medico intensivista

Las Tunas.- Pasan las 10:00 de la noche y el hospital Ernesto Guevara parece dormido. El silencio profundo que se apodera de sus pasillos simula calma. Puertas adentro, en el servicio de Cuidados Intensivos, la vida y la muerte en constante duelo rompen el sosiego. Es un sitio frío, “dibujado” de verde con el sonido cómplice de los monitores que envían señales.

doctor jaimeAllí está el doctor Jaime Ernesto Julián Rey entregándose por entero, “transfundiendo” afectos, alargando los minutos... Ahora, frente al paciente, concentra sus energías en salvarlo y el propósito se le vuelve una imperiosa necesidad. El estrés asoma como suerte de reacción que le hace encarar sin demoras cualquier repentino cambio.

“Hoy es una guardia complicada y un solo enfermo demanda un gran esfuerzo”, me dice. Y en su voz reconozco al galeno consagrado, que siente el dolor de otros como suyo propio, y no flaquea mientras haya un hálito de esperanza. En aquella sala se redescubre tan o más apasionado que hace 10 años atrás cuando selló el indisoluble compromiso.

“En el 2010 me hice médico y tres años después me gradué de especialista en Medicina Intensiva y Emergencia. Mi rama abarca casi todas las especialidades en la Atención Secundaria y es además, muy compleja. Se vive la emoción de salvar la vida a un paciente que está a punto de fallecer”.

El amor por esta ciencia le viene en los genes. En su tío, prestigioso ortopédico en el hospital Celia Sánchez Manduley, de Manzanillo (Granma), encontró el primer referente. Al culminar el duodécimo grado, el joven solo visualizaba su futuro vistiendo una bata blanca. “Recuerdo que en la boleta de solicitud podía incluir hasta 10 carreras, pero la Medicina siempre fue mi primera y única opción”.

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Cuando aparecieron los primeros diagnosticados de Covid-19 en el país y luego el Sistema de Salud en la provincia elaboró su plan de contingencia, el doctor Jaime supuso que en algún momento debía ocupar la primera línea en este desafío. Por esa razón la llamada de aquel 12 abril no representó una sorpresa.

“Estábamos preparados porque nuestro día a día es vivir así, confinados en un medio, y atendiendo a pacientes críticos. No obstante, fue una experiencia difícil estar aislado, prácticamente sin ver la luz del sol, durante 15 largas jornadas en un régimen de trabajo agotador.

“No solo teníamos el riesgo biológico de adquirir la enfermedad y después contagiar a nuestros familiares, sino también la presión que implica asistir a una persona al borde de la muerte. El único positivo que se aisló aquí fue el caso del fallecido que llegó en un estado muy grave”.

En ese instante sale de un tirón una ineludible interrogante: ¿sintió miedo? “En realidad no tenemos oportunidad de sentirlo, lo único que pensamos es en salvar al paciente. Quizás durante el descanso, nos detenemos a meditar en los riesgos o a cuestionarnos lo que no hicimos con respecto a nuestra seguridad, pues en medio de la faena a veces se pierde un poco la percepción del riesgo”. Y habla en plural porque allí las batallas se libran en equipo.

LA PROFESIÓN QUE NO SE ESTUDIA

jaime bebeEl doctor Jaime Ernesto siempre supo que aquella, la profesión de la que se enamoró, no era sencilla. Fueron años con la cabeza “metida” entre los libros para materializar los sueños, y aún no sacia esa sed de conocimientos. Pero lo que tal vez nunca imaginó, cuán difícil sería asumir la paternidad, una labor para la cual no hay academias. Ahora lo sabe.

Hace 14 meses Gabriela le llena de luz los días. Me cuenta que la niña no llegó de imprevisto, su esposa y él delinearon el camino para darle la bienvenida. Desde el principio estuvo ahí, escuchando los latidos del corazoncito y disfrutando los movimientos del pequeño cuerpo en formación. Luego, al sostenerla en los brazos y ver su rostro experimentó emociones sublimes.

“Durante el proceso de parto no interferí en el quehacer de mis colegas, solo participé como un simple espectador. En nuestro país existe un programa que ofrece esa posibilidad, yo fui uno de los afortunados”.

No disimula el orgullo por la familia que ha formado junto a su compañera, con quien además, comparte el amor por la Medicina. Me confiesa que adoraría que Gabriela siguiera los pasos de sus progenitores. “Quizás no como intensivista, porque exige mucho tiempo”, sonríe.

Le pregunto cómo son los momentos al lado de su hija y la respuesta le sale de muy dentro, exactamente del lado izquierdo del pecho. “Cuando estoy con ella no necesito nada más en el mundo. Ser padre es lo más grande que le puede pasar a un ser humano”.

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Pasan las 10:00 de noche y Jaime todavía no ha probado bocado y tampoco se ha duchado. Es una de las tantas guardias complicadas y no puede perder ni el mínimo detalle. Detrás del cristal para él ya no existe un espacio exterior y el objetivo se preserva inamovible. Se le ve batirse en cuerpo y alma por esa vida que pusieron en sus manos y ya siente también suya.

Y otra vez le sorprenderá el alba monitoreando variables y “arreglando” pronósticos. Regresará a casa con el cansancio a cuestas, y de alguna manera una parte de sí quedará atrapada en aquellas paredes. Afuera, encontrará una vitamina llamada Gabriela y olvidará el agotamiento. Se perderá en sus sonrisas, como lo viene haciendo, invariablemente, desde hace poco más de un año cuando también ganó su “título” de padre. 

 

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