Cuentan que Alonso de Ojeda y sus hombres, consecuencia de un mal tiempo, se vieron obligados a desembarcar en algún punto de Cuba cercano a lo que es hoy la provincia de Sancti Spíritus. Allí, el primer encuentro con los indios, no resultó nada amigable. Y entre flechas y una vegetación exuberante y nueva, los españoles quedaron, en poco tiempo, a merced de la fortuna para sobrevivir.
Durante los días de marcha por el interior del país que les siguieron a esos acontecimientos, el conquistador hizo una promesa: construiría una ermita a la Virgen María en esos parajes si salvaba la vida. Así fue.
Llegaron andando hasta el cacicazgo de Cueybá, en la zona que hoy ocupa Las Tunas. Eran los tiempos en que se podía recorrer todo el país entre árboles y lluvias. Fueron llevados ante el cacique y él curó sus heridas y les salvó la existencia.
Entonces, Alonso de Ojeda sacó de entre sus pertenencias una imagen de la Virgen María y, con la ayuda de diligentes manos indias, quedó construida la ermita en estas tierras, entre flores silvestres y arrullos del monte.
Todavía no había sido fundada la primada: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa y ya estos predios lucían atisbos de la veneración mariana.
Refiere fray Bartolomé de las Casas, en su flamante Historia de las Indias, cómo él llegó a Cueybá tiempo después. Y cómo el cacique indio escondió de sus ojos la imagen santa por miedo a que fuera robada de sus tierras.
Hoy todo el país rinde culto a la Virgen de la Caridad, advocación de la Virgen María, proclamada por el papa Benedicto XV en el año 1916 como Patrona de Cuba.
Respeto y veneración que en Las Tunas, pocos saben, tuvo la buenaventura de la primera vez.






















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