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Lo sucedido este miércoles en el puerto del Mariel, más allá de los titulares que acaparó con justeza, se traduce en la palabra humanidad

La Habana.- Ayer nuestra Isla fue protagonista de uno de los acontecimientos más notables de este joven siglo XXI. Y los premios no fueron, para sorpresa de muchos, la vanagloria insípida de terminar con éxito una acción de alto riesgo.

Cuba no hizo más que reafirmar la convicción de continuar ayudando, en Nicaragua, Venezuela, y en cada rincón de este mundo donde haga falta una bata blanca y un poco de sensibilidad; o donde la palabra Covid-19 le rompa, como huesos, un par de valores a la sociedad.

Porque la fuerza motriz del pueblo y Gobierno cubanos es la solidaridad, escrita en mayúsculas, como mayúsculo es el legado del hombre que nos heredó ese y otros tantos tesoros intangibles.

Lo sucedido este miércoles en el puerto del Mariel, más allá de los titulares que acaparó con justeza, se traduce en la palabra humanidad; esta vez, calada en el alma de los que vivieron la experiencia con tintas de disciplina y de profesionalidad extremas, los que vivieron un golpe de bien tan calculado, que borró de un tirón el miedo y el escepticismo; ese miedo animal que, confieso, también yo sentí.

El crucero MS Braemar, que rebotó entre puertos de esta parte del mundo hasta asirse de las buenas intenciones cubanas, vibró tanto de emoción como los locales mismos, ante un acto que no por desprendido y afable, dejó de pensarse y ejecutarse con la precisión quirúrgica a la que nos tiene acostumbrados el país en este tipo de lides.

Tendrían que olvidarse los desagradecidos del combate nuestro al ébola en África, a las cataratas en los ojos de América Latina, al cólera en Haití, y a las heridas de tantos terremotos y ciclones por todo el mundo. ¿Por qué este nuevo tipo de coronavirus haría la excepción?

Y es que Cuba no solo salvó vidas durante un día, que duró dos madrugadas, sino que dio a este mundo una lección de nobleza y solidaridad, y dejó una puerta abierta para invitar a ser más generosos.

En un ambiente entrópico y de jungla, donde muchos hombres y naciones no comprenden que dejar morir a mil personas no está bien, y que ayudarlas debiera ser, cuanto menos, un reflejo humano, Cuba se contrapone (y, por ende, molesta) al divorciarse de las conductas mezquinas que ha destapado esta temible enfermedad.

La osadía de evacuar el crucero británico con amor y respeto por la vida, no es siquiera el principio de lo que este país puede ofrecerle a la época.

"Yo te quiero, Cuba", decían los salvados en su cartel; "yo quiero un mundo con muchas Cubas", pensaba yo.

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