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Las Tunas.- Aún está bien tupida la noche, sin sombras del alba, cuando Belkis se despoja de las sábanas y sale sutilita del cuarto, como quien no quiere poner sobre aviso a la quietud de su hogar. Mira el reloj y rayan las 4:00 am. Casi por inercia se desenvuelve en la cocina. Entonces el aroma de su café, bien cargado, se cuela a través de la cortina y su esposo abre los ojos como resorte. Ella intenta disuadirlo: "Viejo no te levantes, quédate un poco más en la cama".

Escoge, no sin cierto celo, la ropa de trabajo, la camisa que cubra bien el cuello y a la vez sea fresquecita, el pantalón cómodo y algo ceñido, las botas para luchar contra el fango, y el sombrero. Después desafía frente al espejo sus 56 años de edad, repasa las cejas, colorea los contornos de los ojos y despierta el rojo en su sonrisa, porque "debajo de la ropa de trabajo, está una misma y tiene la obligación de cuidarse y lucir arreglada, aunque ese día no tenga visitas, ni nadie te vea".

Es un poco menos de las 6:00 am y las primeras luces del alba la descubren en la estancia, solita se desdobla ahora en El Porvenir, su finca de cuatro hectáreas, en usufructo, allá por La Islita, en el municipio de Jobabo. Rosao y Sinsonte advierten su llegada desde lejos, la reciben con resoples, y cuando agarra el arado entre manos y mete en cintura a ese par de bueyes, "la cosa fluye de maravilla". No hay quien la pare hasta el mediodía.

anap2Desde el día anterior tiene claro qué le toca hacer cada jornada. Cuando corresponde chapear la mañana es más larga, porque termina con dolor en las espaldas y mira mucho sus manos, debajo de los guantes unas uñas rojas y larguísimas se yerguen, protestan.

No hay hora que no extrañe la presencia de su esposo en la estancia, la conversación a mitad del trabajo, el jarro de agua compartido, los dos pares de ojos perdidos en los animales que no avanzan y en los árboles que se empeñan en retrasar los frutos, "la agudeza del viejo para entender la tierra como si estuviera leyendo un libro". Pero Belkis Almeida Cartaya puede con todo y disuade a su compañero: "En la casa me haces más falta.

"Cuando llego me tiene el almuerzo calientico y ha adelantado todo lo demás, pero yo sé que él quisiera estar "perdío" en los surcos, es una cosa que no soporta estar dentro de esas paredes… Hace ya un tiempo que le diagnosticaron la maleza en los ojos y ha sido difícil, pero hasta ahora vamos bien.

"Cuando necesito ayuda porque voy a sembrar o cosechar mis familiares me socorren, siempre aparece quien te dé una mano. Lo otro es planificarse bien el trabajo, tener control de cada proceso, y no cogerle miedo al campo…".

Confiesa que disfruta muchísimo el manejo de los animales. Tiene puercos, patos, guanajos, pero sus chivos son sus preferidos. Poco a poco ha aprendido a hacer queso y yogur de la leche que acopia y asegura que hay que chuparse el dedo con la calidad de estos productos. Sueña algún día con el progreso de su rebaño para poder convertirse en una productora y tener una marca próspera y reconocida.

Ahora mismo en El Porvenir hay sembrados de yuca, burro, plátano, calabaza, maíz, boniato, girasol y millo. Las matas de limón, mango, ciruela y aguacate también decoran el ambiente y se entremezclan con otros cultivos. "Hay abundancia porque la salud de los frutos te dicen cómo es la tierra, y esta es agradecida".

Belkis no espera que las cosas le caigan del cielo. En la tarde le echa mano al millo, lo junta con girasol, agrega maíz, comienza a moler y en minutos ya tiene su propia comida animal, un pienso que garantiza que sus cerdos y demás "protegidos" no exhiban las costillas, "con el pellejo 'pegao' al espinazo".

En su estancia se explota al máximo la Agroecología. "Hace un buen tiempo que aprendí a hacer el compost y hemos visto los resultados de aplicar la materia orgánica. No hay como los biofertilizantes, además le ahorran muchos recursos al país y a nosotros mismos nos aseguran los buenos rendimientos".

Con el ceño fruncido asegura que no todo es camino de rosas, pues aunque recibe mucho respaldo de la cooperativa de créditos y servicios (CCS) Jorge Aliaga, la vida del campesino y la campesina es dura. Narra la escasez de insumos imprescindibles que dificultan su mejor desenvolvimiento.

"Yo no tengo miedo al campo, pero me disgusta que una pase trabajo para trabajar, que las mochas no corten y no haya con qué sacarles filo, que pase lo mismo con los azadones, los machetes, que no haya dónde comprar guantes".

Allá, en la tranquilidad de su pedazo de tierra, la productora sabe qué sucede no solo en Cuba sino del otro lado del mundo. Las tecnologías han hecho añicos las distancias entre el campo y la ciudad, ella no se siente aislada, vive de manera confortable y sus metas son prosperar en el mismo lugar donde aprendió de su padre el amor por la tierra y los animales, el compromiso de producir.

Cuando Belkis habla de su comunidad lo hace con un orgullo especial, y en su discurso está por supuesto la valía de las mujeres campesinas. "Hay muchas personas que piensan que en el campo una depende del esposo, y es verdad que la mujer campesina es humilde, cuida de su casa y de los suyos, pero es fuerte también y tiene metas y recursos para lograr sus aspiraciones, porque sabe lo que es trabajar, y no esperar a que nadie le dé nada".

Aun cuando no falta qué hacer en El Porvenir, siempre queda un tiempecito para apoyar al hogar de ancianos de la comunidad, conversar con los más jóvenes del terruño, cooperar como federada con el barrio y los suyos.

La añoranza por su hija es otro peso que se agiganta cuando cae la noche. Belkis ordena la casa, repasa en su cabeza los quehaceres de la próxima faena y va a la cama junto a su esposo. Los primeros minutos, antes del sueño, son de recuento, de conversación obligatoria, entonces el esfuerzo del día hace su parte y ella cae rendida por fin. No hay alarmas programadas. Unas horas después comenzará la misma rutina y ella, casi por inercia, se calzará nuevamente las botas de trabajo.