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Donald Trump, a solo cuatro meses de las elecciones que aspira a ganar, transita por un camino colmado de espinas cultivadas por él mismo, y ante cada tropiezo y resbalón, nuevos puntos en su contra se anota cada día; todo esto al interior de su país, sin mirar a su inconsistente política exterior, cuyas expresiones erráticas llenarían unas cuantas páginas

Sacó la cuenta Donald Trump y se percató, o lo advirtieron, de que está a cuatro meses de que pueda hacer realidad o no, su gran añoranza de reenganchar en la presidencia de Estados Unidos.

Se sentía muy seguro antes de que llegara una pandemia a la que el magnate desafió, pero resultó vencido, más que todo, por su ineptitud, arrogancia y superficialidad para guiar los destinos de un país.

Hoy se puede observar a un Trump con trastornos de personalidad y una credibilidad incierta. La desafiante manera de conducirse no le aporta votos. Incluso, muchos de sus seguidores, a los que no ha despedido, lo abandonan o lo critican, mientras que otros, como ocurrió en Tulsa, Oklahoma, le dejaron una buena cantidad de asientos vacíos durante un acto de campaña, al que tanto él como sus asesores, habían apostado y pronosticado una asistencia total, que luego fue de solo unos pocos miles.

«Donald Trump, conmocionado ante un mitin lleno de asientos vacíos en Tulsa», se tituló un artículo del diario The New York Times.

El magnate y el vicepresidente Mike Pence habían cancelado, en el último minuto, los planes de dirigirse a un mitin al aire libre que estaba casi completamente vacío, a pesar de las afirmaciones de que casi un millón de personas se habían registrado solicitando entradas para asistir al evento en Tulsa, Oklahoma, y a pesar también del falso alarde del Presidente de que nunca hubo un asiento desocupó en uno de sus actos, advirtió el citado diario.

Luego ejemplificó que, al regreso del mandatario a la Casa Blanca, se le vio «con la corbata desatada, colgando de su cuello» y una expresión de derrota al saludar a los reporteros, mientras sostenía una arrugada gorra roja de campaña en la mano.

Debido a sus continuos tropiezos, sus asesores políticos hasta le han advertido que el camino incendiario, escogido en sus constantes tuits, lo llevarán a una derrota en noviembre.

Durante las jornadas de masivas protestas antirracistas, luego de la muerte del ciudadano negro George Floyd, por parte de un policía blanco, en Minneápolis, el mandatario no solo lanzó las fuerzas militares contra la población airada, sino que incentivó la ira con su discurso supremacista.

Pero quizá sus resbalones fundamentales han estado vinculados al manejo de la pandemia de la covid-19, que primero ignoró, luego se dedicó a echar la culpa a China, siguió mintiendo con aquellos tuits que tenían «todo bajo control», o «ya se está eliminando el virus». Fue capaz de recomendar no usar nasobuco, ni adoptar otras medidas higiénicas y de distanciamiento, y por último, estimuló y decidió la apertura económica, por encima de la vida de sus compatriotas.

A la par, el desempleo ha subido en espiral y ya suman unos 40 millones los que han solicitado subsidios por ese rubro, mientras la economía ha sufrido una contracción similar a la de 2008.

En conclusión, Donald Trump, a solo cuatro meses de las elecciones que aspira a ganar, transita por un camino colmado de espinas cultivadas por él mismo, y ante cada tropiezo y resbalón, nuevos puntos en su contra se anota cada día; todo esto al interior de su país, sin mirar a su inconsistente política exterior, cuyas expresiones erráticas llenarían unas cuantas páginas.

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