Domingo, 11 Febrero 2018 16:32

Lesbia, la cuentacuentos

Escrito por Esther de la Cruz Castillejo
Lesbia, la cuentacuentos Foto: Miguel Díaz Nápoles

Las Tunas.- Cinco décadas es, a veces, demasiado tiempo. Cuando se llega a "la media rueda" el examen se vuelve, casi por instinto, hasta lo que hemos ido dejando en el camino de la vida. Una suerte de parada y reflexión. Igual repasamos los sueños a medias y las energías perdidas y reencontradas también, aunque de otra forma, vueltas calma y serenidad para seguir haciendo.

Esa idea me queda de la conversación con Lesbia de la Fe. Una mujer sin edad, de voz suave y determinada, que dedicó un ratico de su tarde a 26, siempre después de responder las preguntas de los niños y envuelta en sus pamelas y adornos, para decirnos cómo es todo eso de cumplir 50 años de trabajo en el arte infinito de la narración oral.
"Debes tener una sólida cultura y una constante avidez de estar informado sobre cualquier tema. No es solo contar un cuento, se hace imprescindible establecer un diálogo con todo tipo de público. No es lo mismo un niño, que un adolescente o un adulto mayor. Tampoco es igual si son profesionales, obreros, estudiantes. Todo exige otra manera de hacer.
"El instrumento principal es la palabra. Debes tener un amplio vocabulario y conocer la técnica para llamar la atención y lograr mantenerla todo el tiempo. Es muy exigente ese proceso y son técnicas que funcionan también en otras profesiones que se relacionan con el público. Lo mismo para un médico que da una charla que para un maestro. Vale siempre saber".
¿Existe una manera diferente de contar en las distintas regiones de Cuba?
"No creo que tan así sea. Eso depende más de la formación del narrador. En La Habana, por ejemplo, casi todos los narradores provienen del teatro, que se afectó mucho en los años 90 con el Período Especial y uno de los caminos que se abrieron para los actores estuvo en la narración. Se han hecho, incluso, obras importantes así.
"Creo que la narración oral tiene entre sus cosas más bonitas el hecho de que cada cual tiene su propio estilo, igual que un repertorio muy propio. No es lo mismo una bibliotecaria escolar que cuenta para motivar principalmente el acercamiento a los libros que ella tiene en sus estantes, que un narrador oral escénico que utiliza el proscenio con más fuerza si viene del teatro. Son diferentes, además, quienes llegan desde la vertiente campesina o de la popular.
"Yo, por ejemplo, provengo del primer curso que dieron acá de bibliotecarias escolares para Secundaria Básica. Me formó la señora de los cuentos, Haydée Arteaga, que murió hace poco, pasando ya los 100 años. En aquella época comenzaban las bibliotecas en esa Enseñanza y apenas contaban con libros. Era una asignatura más. No podía solo prepararme en un texto y tenía alumnos como de 15 años en séptimo grado. Te hablo de los años 70 del siglo pasado".
Esta mujer asegura que desde entonces nunca ha dejado de contar historias. Ni siquiera cuando las responsabilidades en el sector cultural, al que ha dedicado toda la vida, la mantenían imbuida en otros desafíos. Prefiere que la llamen cuentacuentos y hasta sonríe al decirme que en algunos sitios el término es despectivo. "Para mí, la verdad la tiene el receptor y la capacidad que yo tenga de enamorarlo con la historia. El nombre es lo de menos".
A veces, sin embargo, se siente sola. Lo confirma su mirada cuando me habla de poca atención, ausencia total de recitales de narración en las programaciones culturales de la provincia y lo que define como "insensibilidad" ante lo que hacen. "Estoy cansada y he tenido tantas guerras en esta vida, que ya no quiero más con nadie".
¿Se pierde la tradición?
"Chanti fue el primer cuentero que tuvo Las Tunas, en los finales de los años 60. Él y su primo Juan José Rodríguez se formaron en La Habana en una escuela que abrieron para narradores orales. En ese tiempo no había un movimiento fuerte en Cuba y no se le pagaba nada por eso. Él trabajaba en el guiñol Los Zahoríes y estaba, además, como instructor de arte, creo que por ahí le sacaban el salario.
"Después surgió un cuentero popular que le decían Cachirulo. Era ponchero de profesión y se oía mucho haciendo cuentos campesinos, muy cómicos, en la cafetería Oquendo. Verónica Hinojosa ha hecho igualmente un buen trabajo en todo lo que es dar talleres, formar. Pero me parece que no hay una visión en atender el arte de la narración oral como se debiera.
"Tenemos ahora a Luis Andrés Till, haciendo sus cosas. También a Tania Rondón, ahí en Majibacoa, muy cerquita de aquí. Y nunca la traen, por ejemplo, a dar un recital de cuentos acá. Y te hablo de personas de resultados, con premios en eventos relacionados con la narración. En ´Amancio´ y en Puerto Padre existen igual narradores orales. Estamos todos dispersos. Duele porque es la entrega de una vida y porque sabemos que se está perdiendo algo valioso. Nosotros tenemos muchos mensajes para dar directamente a las personas y son importantes. Lo sabemos".
Me comenta del curso que prepara para las educadoras de los círculos infantiles, el taller de muñequería que va a dar en el verano, por medio de la filial de la fundación Nicolás Guillén y las muchas cosas que vienen. Porque sentarse a esperar milagros, no es su manera de andar por la vida.
"El narrador oral es artista, porque crea y recrea otra vez el cuento. La proximidad es importante para nosotros. A veces no hace falta tanta tarima, ni tanto audio. Un parque tranquilo, ganas y una buena historia. Eso no es tan complicado. Y salva".

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