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La Habana.- Desde el 11 de marzo del 2020 Emilia no duerme bien, ni descansa, ni se relaja, ni piensa en algo que no sean médicos, enfermedades, batas blancas, nasobucos, y ese virus con corona que se ha planteado conquistar el mundo, y casi que lo ha logrado.

Ella, con más de ocho décadas de existencia y determinadas dolencias, piensa que el SARS-Cov-2 llegará a su puerta, y la enfermará, y, lo que más le preocupa, que ella será la causante de desencadenar el virus en las personas que más quiere, aun cuando Emilia no sale de su casa, y le tiene el acceso prohibido a toda persona, a menos que sea de la familia, se lave las manos (tres veces), y se cambie de ropa.

Por desgracia, no todas las personas, como Emilia, tienen una percepción de riesgo en una Cuba ya con 457 casos confirmados -422 cubanos, de ellos 137 en La Habana, 52 en Villa Clara, 48 en Ciego de Ávila, 41 en Matanzas, por citar a las provincias con mayor presencia-, 12 fallecidos y seis contagios sin una fuente de infección precisa.


Al parecer, estas se confían de sus cuerpos jóvenes -en muchos casos, no tanto-, confunden síntomas con una simple gripe, evitan ir al médico, y huyen de los sitios de aislamiento, como si con eso espantaran la sospecha y, peor aún, al virus.


La enfermedad, que ha adquirido la categoría de pandemia y ha tenido un crecimiento exponencial en solo cinco semanas, alcanzando a más de un millón de personas en 180 países, ha probado ser lo suficientemente silenciosa, como para la expansión, y se disfraza de débil ante una población que espera vencerla a base de vitamina C y agua.

En un primer momento se pensaba que era una enfermedad de personas de la tercera edad, de ahí que la reciente muerte de un joven de 38 años pusiera los pelos de punta y disparara las alarmas.


Ahora, a 28 días de la confirmación de los primeros tres casos, las estadísticas de la Isla -según reportes del ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, muestran el discreto predominio masculino en los casos de contagio, con un 52,7 por ciento, y una tasa de incidencia de 4.07 por 100 mil habitantes.


Resalta que, totalmente contrario a lo que se pensó en un primer momento, el grupo más afectado por la presencia de la Covid-19 es el del rango 55-59 años, con el 11,4 por ciento de los casos, seguido por el de 45-49, con un 10 por ciento; y que el 60 por ciento de los contagios se concentra entre la población de 25-59 años, precisamente el segmento laboralmente activo.


De lo anterior se entiende que, como asegurara el ministro, esta no es una enfermedad solo de los adultos mayores, sino que toda la población está expuesta a padecerla, lo cual se confirma con la presencia tanto en niños, como en jóvenes y adultos mayores.


Sin embargo, y en esto coinciden las estadísticas, una vez que la persona ha adquirido el virus, el 62,1 por ciento de los que alcanzan sintomatologías graves de la enfermedad en Cuba, son personas de la tercera edad, mientras que el 30,3 por ciento, son los que se encuentran entre 40 y 60 años, por lo que se aprecia un mayor riesgo en sectores precisos de la población.


Si además se tienen en cuenta las cifras difundidas hace poco por el doctor Francisco Durán García, director nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, que aseguraba que por cada 100 cubanos, 10 tienen diabetes y casi 31, hipertensión, no queda más que preocuparse, y actuar.


Siguiendo con las estadísticas socializadas por Portal Miranda, la pandemia ha mantenido un patrón de casos graves en la Isla, que es del 8.1 por ciento, mientras que al estado crítico han llegado el 5 por ciento de los pacientes, todo ello desencadenando el fallecimiento de 12 personas, lo que significa que en Cuba la Covid-19 tiene un 2.6 por ciento como tasa de letalidad.


Esta semana fue buena noticia que China, país donde se inició la pandemia, en poco más de tres meses de enfrentamiento fue capaz de poner fin al
aislamiento social, lo que demuestra que, si se aplican las medidas con rigor y responsabilidad, se puede frenar la Covid-19.


Resta, entonces, que las personas entiendan la necesidad de mantener la disciplina, que eviten las situaciones de riesgo, que comprendan que la
enfermedad no tiene rostro, ni entiende de edades, y que sean, aunque sea solo un poco, más como Emilia.

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