Imprimir
Visto: 1835

Cuba Familia
Las Tunas.- Un buen día Carlitos (llamémoslo así) decidió echar fuera aquella espinita que no le dejaba conciliar el sueño y que, sin saberlo en ese entonces, otros habían clavado en sus pensamientos. No necesitó muchos preámbulos para dar la noticia que también dejaría en vilo a los padres. “Yo soy gay”, soltó sin paños tibios y con una certeza que, evidentemente, no posee un adolescente con tan solo 12 años de edad.

La misma frase dijo a la psicóloga a la que acudió la familia en busca de ayuda. Los amigos de la Secundaria se encargaron de infundirle esa idea al colocarlo en el blanco de las burlas. Ser “diferente” del grupo, cumplir horarios, obtener las mejores notas, no salir a las fiestas ni mezclarse en el chanchullo… e, incluso, su complexión delgada le restó puntos a Carlitos, y poco a poco, entre bromas, pasó a convertirse en el débil, en el “niño de mamá”, al extremo de que él mismo lo creyó.

Los progenitores pensaron en cambiarlo de escuela o ir a vivir al campo. Sin embargo, tras algunas consultas, el muchacho entendió que es temprano para precisar esas cuestiones, y se sabe más fuerte en el momento de enfrentar determinadas situaciones. Lamentablemente, la de Carlitos no resulta una vivencia aislada; muchos sufren la presión del grupo y por diversas razones.

“Hay menores que, por sus características físicas o comportamiento, son estigmatizados y se convierten en víctimas de bullying. Un niño de 12 años no tiene definida su orientación sexual y mucho menos puede asumir que es homosexual; a esa edad todavía está en formación la personalidad y existen conflictos y contradicciones en el camino de reconocerse a sí mismo”, explica la psicóloga Elia Marina Brito Hidalgo.Elia

“La identidad de género -reflexiona- se construye desde la individualidad y está relacionada con la autonomía que van asumiendo los niños en cada etapa de la vida. En este proceso la familia desempeña un rol protagónico, al ser el espacio de los afectos más importante y en el que aprendemos a comportarnos y cómo apropiarnos de emociones y sentimientos.

“Un modelo educativo, desde la crianza positiva y alejado de la sobreprotección, de la permisibilidad y la rigidez, permite un ambiente favorable tal y como pretende el proyecto de Ley del nuevo Código de las Familias”.

                                                                  RESPETO… DE ESO SE TRATA

El nuevo código traza pautas generales, pero cada familia debe encontrar la fórmula de crianza, siempre desde la comunicación. Es preciso conocer los intereses, motivaciones y preferencias de los hijos para orientarlos sin imposiciones e incluirlos en la toma de decisiones.

“No se trata de que ellos hagan todo lo que les plazca, sino de que se respeten sus derechos, y desde la posibilidad de enseñarles cuáles son las normas y límites, para evitar los trastornos de conductas que luego se extienden al espacio escolar. No debemos temer al término “autonomía progresiva” porque no nos aleja de nuestros niños, por el contrario, va a generar bienestar, y ellos encontrarán alternativas para crecer en las diferencias, crear sus propios conceptos, y ser independientes. También permite a los hijos determinar lo que desean estudiar sin la presión familiar”.

Y agrega: “Desde la disciplina positiva el niño puede adquirir las herramientas para cambiar las conductas inadecuadas sin la violencia que se ejerce en el interior de muchas familias; situación que obliga a establecer mecanismos para su prevención, unido a la protección de las víctimas.

En las escuelas, comenta la especialista, siempre se ha trabajado en la educación integral de la sexualidad, y ahora se aspira a abordar un poco más estos asuntos para deconstruir estereotipos y propiciar la equidad de género en la sociedad.

La intención, enfatiza Hidalgo Brito, es que mujeres y hombres tengan la misma oportunidad de desarrollar sus capacidades. El hecho de que un niño juegue a las casitas no está relacionado con su futura orientación sexual y sí le hace bien, pues aprende de los roles, de la maternidad y la paternidad. Es una manera de fomentar el respeto a la diversidad y no a solo a la sexual.

“La educación en la sexualidad perpetua la educación en la responsabilidad, que es, en definitivas, lo que pondera el Código de las Familias: el cuidado de la integridad física psicológica y social de los niños y el respeto a la dignidad humana”. Ese sería el camino para que adolescentes, como Carlitos, sientan mayor seguridad y aquellos que no conocen de límites aprendan a tenerlos desde allí donde empieza todo: el hogar.