Cuando el Moskovich gris perlado frenó, sin hacerle la menor seña, creí era un carro estatal, los cuales están en la obligación de contribuir al traslado de pasajeros desde que la dirección del país anunció, en septiembre, la restricción del diésel y la gasolina. Me equivoqué y lo supe al bajarme. Su chapa P082340 es particular. Le manifesté mi asombro y volvió a sorprenderme este joven tunero.
“Fui chofer en la Empresa de Confecciones Melissa -dice Otoniel-. Antes recogía, pero no como lo hago ahora. No se puede ser indiferente al momento que vivimos. Es nuestra gente la que está pasando trabajo. Siempre que salgo a la calle recojo en el camino o las paradas. Es un problema de sentimiento y conciencia. Todos los choferes debemos ayudar. Me siento bien conmigo mismo”.
Le agradecí la gentileza de sus palabras y el gran aventón que enderezó mi día. Llegué a tiempo a la consulta. Al regreso, otro gesto solidario de un carro de la Empresa de Servicios Especializados de Protección S.A (Sepsa) evitó que el gran aguacero del sábado me cogiera en la calle. Y es que muchos hacen los milagros de la sonrisa, la gratitud y hasta el cariño en los demás con sus actitudes fraternas y altruistas.
En pocas palabras, la mayoría andamos por el amor consciente del paisano. El que ciertamente vale. No ese otro que se nota a las claras que es obligado, sea por el policía o el inspector de Transporte que está en las paradas. Lo lindo de cada día es saber que como yo, al pie de la carretera, muchos encontrarán a Otoniel multiplicado. Enhorabuena gana la virtud en esa complicada madeja del bien público.






















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