Si sabes eso, ya no parece solo un hierro doblado en círculo, sino que hasta te dará escalofrío mirarlo, y puede que imagines el pie herido y cansado que lo arrastró kilómetros, días.
Cifras conservadoras hablan de que alrededor de 20 millones de africanos fueron arrancados de su hogar por comerciantes europeos para ser mano de obra en América. Veinte millones de personas sacadas de su pueblo, su lengua, sus costumbres..., vendidas como animales.
Cuba, como muchas otras tierras, fue destino y su presencia apuntaló la producción azucarera por casi cuatro siglos. Y contra todo látigo, los hijos del continente negro mantuvieron su cultura y aportaron extraordinariamente a la consumación de la cubana.
Las Tunas tuvo su capítulo en estos anales, cuyo eslabón inaugural, según apuntan estudios del historiador Víctor Marrero Zaldívar, data de 1523, cuando el rey de España Carlos V, autorizó el primer cargamento de africanos para trabajar en las minas de oro de Caobilla, en Jobabo.
Buscaba fomentar la extracción del mineral, que también sus hombres habían encontrado en Camagüey y Bayamo, en el caso de la zona oriental. Seguramente, el monarca andaba ilusionado con esa empresa, y qué se iba a preocupar por el costo de su sueño dorado.
Las indagaciones de Marrero Zaldívar, respaldadas por fuentes como el Archivo General de Indias (España) y el de la Casa de la Nacionalidad Cubana (Granma), contienen cifras de tan forzosa llegada y permanencia. Así sabemos que a inicios de 1777, la dotación de San Jerónimo de Las Tunas ascendía a 138 varones y 18 hembras, de una población total de 651 habitantes.
En 1827 el guarismo era de 225, y en 1847, de mil 500, este último en un asentamiento de nueve mil 447 personas residentes. Crecimiento dado, presumiblemente, porque ya para entonces unos cinco ingenios imponían su dinámica aquí. Al propio tiempo, el historiador confirma que de las ciudades orientales más importantes que se fueron a la Guerra de los Diez Años, Las Tunas era la que menos esclavos poseía, pero no por ello dejó de ser estremecedor su paso.
Hablamos de un itinerario marcado por tres sitios testigos de una época que no podemos olvidar. Precisamente por ello están incluidos de manera oficial en la Ruta del Esclavo, el proyecto que en 1994 creó la Unesco para contribuir al entendimiento de lo que significó la trata, las múltiples interacciones entre los pueblos y culturas que generó, y para ayudar a establecer una cultura de paz.
CAOBILLA, GRITO DE DIGNIDAD
Huellas de las minas de Caobilla Los palenques lo habían dejado claro: los negros esclavos entendían de amor a la libertad. Huían a las montañas, las cuevas, muchas veces en carrera contra los rancheadores y sus perros fieras. Sin embargo, de una rebelión como tal, se tuvo noticia por primera vez en 1533, y sucedió justo en Caobilla, aquellas minas tan añoradas por el rey ibérico, ubicadas al noroeste del poblado.
En los empeños indagatorios del historiador jobabense Esteban Felipe Yero Rosales ha estado este tema. Para confirmar la fecha y singularidad del suceso recurrió a bibliografías antiguas de autores cubanos y extranjeros como José Antonio Saco, José Luciano Franco, Felipe de Jesús Pérez Cruz, Philips Foner y Wrigth. A. Irene. Hasta tanto no aparezca un nuevo dato, la historiografía nacional no puede negar que aconteció allí el hecho que abrió la estela de rebeldía de los africanos en Cuba.
El trabajo en las minas pasaba de inhumano, y sin descanso. Quizás, aquel día que comenzó todo, había amanecido con un sol bravo, y los cuatro negros cabecillas de la revuelta, sintieron casi al unísono que ya no podían más. Optaron por una forma muy propia de mostrar su descontento y fatiga: laborar con extrema y más que evidente lentitud, cual "jicoteas", diría luego el informe español de los eventos.
Para detener la protesta, el gobernador Manuel de Rojas pasó de Santiago de Cuba a San Salvador de Bayamo, territorio al que pertenecía Jobabo. Desde allí envió dos cuadrillas a las minas para someter a los "rebeldes" y aunque resistieron con valentía, murieron. Los soldados descuartizaron los cadáveres en Bayamo y expusieron sus cabezas en sendos palos, según comunicación del mismo Rojas a su majestad, el 10 de noviembre de 1534.
La señal de escarmiento era evidente, pero no lograría desterrar la lucha por romper los grilletes. Aunque al parecer tuvo que transcurrir más de un siglo para otra revuelta (1677, minas del Cobre), constituyó una llama que desembocó en el inicio de la guerra de liberación en octubre de 1868.
El susto de los colonos demoró en desaparecer, a tal punto que luego de Caobilla, rememora Yero en su investigación, pidieron a la Corona que les prohibiese a los negros llevar cuchillos más largos que la palma de la mano, así como viajar en grupo.
Dicen que donde sucedió el asesinato, hasta hoy la gente cree escuchar lamentos y el sonar de las cadenas. Y si el imaginario popular lo afirma...
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Una negra se vende recién parida, con abundante leche, excelente lavandera y planchadora, con principios de cocina, joven, sana y sin tachas, y muy humilde: darán razón en la calle de O´Reilly, No 16, el portero.
