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Las Tunas.- Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley murió a las 11:50 am de un día como hoy, hace 40 eneros, víctima del cáncer de pulmón que le habían diagnosticado tres años atrás. Era viernes.

Mucho se ha escrito de ella a lo largo de la historia reciente de este país. Su nombre, vuelto Norma, Caridad, Liliana y los otros tantos que usó en la Lucha Clandestina y la Sierra Maestra, está indisolublemente ligado al de Fidel Castro. De él fue durante dos décadas, al decir de Eusebio Leal, “no la sombra, sino la luz”.

Resultó la primera mujer combatiente del Ejército Rebelde y llegó hasta las balas de la Sierra Maestra tras un tiempo considerable luchando oculta, entre el silencio y la calma aparente de las ciudades.

Su bregar fue indispensable en el apoyo al desembarco del Granma, en la organización de la lucha en las ciudades, en la distribución de La historia me absolverá y en la atención constante a los soldados heridos y a quienes exponían sus vidas por la Revolución.

Después del triunfo de 1959 siguió siendo diligente protagonista. No por gusto más de un cubano, ante algún atisbo de injusticia, decía: “Yo voy a escribirle a Celia”. Y le llegaban cartas de todas partes, de todos los colores, de todos los temas.

En 1962 se le nombró secretaria de la Presidencia y del Consejo de Ministros, y en 1964 creó la Oficina de Asuntos Históricos, para muchos, su obra más abarcadora. Porque fue siempre una meticulosa defensora de la historia que necesita ser contada, por eso guardó fotos, anécdotas y hasta minúsculas esquelas de papel. Todo, contra el olvido.

Fumadora empedernida, como su papá; apenas “pellizcaba” la comida y era adicta al buen café cubano. Dicen que disfrutaba de los amaneceres, que le gustaba vestir de blanco y le fascinaban la pelota y el arte del bordado. También la definen como amante de las flores, del mamoncillo, la ciruela y el mango, muy friolenta, y asustadiza, solo, si veía un ratón.

Fue “la madrina” de cuanto niño necesitó un abrazo. Cuidó de muchos que quedaron huérfanos con la guerra, no importó nunca si eran hijos de soldados rebeldes, de campesinos ajenos a las balas o de los tantos “delatores” que se vestían de Patria para vender a los hombres de Fidel Castro. Eran todos, por derecho, hijos de Cuba. Y nunca les faltó su cariño, su atención, su ternura.

Celia está entre las mujeres más entrañables de este país. Se le quiere en su Media Luna natal, en el Pilón de su primera juventud y en los caminos que ayudó a fundar, para todos. Cuarenta años hace ya que no está; su ausencia, se siente; su amor, se respira.

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