Sábado, 20 Enero 2018 06:06

Balanza Recasén: el arte desde adentro

Escrito por Por Graciela Guerrero Garay
Balanza Recasén: el arte desde adentro Fotos: De la Autora

Las Tunas.- Detienen el paso, a pesar de estar conscientes de que continuarán el camino con las manos vacías y el deseo de llevar alguna figura para adornar la sala o terminar "la búsqueda" del regalo de cumpleaños para Luisa.

balanzaOtros hacen lo mismo, pero llevan consigo una o varias obras de arte que, desde la imitación casi perfecta o la creación pura, José Cristóbal Balanza Recasén tiene a la venta en la Plaza Cultural de esta ciudad.

El quiosco de Pepito -como cariñosamente le llaman familiares y amigos- es una suerte de galería de buen gusto y una certeza más de que a la plástica tunera la reconocen a nivel local, nacional e internacional, porque bien lo merece. Caminar por ese popular espacio del centro capitalino es, sin dudas, un encuentro con la identidad creativa que distingue a la provincia.

"Soy un artista de la plástica que hace artesanía -dice a 26 Digital- y uso el cemento blanco, yeso y marmolina para lograr estas creaciones, las cuales trabajo a base de moldes. Luego pinto a mano y doy esas coloraciones y matices que tanto gustan y les otorgan la elegancia final a las imitaciones de las figuras y muñecas de biscuit.

"Tal labor -explica Balanza- es muy delicada, y gusta mucho al cliente. En alfarería esta técnica se logra de la primera cocción de cada pieza, porque el término es un galicismo español que significa bizcocho, de ahí que tengo que utilizar caolín, cuarzo y feldespato, pero ya ves el resultado, son las preferidas porque reviven tradiciones muy nuestras".

Desde pequeño, en su natal Santiago de Cuba, le viene ese amor incondicional por la pintura, "porque sin renegar de mi raíz, aquí en Las Tunas he realizado mi vida en lo personal y social, y me siento hijo de esta tierra", señala con la sonrisa amable que atrapa al transeúnte y contribuye a que tan vital sitio sea una galería abierta, bajo los matices del sol y las sombras que engalanan las cercanías del bulevar.

"Yo me gané todos mis juguetes pintando en los planes de la calle, dibujando con tiza en el pavimento. Cumplí misión internacionalista en Etiopía y al regresar, un día en el zoológico de Santiago me apasioné con los animales y empecé a pintarlos, allá también lo hice; pero en realidad mis éxitos nacen de lo empírico, ya después sí estudié", dice quien ofrece osos, elefantes, perritos y miniaturas diversas que cautivan.

Sus cuadros, enmarcados en el estilo paisajista, también acumulan méritos y ostenta el primer lugar en el Salón Nacional de esa corriente en la Jornada Cucalambeana de la década del 90 del pasado siglo.

La monocromía y el degradado cogen vuelos altos en sus manos. Son horas enteras entregadas a preservar tan buenas prácticas.

"Considero que esta idea de autorizar a los artesanos a expender aquí, en un lugar concurrido, no solo es favorable por las ventas. Le veo valor desde el punto de vista de dar a conocer el arte que encierra la artesanía tunera.

"Aquí venimos a diario varios creadores, y aunque la gente no compre, nos llena saber que admiran lo que hacemos y se interesan por conocer cómo lo logramos, o qué quiere decir tal figura. Muchos no llevan las obras por la solvencia económica, aunque vendemos a precios aceptables y en moneda nacional".

Sueños... "siempre hay sueños, también los tengo. Quiero volver a pintar cuadros", dice José y vuelve a regalar esa sonrisa que parece transmitirle el sentido espiritual-creativo que marca su talento y propuestas.

Entonces uno entiende por qué cierra a las 2:00 de la tarde y vuelve a casa a trabajar, a moldear con el alma sus piezas y a convertir el pincel, sea sobre el lienzo o el cemento blanco, el caolín o el yeso, en un regalo que lleva mucho más que la intención de ganar el sustento, sino la verdadera razón que enaltece la artesanía local y cubana: nuestra identidad cultural.

La Plaza Cultural, el otrora "Anoncillo" para varias generaciones, es por José y sus colegas un auténtico camino de buen gusto y muestra abierta del poder expresivo y peculiar de la ingeniosidad de nuestros artesanos. Si quiere alimentar su alma, olvidar por momentos cualquier agravio interno vaya allí, aunque en la cartera no tenga un centavo. Llevarse en la retina este buen hacer popular seguro vale la pena, como diría el profesor Calviño.

No por gusto, todos los días, decenas de personas, incluidos los niños, hacen un alto en el trayecto y quedan ahí, frente a este hombre que regala amor con su trabajo y ese trato gentil y humano que lo caracteriza, al tiempo que arranca frases de elogio y promesas de que volverán. Y vuelven, es inevitable.

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