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Las Tunas.- Hace alrededor de dos mil años el arte del bonsái se originó en China y, poco a poco, este “símbolo” considerado allí puente entre lo divino y lo humano fue ganando adeptos en todo el mundo.

Entre los tuneros que defienden el difícil “oficio” de sembrar y cuidar árboles en macetas se encuentran Yanelis Machado Frómeta y Wilner Rondón Peña, para quienes adquiere un significado diferente. Con sensibilidad y paciencia ellos descubren en esos seres vivos matices que otros pasamos inadvertidos.


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“Mantenerlos requiere de mucho trabajo porque no se hace según los años que tengan o que se trabajen, sino según los que aparentan tener. Lo que más me gusta son sus estructuras. Tenemos que aplicarles varias técnicas para llevarlos a lo que uno quiere. Aunque he trabajado más con las orquídeas, les tengo un respeto especial”, narra la muchacha, a quien desde pequeña su mamá le enseñó a amar las plantas y por ello, hoy disfruta de un hermoso jardín.

“De mi deseo de llevar árboles a casa empezó todo. En mi adolescencia ponía en laticas pequeños plantoncitos, les echaba agua y, aunque no tenía mucho conocimiento, tenía lo principal: el amor”, continúa el muchacho, ya con 15 años de trabajar los bonsáis y con un centenar realizados.

“Estudié Técnico Medio en Gastronomía, pero esta es mi pasión. Incluso, tengo amigas que comparten ese afecto y nos regalamos mutuamente esos tesoros de la naturaleza”, apunta ella.

“A medida que empecé a leer sobre el tema dije: Me gustaría tratar ´de hacer un árbol´, llevarlo para mi casa y trabajarlo, pero sin hacerle daño. Yo les hablo y, de cierta forma, también me hablan. Pero es un trabajo de mucho sacrificio, todos los días hay que regarlos, quitarles las hojas que no van, a veces alambrarlos… Los alambras y ceden, pues es una forma de darles forma según el diseño, porque hay técnicas según tamaño, poda, raíces, tronco…”, ilustra el joven.

bonsais23“Y se trabaja por ramas, desde la parte más ancha pegada a la raíz. Debemos estar antes claros de la idea para que funcione y tener en cuenta las directrices, la triangularidad y su armonía. Se hace, no se espera que se haga”, agrega él.

Hablar con estos jóvenes es descubrirse más humanos, más cercanos a la tierra que nos da vida. Con ellos se aprende sobre estilos como el hokidachi (escoba), el fukinagashi (barrido por el viento), el bunjingi (o literati) y otros, que vislumbran las siluetas y formas de tan especiales amigos de la flora.

Aunque Yanelis no se divorcia de su atracción por las orquídeas y me dice, fantaseando un poco, que le gustaría ser una cattleya, no pierde de vista este nuevo camino de superación, que hace poco descubrió y ya la tiene atrapada.

Wilner, en cambio, proviene del arte escénico (Guiñol Los Zahoríes y Total Teatro) y en este “verde terreno” es autodidacta. “Mi escuela han sido los libros”.

“El bonsái no es solamente un árbol chiquito. Si no es maderable no clasifica como tal. Pueden medir desde escasos milímetros hasta un metro y, aún los más pequeños deben mostrar las cuatro ramas (si no tienen, hay que injertárselas) y estar en armonía con la vasija, aunque se transporten en solo un dedo”, dice él.

Uno de los proyectos de estos jóvenes versa sobre la defensa de la guana, “que es tunera por naturaleza y según Víctor Marrero, el historiador de la ciudad, está en nuestro escudo. Hay mucho desconocimiento sobre ella, incluso, existe quien la confunde con el guano y hacen sombreros con sus partes. Sus hojas son en formas de corazón y las flores, amarillas, mientras el tronco es verde-amarillo. Ya casi no existe. Con los bonsáis les enseñamos a los demás lo real y maravillosa que puede ser.

"Incluso, he regalado algunas de estas plantas a ciertas entidades y he sembrado otras en parques. Sueño con que volvamos a tener en nuestros campos colonias de ese árbol”, destaca Wilner.

“Las personas estamos aquí para ayudar a la naturaleza y ella nos utiliza para propagarse. A veces llevamos semillas sin darnos cuenta hacia lugares donde antes no existían”, expresa la joven.

Seguidores, sobre todo, de la escuela japonesa de esa materia, caminan por este universo con los anhelos y bríos propios de la juventud. Cada uno por su senda, pero unidos en el amor hacia esas “esculturas arbóreas” que, alguna que otra vez, han alegrado espacios de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en la provincia.

“Hay quienes piensan que hacer un bonsái es destruir el árbol o hacerlo pasar trabajo, no compartimos esa opinión; es una labor sensible en la que se respeta a esos seres vivos”, afirman.

Aunque ya no trabajan en el Jardín Botánico Provincial, recomiendan dirigirse hacia allí para conocer sobre el tema (hay una nave dedicada a ello), además de otros tópicos atrayentes como son las plantas exóticas raras y las especies amenazadas…

Termino la entrevista y, aún sin darme tiempo a reaccionar, sus manos vuelven a la tierra, ese espacio vital donde han encontrado la felicidad.

Comentarios   

# Maria Elena 12-04-2020 23:49
Esta muy interesante este articulo y se puede apreciar el amor a lts naturaleza y al arte de poderlos crear. Vivo en la Habana y m asociarse al Club del museo de artes, donde los miembros aman la naturaleza y en especial s los bonsái. Saludos.
Ma. Elena. Ing. Forestal.
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