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Negro, nacido en La Habana en los años en los que serlo constituía "crimen y castigo", hizo muchas cosas para ayudar a sostener a su numerosa familia (11 hermanos), desde peón de Obras Públicas en la construcción, taquillero, reparador de calles, mozo de limpieza, albañil... hasta que uno de esos días, conoció a Fidel Castro y le cambió el rumbo a la vida.
Fiel, guapo y martiano, así era Almeida. Un ser humano sensible y bohemio de cuya pluma salieron más de 300 canciones y una docena de libros, dejando claro ante la historia que la sensibilidad creativa y la lucha de balas y combate por una causa justa, en este país, distan mucho de ser ideas y concreciones divorciadas.
Jaranero, sencillo, esquivo al hablar de sí mismo y lejos, lejísimo, de la palabra "protagonismo" al citar su paso por el Ejército Rebelde y la obra revolucionaria después del triunfo. Su vida misma es una prueba irrefutable de lo que es pasión, respeto, ímpetu, ganas, porvenir.
Aseguran sus más cercanos, que prefería escribir sones porque le permitían contar mejor las historias, aunque sí, escuchaba muchos boleros y le causaban un deleite especial. Y, nadie lo duda, las mejores composiciones le salieron del anecdotario intenso del cubano común.
Llegaba la musa en un bar, manejando, en cualquier reunión de trabajo. Escribía en un papelito lo que le decía el alma y luego, cuando el tiempo le daba un huequito, lo más rápido posible, completaba la letra y la música venía detrás, anunciando la manera de decir aquello que ya había brotado, de la gente y para la gente.
Juan Almeida, un hombre que vivió con intensidad y cuya memoria ratifica la estirpe guerrera de este país, el preso 3833, junto a Fidel, después del Moncada, el rebelde invariable del tiempo y el esfuerzo que se nos fue, hace ya 10 años, en medio de los festejos típicos de un Carnaval tunero.























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