Al principio, ese 24 de agosto le pareció ordinario, desde los olores a agua salada con óxido, hasta la inercia comunitaria del sábado. Decidió entonces acercarse a la añeja Playita con la intención de contemplar la marea creciente. Allí, se perdió pensativa, volviendo en sí, con los ruidos de los camiones de carga, el sonido de los tubos al colocarse las carpas y el ajetreo de las familias portuarias.
Se preparaba la Fiesta del Mar. Y desde ese instante la anciana visitó cada escenario cultural: el parque donde se realizó una exposición de platos confeccionados con pescado y marisco, el portal del correo con una muestra de utensilios de pesca y las inmediaciones de la tarima desde donde se observaban los juegos de los niños en la Playita y las maniobras de las carrozas marinas, repletas de niñas y jóvenes en plena disputa por alcanzar el título de Reina del Mar.
A pesar del ambiente festivo, Teresa se marchó a su casa en las primeras horas de la tarde. No pudo disfrutar por completo de los payasos que animaron parte de la mañana, ni del espectáculo central en el que se presentaron el trovador Gaspar Esquivel, la solista Marelis Escobar, el dúo Los Indomables y el grupo Impacto. No obstante, siempre hubo quien llegó a su casa para darle los detalles artísticos.
A la distancia, continuó escuchando los ritmos fusionados con la brisa costera, hasta que solo quedó la marca sonora de las olas en el litoral.
Al otro día, Teresa Ramos, Teresita para sus conocidos, nuevamente fue la primera en despertar. Caminó hasta su lugar de siempre en la playa, y allí recibiendo las caricias del mar, con los ojos cerrados, meditó sobre la familia y la vida.
Y es que para ella cada Fiesta del Mar resulta un espacio de añoranza por las artes de pesca, la cultura culinaria y los juegos acuáticos heredados de sus padres, y al mismo tiempo, otro agosto de tradiciones que, paradójicamente, la hace rejuvenecer.



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