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Chapelli Jr

Las Tunas.- Al cierre de esta edición siete peloteros habían abandonado al equipo que juega la Copa del Mundo para menores de 23 años, en el peor éxodo sufrido jamás por una delegación beisbolera cubana.

El lanzador espirituano Luis Dany Morales, un fenómeno desde categorías menores que dejó impresionantes cifras de ponches entre juveniles y llegó a lanzar en la 60 Serie Nacional, abandonó el equipo nada más pisar tierra mexicana, un modus operandi que recordó al del cienfueguero César Prieto el verano anterior en Florida. Y detrás de él engrosaron la lista los también yayaberos Diasmany Palacios y Loidel Rodríguez, los pinareños Dariel Fernández y Reinaldo Lazaga, el santiaguero Ubert Luis Mejías y el pinero Yeinel Alberto Zayas.

Apuntando apenas a este grupo de peloteros, el espectro se hace cada vez más amplio: desde Luis Dany, sus 19 años, las 96 millas por hora de su recta y probablemente un jugoso contrato a la vuelta de la esquina, hasta los 24 calendarios y quizás menos opciones de Lazaga, Palacios y Dariel. Más allá de saberse con mayores o menores posibilidades de cumplir el sueño, todos dejan su país en busca de un trozo del enorme pastel que son las Grandes Ligas estadounidenses.

Y ello, a pesar de que la realidad es mucho menos idílica, podría decirse que radicalmente distinta a como la pintan quienes propician las fugas, interesados en el beneficio económico que el talento de esos muchachos les pueda acarrear.

Un Proyecto de Ley presentado ante el Senado de República Dominicana en 2019 para regular la firma de jóvenes peloteros en ese país planteaba que de cada mil peloteros en busca de firmas, solo cinco son reclutados y apenas uno llega a las Grandes Ligas. Expertos en el tema advierten que cuando un jugador ficha con menos de 18 años, el equipo lo puede utilizar durante cinco temporadas de ligas menores antes de colocarlo en el róster de 40 jugadores del equipo grande o exponerse a perderlo en un sorteo.

El camino hacia el debut en el Big Show suele convertirse en una lucha a vida o muerte dentro del sistema de granjas de los 30 equipos, pura selección natural que termina casi siempre en decepción, excepto para un ínfimo número de elegidos. Aun así, se calcula que desde 1960 más de un millar de peloteros cubanos ha dejado el país por cualquier vía, con un aumento casi exponencial de los casos en las últimas dos décadas.

Sin embargo, no son esos números escalofriantes lo que más afecta al béisbol cubano, sino el descenso imparable en el promedio de edad de estos jugadores. Hace varios años salían del país mayormente peloteros ya establecidos en la Selección Nacional, como lo hicieron en los años 90 del pasado siglo atletas de la talla de René Arocha (1991), Osvaldo Fernández (1995) o Rolando Arrojo (1996), y más tarde José Ariel Contreras (2002) o Kendrys Morales (2004).

Ahora, en cambio, predominan los muchachos en edades juveniles o incluso escolares. El ejemplo más elocuente es el del equipo cubano campeón de la Copa del Mundo Sub-15 en Japón, hace cinco años. De ese elenco, el último de la Mayor de las Antillas en conseguir un título del orbe, muy pocos permanecen integrados al sistema del béisbol criollo, con excepciones como el camagüeyano Loidel Chapellí y el matancero Andrys Pérez, quienes forman parte del conjunto sub-23 que dirige el espirituano Eriel Sánchez. El resto de todo aquel talento se ha perdido para nuestras selecciones nacionales: Malcom Núñez, Daniel Castillo (jugadores de cuadro) y Liván Chaviano (lanzador), integrantes del Equipo Ideal de la competencia, pero también otros como el jardinero Víctor Mesa Jr., los serpentineros Franny Cobos y Osiel Rodríguez, el receptor tunero Marcos Betancourt y ahora también el pícher santiaguero Ubert Luis Mejías.

CONTEXTO

Con total seguridad, todo sería muy distinto de mantenerse en vigor el acuerdo entre la Federación Cubana de Béisbol (FCB) y Major League Baseball (MLB), firmado en diciembre de 2018 con el histórico estrechón de manos entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos como telón de fondo.

El malogrado pacto establecía que los jugadores cubanos podrían desempeñarse en las ligas profesionales estadounidenses sin perder su residencia en Cuba, ni su vínculo con el béisbol local. Bajo el acuerdo, la FCB se comprometía a liberar a todos los jugadores contratados con al menos 25 años de edad y seis o más años de experiencia en la Serie Nacional.

De aquel acercamiento de posturas surgió el 2 de abril de 2019 una lista de 34 peloteros, los primeros que la parte cubana ponía a disposición de las franquicias de Grandes Ligas. Sin embargo, apenas una semana más tarde el nuevo gobierno de Donald Trump, en una jugada con evidente trasfondo político, anuló el convenio argumentando que “el organismo rector del deporte es parte del gobierno cubano y que el acuerdo viola la ley comercial de los Estados Unidos”.