Una negra se vende por no necesitarla su dueño, de nación conga, como de 20 años, con su cría de 11 meses, sana y sin tachas, muy fiel y humilde, no ha conocido más amo que el actual, es regular lavandera, planchadora y cocinera: en la calle del Baratillo, casa No 4 informarán.
Diario de la Marina, 3 de febrero de 1846. Junto a un anuncio de venta de sanguijuelas.
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VISTA HERMOSA Y BREVE
Del ingenio Vista Hermosa, Manatí, solo queda la torre, hoy rodeada, hasta casi ahogarla, de tupida vegetación. Su porte vetusto y desarreglado es el único vestigio de su tipo existente en la provincia de la producción azucarera en la época colonial.
Resistir se le ha dado bien, más si recordamos que al central lo registraron oficialmente el 28 de abril de 1857. Su instalación impulsó el desarrollo de la industria de la gramínea en la comarca, y todo le iba de maravillas a sus dueños, primero Manuel Francisco Agüero y luego, Napoleón Arango, hasta que inició el proceso independentista en 1868.
La tea mambisa lo dejó en 1871 totalmente inservible, según afirma el periodista Andrés Lozano Zamora en su texto Batey Manatí, entre pasado y presente. El fuego era el arma perfecta para impedir el beneficio de la fuerza colonial.
En esta fábrica se producían alcohol y azúcar mascabado con técnicas atrasadas. Sus surtidos los comercializaba en el embarcadero de Manatí, uno de los más importantes de la región en ese momento.
La fuerza de trabajo la componían 44 esclavos, de ellos 41 oscilaban entre los 12 y los 60 años, y había una sola mujer, destinada a la reproducción. Hasta en eso, mandaban los colonos.
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Se vende un negro de 16 años. Sabe el servicio de la casa y es dispuesto para todo lo que se le quiera enseñar. Es fiel y humilde y solo se le vende por necesidad. Quien lo quisiese comprar se verá con su ama, doña María de la Paz Valcárcel. Su precio: 210 duros.
Diario Mercantil de Cádiz, 22 de enero de 1813.
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Ruinas del central San Manuel
SAN MANUEL, OTRA CARA
El nacimiento del central San Manuel en 1860 inauguró el sendero de la producción azucarera a gran escala en Puerto Padre. Su nombre brotó en honor a doña Manuela Martínez Picavia, esposa de José Plá Monjes, propietario del lugar con Justo de San Miguel y Agustín Franganillo.
Antes de la instalación del trapiche de tres mazas movidas a vapor por máquinas de la firma Fawcet, de la Preston Company, les tocó a los 378 esclavos desbrozar maleza y abrir caminos; luego serían la fuerza de la industria.
El ingenio producía azúcar mascabado. Sus bocoyes se trasladaban en carretas hasta el embarcadero de Maniabón, donde eran transportados por vía marítima en la goleta Tres Hermanas, propiedad de la fábrica.
La capilla que se le debe a doña Manuela
Alrededor del "San Manuel" creció el poblado, con la llegada de campesinos y empleados españoles. Como alertan los historiadores Ernesto Carralero Bosch y Margarita Pérez Freijoso, su existencia determinó en buena medida la formación del municipio e incrementó sustancialmente la esclavitud.
Pero algo singular vivieron los negros por aquellos rumbos. José Plá y su esposa no permitían que los mayorales los maltrataran. Les daban alimento suficiente y concedían los domingos para el descanso. Ese día los dejaban ir a la playa puertopadrense y jamás objetaban sus creencias religiosas.
Durante la Semana Santa, doña Manuela vestía y calzaba a los que profesaban el cristianismo. A ella se debe la capilla católica que aún existe en el poblado. La historia de estos amos casi ni se cree, pero las búsquedas arqueológicas han confirmado su cariz paternal, nada de hallarse objeto alguno de castigo o testimonio en contra.
El "San Manuel" llegó al final del siglo XIX como un fuerte enclave económico, cuyo dominio se le metió entre ceja y ceja a la Chaparra Sugar Company, que terminó engulléndolo, haciendo uso, incluso, de amenazas personales a Plá. La fábrica terminó en breve hecha piezas por su obsolescencia tecnológica, para ver cómo la compañía norteamericana levantaba a orillas del río Chorrillo el central Delicias.
Donde antes estuvo, solo quedan ruinas.
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Se vende una negra criolla, joven sana y sin tachas, muy humilde y fiel, buena cocinera, con alguna inteligencia en lavado y plancha, y excelente para manejar niños, en la cantidad de 500 pesos.
Periódico argentino. En un recuadro con el nombre Ventas de animales, está esa nota y otra que empieza: "Se vende un hermoso caballo de bonita estampa...".
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CONTAR A TODOS
Ninguno de estos sitios tiene una señalización conmemorativa que explique su peso en la historia, tampoco existe en el territorio un periplo cultural que los pondere como parte de la Ruta del Esclavo.
Para ello haría falta, como explica Tania Fernández, directora de la Oficina Provincial de Monumentos, ganar en su cuidado y visualidad estética, y de la articulación de varias entidades, pues ninguno de esos bienes pertenece a la Dirección de Patrimonio.
Obviamente, estos tres lugares, aunque sean los reconocidos, no son los únicos que en la localidad tienen nexo con la esclavitud. Rastros quedan, por ejemplo, en la hacienda El Cornito; en una cueva de Majibacoa y en Lagunas de Varona. Estampas materiales del rostro negro de Cuba, ese que le caló hondo y con el que no hemos dejado de estar en deuda. Intentemos saldarla.






















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