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Foto: Rey López

Las Tunas.- Alfonso Ramón Naranjo Rosabal pensó en los suyos, que es lo mismo que decir “pensó en Sara, Sailé y los nietos”, en el minuto exacto en que recibió, en el hemiciclo Camilo Cienfuegos del Capitolio, el reconocimiento público por su mención en el Concurso Nacional de Investigaciones Históricas.

No fue la suya una travesía cualquiera. La historia de la investigación que le llevó al libro laureado, Quifangondo: a vitoria certa, comenzó hace unos 46 años, cuando la vida hizo soldado al periodista joven que fue, y con el fusil, mil preguntas en el tintero y la certeza de una causa justa, emprendió combate contra el apartheid. Tenía apenas 21 años y menos de seis meses de casado.

Ha llovido mucho desde entonces; pero él, que se define como “un periodista al que le gusta la historia desde muchacho”, se supo parte, apenas llegar al Continente Negro, de una página gloriosa de la Revolución Cubana y siempre atesoró el deseo de contarla desde la hombradía ilimitada de los hijos de este país.

“Quifangondo es un lugar que está a 23 kilómetros de Luanda. Y tuvo la peculiaridad de que allí ocurrió una batalla que culminó unas horas antes de la proclamación de la independencia. Si esa batalla se perdía, se podía perder la independencia de Angola en ese momento. Hay muy poca bibliografía de dicha etapa y de esa batalla específicamente. En las búsquedas en la web te encuentras un escrito, quizás, de dos cuartillas, y ya.

“En mi estancia allí, en Angola, prevaleció mi espíritu de periodista, hice muchos apuntes, entre ellos, de mi conversación con Carlos Fernández Gondín, que era el segundo responsable de la misión cubana en ese momento y fue el jefe de la batalla por parte de los cubanos y angolanos. Y también de mis diálogos con otros combatientes.

“Acumulé mucha información, incluyendo algunas entrevistas, como la que le hice en mis años de estudiante universitario en Santiago de Cuba (1983) al general de Brigada Víctor Shueg Colás.

“Comencé a escribir desde lo empírico, porque casi todo mi ejercicio profesional lo desarrollé en la Radio, que es un medio para el que no se redacta igual, tiene sus particularidades y, por tanto, no tenía gran dominio de la escritura en esos términos. El texto tiene un lenguaje más bien narrativo, porque, insisto, soy periodista, no académico.

“Fue curioso que después de terminar el libro me hicieron llegar un grupo de documentos desclasificados de aquellos tiempos, que me sirvieron más como referentes y, por supuesto, también aportaron a la investigación en general”.

Nos tomamos un café. Sé que tengo delante a un hombre que es cubano comprometido, comunicador valeroso y conversador empedernido. Un lujo que me permite hacer otras preguntas, con absoluto desenfado.

¿Por qué cuesta tanto escribir de Angola y la página gloriosa que protagonizamos los cubanos allí? ¿Qué es lo más duro de una guerra? ¿Le viste la cara a la muerte?

“Ese es un episodio grandioso dentro de la historia de Cuba, un ejemplo del liderazgo y la inteligencia de Fidel. Un hombre que conocía el terreno de operaciones militares como si él mismo estuviera ahí, y que lideró batallas importantes con un genio impresionante.

“Pero es cierto que muchas de las misiones que tuvieron que ver con esos sucesos todavía no se pueden contar, por razones de todo tipo. Sin embargo, ya hay gran cantidad de información que se ha ido desclasificando y está ahí, para ser revisada. Y también existen libros fabulosos publicados de todo ese tiempo.

“La muerte la vi por un compañero, militante de mi comité de base; se llamaba William Soler Valerino, era bayamés. A él se le enredó un pañuelo en la mano cuando se fue a sentar en la cama y tenía el fusil cargado, el arma se disparó y murió. Fue duro, tenía mi edad de entonces.

“Te aseguro que el efecto mayor de la guerra se ve a los días, y hasta a los meses de un combate. Cuando te toca pasar por un lugar y encuentras los cadáveres putrefactos que nunca se enterraron, los carros cisterna perforados. Recuerdo que una vez vimos a un hombre con un hueco inmenso en el pecho, seguro fue el impacto de un gran proyectil. Es fuerte, son imágenes que no se olvidan muy fácil y hay experiencias tristes para toda la vida”.

El silencio se hace en el diálogo, pero al instante, el periodista que le habita, vuelve a la carga.

“No puedes dejar de incluir en la entrevista mi gratitud infinita al doctor en Ciencias José Guillermo Montero. Era el presidente acá de la Unión de Historiadores de Cuba (Unhic) cuando falleció de Covid-19. Te puedo asegurar que él, junto a mi familia, fue la fuerza mayor para presentar este proyecto. 'Guille' me llamaba a cada rato, insistía en que mandara el libro al concurso, en que la indagatoria valía la pena, que el tema era necesario para las nuevas generaciones.

“Tampoco puedes dejar de invitar a los lectores, si van a La Habana, a llegar al centro Fidel Castro, es una maravilla. Lo sé porque, como parte de los días que estuvimos en la premiación, nos llevaron a recorrerlo. Fuimos el primer grupo con visita dirigida que acogió el lugar después de su inauguración. Estuvimos en varios sitios relacionados con la historia en la capital, pero, esa institución, es un espacio a la altura del Comandante en Jefe. Hay que visitarlo”.

Y entonces, Naranjo habla de nuevos proyectos. Dice que algunos le han llegado por sugerencias muy puntuales y que otros le rondan, porque ha descubierto lo necesario de investigar y escribir, para el futuro, con desenfado y honestidad.

Anda ahora embarcado en otro sueño editorial, tiene la ilusión de volver un día al cementerio de Tres Cruces, cerca de la casa de Agosthino Neto, el sitio donde estaban enterrados los cubanos y contar la historia triste y valiosa que ese punto geográfico atesora.

De nuestro rato de conversación me quedan muchas ideas, entre ellas, su convicción de que es preciso contar la historia que hemos protagonizado y hacerlo con un lenguaje fresco y directo; porque el hombre, solo si sabe bien de dónde viene, toma conciencia de la ruta que debe andar.