educadora lastunas

Las Tunas.- "A ver, quiero todas las miradas en la pizarra. Estoy sintiendo un murmullo y no lo voy a permitir. ¡Pedro!, en el aula no se habla. ¡Shhhhhhh!".
El pueblecito de Río Blanco, allá en las cercanías de Vázquez fue el escenario donde se estrenó en el oficio de enseñar. Por ese entonces no rebasaba los 5 años y sus estudiantes eran imaginarios, pero desde los juegos de roles siempre tuvo claro su destino, sería maestra y… eso fue.

Eliselda Segura González llegó a la comunidad de Macedonia con una agenda, poco más de 15 años, sus tizas y un borrador que nunca había salido del nailon. El asentamiento rural de escasos habitantes, perteneciente al municipio de Manatí, fue el único sitio disponible en su ubicación laboral. "Allí hacía falta un docente, que pudiera con aulas mixtas y aceptara que una habitación de la escuela fuera también el hogar".

No lo pensó demasiado. La mirada limpia e intocada de los niños la hizo sentir en casa. Atrás quedarían los días citadinos en Las Tunas. El campo le recordó su infancia bajo el cuidado de una tía. Le evocó, incluso, las historias que había escuchado de su estirpe. "Nosotros venimos de una familia de mambises, en la sangre nos late el guajiro rebelde, el auténtico cubano".

El magisterio se entrecruzaría con un sentimiento acaso más fuerte y, ¿duradero? "Conocí a mi esposo en Macedonia, delante de una pizarra. Yo solo tenía 17 años, ya lo había visto impartir clases y el amor me derribó como una certeza. En el mismo cuartico del plantel llevé a mi primer hijo en el vientre".

La comunidad de difícil acceso se tornó un problema para la joven pareja. El pequeño debutó con frecuentes crisis de asma y el "carrito" (por vía férrea) no era una garantía en los horarios nocturnos. La mudanza fue inminente y la suerte trajo a Eliselda a un destino inevitable en su vida: el seminternado Jesús Argüelles, en esta ciudad capital. Cinco décadas después todavía desanda los mismos pasillos, ahora con el hueco de cierta ausencia en alguna parte imprecisa del pecho, pero igual los desanda.

educadora lastuna2s"Durante mucho tiempo mi salario consistía en 86.00 pesos, el de mi esposo igual. Vivíamos con lo necesario y aún así era un reto la crianza de nuestros tres hijos y mantener un porte y aspecto adecuado para pararse frente a alumnos. El dinero nunca fue un incentivo, todo lo contrario, nos hicimos maestros por pasión.

"Descubrí que una no puede educar con límites de horarios o ajena a las individualidades de los niños. Hay que sentir sus problemas y escuchar, y preguntar y descubrir, incluso, antes que los padres, cuando un alumno no se comporta como siempre. Los años me han dejado numerosas anécdotas…".

Eliselda recuerda a algunos infantes que la han marcado, uno en especial, que se sentía abandonado. En clases lo notaba raro y después de mucho insistir averiguó que su padre había sido encarcelado y el niño estaba viviendo con unos parientes.

"Esa historia me cambió de disímiles maneras. Empecé a ver el magisterio de forma más abarcadora, no podemos educar sin ser parte de algo, sin apoyar.

"Después de 69 años en la docencia pareciera que una lo ha visto todo, pero no es cierto. Hay mucha fuerza y bríos en las nuevas generaciones. Quienes me conocen pueden llamarme estricta y es que mis estudiantes andan formados por la escuela, dicen gracias en el comedor y hablan en voz baja. Yo les enseño los valores y se los evalúo como la Historia o la Lengua Española.

"Todo cuanto soy se lo debo a Martí y no lo digo como consigna o discurso prefabricado. Me hice educadora por su ejemplo y con el tiempo he tratado de pulir esa sensibilidad. Si un docente no la posee, podrá enseñar, educar no".

En el 2006 Eliselda intentó jubilarse. "La tiza puede ser tan pesada como el plomo", pero ser ama de casa no es lo suyo. Extrañaba las lecciones, el sonido del timbre a la hora del receso, la mirada de sus discípulos cuando aprenden algo nuevo, las ganas con que se sale de la cama cuando hay que trabajar… En el propio año se reincorporó al mismo centro.

Quienes la conocen se apuran en hablar de sus logros. Sus alumnos llegan con asiduidad a los concursos de conocimientos a nivel provincial y nacional. En casa ha formado a tres profesionales, sus hijos. Ella habla con orgullo del mayor, licenciado en Cultura Física, y de sus hijas, una económica y la otra enfermera. "Ellos han sido asidero y motivación, mi profesión nos robó tiempo; sin embargo, cuando los miro sé que lo hice bien".

Hace tres años el mundo se salió de su órbita. "El sol sale nuevamente y las pequeñas cosas siguen su curso, aunque nada es igual". Eliselda perdió a su compañero de toda la vida, al hombre del que se enamoró cuando lo vio impartiendo clases. "Este seminternado contiene todos los recuerdos".

Es un emporio de enseñanzas. No alza la voz y sus pupilos están más atentos cuando ella baja el volumen, saben que algo no han hecho bien. Tiene bajo la manga trucos para el aprendizaje y técnicas de motivación, sabe cuentos, anécdotas, canciones y poesías. Habla de reencarnaciones en las que también sería educadora.

Me cuenta que sus días de maestra se están acercando al final. Quiere dedicar un tiempo a escribir sus memorias, a pensar en el magisterio desde una hoja de papel. Confiesa que los problemas renales ya no la dejan desenvolverse como antes. Aunque seguro encontrará otra excusa para no irse demasiado lejos de las aulas.

Delante de la pizarra la descubre nuestro lente. Su profesión fluye natural. Es media mañana y repasa las características de la comunidad primitiva en su salón de quinto grado. Apenas nos advierte. La invitamos a conversar y parece sorprendida. "No he hecho nada extraordinario. Yo solo soy maestra". 

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