Domingo, 19 Mayo 2019 07:00

Martí, la vida en sacrificio

Escrito por Esther De la Cruz Castillejo

Las Tunas.- Tres disparos acabaron la vida del más universal de todos los cubanos. Era un día de sol refulgente en los campos de Dos Ríos y la Guerra Necesaria recibía, junto a sus primeros pasos, un golpe demoledor ante el deceso del hombre de la mano fina y nerviosa. Tras varios entierros, el cuerpo del Apóstol fue finalmente sepultado en el nicho 134 de la galería sur del cementerio Santa Ifigenia, pasados 10 días ya del triste acontecimiento.

A Cuba había llegado junto a Máximo Gómez a bordo del vapor Nordstrand, desde Santo Domingo. Quedaban atrás años de sigilo, reuniones, carencias personales y hasta los desamores que le valieron a José Martí sus constantes desvelos por aunar desde el exilio. Porque no es fácil la labor del que junta donde otros han perdido la fe en la victoria.
Así estaban los cubanos de la emigración. Cansados. Muchos, antes que él, les habían prometido la libertad de su suelo. Y más de un tabaquero vio sus ahorros de tiempos entregados para causas libertarias que nunca llegaron a cuajar del todo. ¿Por qué confiar, entonces, en ese hombre bajito, de voz potente, zapatos raídos y andar tembloroso que les hablaba de la libertad como impostergable y les mencionaba en sus discursos, lo mismo a Carlos Manuel de Céspedes que versos enérgicos celebrando añejas batallas humanas?
También quedaron atrás los amores, que no fueron pocos y los reclamos de Carmen. Es cierto que para esas fechas su matrimonio había fracasado. La bella camagüeyana nunca entendió completamente tanto afán por la libertad. Más de una vez tuvo él que esconder de ella en la modesta casa de Brooklyn que compartían, sus actividades conspirativas, antes de aquel invierno, especialmente frío, en el que su esposa regresó a la Isla con el pequeño José Francisco, harta de "la política" que le robaba a Pepe largos silencios y enormes suspiros.
"Señores el que tenga Patria que la honre; y el que no, que la conquiste!", así dijo alguna vez ante un nutrido auditorio. Y en ese poco más de un mes en la manigua cubana, él mismo se aprestó a hacer verdad su llamado al combate. Y muchos quedaron atónitos, entre ellos el mayor general Máximo Gómez, cuando le vieron lejos de su habitual fragilidad, subiendo lomas, durmiendo en cuevas, siendo el primero.
Parecía un ser humano distinto de aquel que conocían enfermizo, con una lesión inguinal producida por un golpe de la cadena del presidio y otros males del cuerpo. Cargaba al hombro el fusil, balas, libros y comida, en medio de la manigua del oriente cubano. Degustó allí lo mismo una jutía asada que una canchánchara con pura miel del campo, bendita. Y todo en medio del peligro, parte indisoluble de la gran aventura que es la guerra.
No fue José Martí un loco, ni un idealista y mucho menos un suicida. Sencillamente un ser humano excepcional que tuvo en Cuba su credo y en América su mayor sueño posible. Murió el 19 de mayo de 1895. Iba estrenando en la batalla a su caballo blanco, Baconao, regalo de José Maceo. Estaba acompañado por un soldado muy joven llamado Ángel de la Guardia Bello, único testigo presencial de la caída del Maestro. Han pasado 124 años.
Martí tenía el raro don del que combina una voluntad de acero, un valor inquebrantable y una dulzura vehemente.

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