Sábado, 18 Febrero 2017 06:54

El muchacho de la escoba

Escrito por Yanet Lago Lemus

Cuentan que poco antes de iniciar la zafra, aquel joven inexperto de tez blanca y cuerpo delgaducho no encontró trabajo dentro de la plantilla ya completa del central Elia (hoy Colombia). Había salido de su natal Palma Soriano meses antes, en busca de trabajo y mejora económica.

Tras un paro productivo, otra vez se corría por los pueblos del oriente la voz de que el "Elia" volvería a la molienda... y allá fue a parar Luis. Su experiencia era nula, pero su ánimo no tenía límites.
No se sabe si fue el ruidoso auge que tomaba el pueblo en tiempos de zafra -ya probada y eficiente desde inicios de 1916- o la increíble maquinaria que "respiraba" en medio del caserío lo que hechizó al chiquillo, que allí se quedó. Contó un par de monedas, compró una escoba y cada día de molienda se colaba en las interioridades del gigante azucarero para lustrar el área del basculador... allí quitaba los trozos de caña desechos, limpiaba el bagazo, limpiaba muy bien el suelo.
Cuatro meses trabajó sin descanso -ni salario- hasta que se desocupó una plaza como ayudante operario y fue de gran satisfacción para los supervisores del área entregársela a él.
Y cuentan también, que Luis, el joven santiaguero de apellido Lago -mi abuelo- ´aprehendió´ en su sangre el funcionamiento del central como se graban en la memoria los recuerdos importantes y solucionó roturas, creó, aportó, vivió el proceso fabril. Cual si fuese ingeniero de cuna, con su pequeño equipaje de herramientas herrumbrosas, era llamado a solucionar salideros imprevistos, tuberías hinchadas... y allí se paraba un rato a mirar el problema de turno, con los ojos chinos y el puño en la barbilla, cavilando una respuesta ingeniosa y sin más, cuando llegaba la idea, ponía manos a la obra con procedimientos sagaces. Dicen quienes le conocieron que nadie se atrevía a contradecirle aunque no entendieran ´ni papa´ de qué se trataba, hasta que veían el resultado final: la rotura solucionada.
Se jubiló entre aquellos ruidos y llegó a ser pailero de oficio, una especie de ingeniero y arquitecto con mezcla de innovador sin el cual el ingenio no sobrevive a una molienda.
Muchos en el pueblo fueron como él, obreros sobre la marcha que ganaron esa experiencia que no se obtiene en las aulas. Años más tarde, la educación triunfó y los jóvenes marcharon a las universidades, estudiaron y aportaron la teoría al engranaje vital del coloso colombiano, se hicieron cincuentenarios en el arte de hacer funcionar armónicamente cada pieza del gigante industrial, a todos les unía el mismo interés: el éxito de la molienda.
Cien, y un año más que avanza, contabiliza el armatroste en medio de mi poblado. A su alrededor crecieron escuelas, centros sociales, casas, parques... ahora ya es una ciudad por su densidad poblacional. Este 2017, el regreso del olor a melaza y el hollín negro en los portales es mezcla de identidad que se rescata nuevamente con el reinicio de la molienda tras siete años en paro productivo. A su fuerza de trabajo se unieron decenas de obreros longevos, pero también jóvenes inexpertos ávidos de aprendizaje como aquel delgaducho de hace más de 50 años.
Mi abuelo entregó su salud y su vitalidad a las manías estrictas de un horario de ingenio. A su memoria y a la de cientos de hombres del pueblo que dejaron su huella en la historia del central Colombia, se dedica el esfuerzo por el regreso del antiguo coloso.

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