaba aún por estos lares de proyectos comunitarios y hacían "excursiones" que se volvían grandes encuentros, donde la peluquera del grupo también cortaba el pelo a los niños y el señor de los atrezos arreglaba los zapatos al pasar. Todo terminaba con un día distinto y una función singular. Florecían los años finales de la década del 80 del siglo pasado.
Entre ellos encontraron espacio igualmente los espectáculos con la técnica de luz negra. Y me recuerdan ahora la primera puesta, El Pequeño Príncipe, con dirección de arte de Ivo Dovales. Y hablan de lo costosas que resultaban las lámparas necesarias para la obra y de cómo los actores, entre todos, pusieron de sus bolsillos el dinero justo para comprarlas, por los niños, el teatro, los títeres, el futuro. Eran los tiempos del llamado Período Especial y la cultura tenía que ser salvada.
Ahora el panorama es distinto.
SIN CAKE NI ESCENARIO
Emelia González Durañona llegó a Los Zahoríes cuando apenas tenían un año de vida. No le interesaba demasiado el teatro para niños en aquella época, sin embargo, se fue quedando y entendiéndolo como "una cosa muy seria". En el 2012, abriendo el mes de las flores, se jubiló. Ahora regresa a dirigir al grupo y el panorama que encuentra es diferente al que dejara en aquel momento.
"La sala está muy deteriorada. No hay escenario. Sacamos los listones del fondo del tablado y dimos funciones desde enero así, hasta el domingo pasado en que no se pudo más. Ya las condiciones no nos permiten hacer ni siquiera eso. Y es muy triste.
"No existe un escenario donde se pueda concebir una vida artística. El actor necesita entrenamiento, ensayar. El grupo está dividido. Estamos haciendo pequeños montajes y hemos logrado un minúsculo repertorio. Ahora no sé qué va a pasar. Es lamentable porque a pesar de todo el tiempo que hemos estado sin trabajar, existe un público.
"Una de las últimas funciones se dio en el lobby, pero no tiene condiciones, hay sol, es caluroso. A pesar de eso todo se llenó de niños y de mayores que aguantaron durante 50 minutos de pie en esas circunstancias para ver la obra. Pero no podemos seguir haciendo las cosas de esa manera".
La buena suerte parece apoyarlos y otra vez sangre joven llega a Los Zahoríes. Me aseguran que tienen con ellos a una hueste de muchachas y muchachos que están haciendo su Servicio Social tras egresar de la Escuela Superior de Arte y de otras afines.
Los veo entrar, soñadores y me hablan de cuánto quieren hacer, de lo mucho que les hace falta en su formación el descubrimiento de un sitio como este. Añoran crecer, lo confiesan y están dispuestos a salir a las calles, dar presentaciones en las esquinas, las escuelas, los parques.
Entonces, de entre todos, descubro la voz de Ana Rosa Díaz, actriz de 21 años de experiencia en el grupo: "He dedicado mi vida a este trabajo y tengo una decepción profunda porque nos han dado esperanzas de mejoras en nuestra sede y no se cumplen. Ojalá que estos actores tan jóvenes no pierdan las ilusiones. El teatro de títeres se basa en colorido y belleza, por muy experimental que quiera hacerse hoy.
"Se necesita de la buena realización y el diseño atractivo. Todo eso requiere un escenario donde trabajar. Así se hace teatro de títeres. Hay que pensar en el Guiñol, que cumple 46 años y no puede ser en vano".
En medio de dilaciones, lastres materiales y esperanzas andan Los Zahoríes en el territorio. Apuestan por una sonrisa, pero igual no han podido tener un cumpleaños tan feliz como merecen.
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