Dos días antes, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro había enviado una carta a MLB en la que advertía que "los pagos a la Federación Cubana de Béisbol no están autorizados (…), porque un pago a la Federación Cubana de Béisbol es un pago al gobierno cubano".

En aquel momento, la Oficina del Comisionado de Grandes Ligas redactó una carta de 10 páginas en favor del acuerdo. "El objetivo -decía- es poner fin al peligroso tráfico de jugadores de béisbol cubanos que desean jugar béisbol profesional en Estados Unidos". MLB solicitó, además, una reunión con funcionarios del gobierno de Trump, aunque esa petición jamás fue respondida.

El resultado fue una aceleración en el ritmo de salidas del país por cualquier vía. De los 34 jugadores anunciados por Cuba, más del 50 por ciento no está más en la Isla, todas pérdidas irreparables para sus provincias y, en muchos casos, para la Selección Nacional. Baste citar los nombres de César Prieto, Norel González, Yoelkis Céspedes, Sergio Bartelemí, Andy Rodríguez, Norge Carlos Vera, Oscar Luis Colás, Pablo Luis Guillén y el tunero Maykel Yordan Molina, entre otros.

La anulación del acuerdo reflotó, además, una disposición del 2015 llamada “Declaración de residencia permanente fuera de Cuba”, la cual debe ser firmada por todo pelotero cubano que aspire a conseguir un contrato con MLB.

En uno de sus fragmentos, el documento deja muy claro el tinte esencialmente ideológico que posee: “Por este medio declaro que he asumido residencia permanente fuera de Cuba. Además, por este medio declaro que no pretendo volver a Cuba, ni me permitirán volver. Por este medio declaro que no soy funcionario prohibido del Gobierno de Cuba… y no soy miembro prohibido del Partido Comunista de Cuba”.

¿SOLUCIÓN?

Con Donald Trump fuera del poder nada ha cambiado. La administración de Joe Biden ha mantenido inalterable la política anterior hacia el béisbol cubano y las consecuencias no se han hecho esperar, con la llamativa cifra de 10 abandonos en las dos últimas selecciones nacionales: la del Preolímpico de Florida y la de este Mundial Sub-23.

Llegados a estas alturas, cuesta encontrar soluciones viables que no pasen por una flexibilización de las posturas extremas adoptadas desde uno y otro bandos. En los últimos días, sectores diversos han criticado al mentor Eriel Sánchez por sus declaraciones antes de partir hacia México, en las cuales destacaba al “patriotismo” como uno de los aspectos que determinan la presencia o no de peloteros en el Equipo Cuba.

Sobre todo porque, al parecer, bajo ese argumento quedaron fuera de la lista jugadores de mucho más potencial que los que hicieron el grado, y porque después ha llegado la avalancha de deserciones.

El exreceptor ha sido acusado de politizar el deporte cubano y seguramente no les falte razón a quienes reclaman una actualización de ese discurso. El problema es que muchos de estos acusadores son los mismos que aplauden la decisión de Trump al romper el acuerdo Cuba-MLB, los mismos que callan ante la retrógrada “Declaración de residencia permanente fuera de Cuba”.

Dicho esto, algo debería quedar claro: si bien el deporte está muy lejos de ser apolítico, mucho menos en Cuba y en medio de su complicada relación con Estados Unidos, lo cierto es que de ninguna manera las decisiones que afectan al béisbol y al resto de las disciplinas que se practican en el país deberían estar determinadas por razones políticas.

En este sentido, los organismos deportivos internacionales son muy claros, con el COI y la FIFA a la cabeza (aunque en determinados casos desoigan sus propios designios). De manera que Cuba debería apostar, efectivamente, por un sistema deportivo más independiente, actualizado, transparente en materia económica, moderno, capaz de autofinanciarse en la medida en que consiga integrarse a las dinámicas del deporte profesional.

No se trata de ceder ante ninguna presión ni de irrespetar principios, sino de evolucionar a la par del resto del mundo, porque difícilmente el mundo reajustará sus preceptos para satisfacer ciertas ideas arcaicas que persisten entre funcionarios y directivos del deporte cubano.

Y, claro, se trata de apuntar todavía más arriba, hacia donde se toman las decisiones, y descentralizar al deporte nacional y al organismo que lo rige, desatar sus manos a la hora de gestionar contratos de todo tipo y de una vez hacer desaparecer el pretexto esgrimido por los Donald Trump de turno.

Se trata de comenzar a ser más proactivos y poner el balón en tejado ajeno; de salvar el futuro del béisbol cubano, ese que seguimos esperando sea declarado Patrimonio Cultural de la nación.