Viernes, 13 Octubre 2017 15:04

Domingo: jonrón con las bases llenas

Escrito por Róger Aguilera
Domingo: jonrón con las bases llenas Foto: Yaciel Peña de la Peña

Las Tunas.- Una hernia inguinal, el brazo derecho con poca movilidad y la lesión en la columna vertebral, que lo obliga a caminar muy encorvado, son las huellas visibles en un hombre que, aun así, no se rinde y desafía los obstáculos para mantener en alto la voluntad y la grandeza de su corazón.

"La columna me doblega, pero no el trabajo, siempre encuentro algo para ser útil y no dejarme arrastrar por el almanaque", dice este caballero y pienso en Francisca -el personaje célebre de un cuento de Onelio Jorge Cardoso-, quien al preguntársele cuándo iba a morir, respondió: "Nunca, siempre hay algo que hacer".

Fui a entrevistarlo en una mañana  con el cielo encapotado, ideal para laborar a la intemperie, sin ser castigado por los rayos solares. Al llegar al portal, donde reposaban el machete, el azadón y el par de botas, sospeché que ese día no había ido a su pequeño conuco, distante unos 50 metros de la casa, en el reparto La Victoria, en esta ciudad. 

Pregunto por él y su esposa, Valentina Estrada Cisneros, me dice: "Está ahí, acostado". Lo llama, se levanta y comienza la plática.
Tengo a mi lado a una leyenda viva del trabajo, de tez negra, pelo bien canoso, barba rala, fornido, de antebrazos largos -fuera de lo común- y de baja estatura; pero se ve más pequeño aún por la hernia discal que le obliga a inclinarse hacia adelante.

En la medida en que avanza la conversación, su rostro refleja dolor y respiración entrecortada. Es entonces cuando me confirma: "Estoy mal". Y me habla de la hernia inguinal izquierda que ya había sido operada, pero la derecha está tan inflamada que no lo deja tranquilo.

La entrevista se pospone y al cabo de una semana lo llamo y me dice: "Sí, ya puedes venir". Cuenta que aquel día lo llevaron al hospital Ernesto Guevara, le pusieron suero y lo tuvieron en observación durante cuatro horas.
Ya con fortaleza en su voz, afirma sentirse como un roble y deseoso de manifestar que aún hay que contar con él, a pesar de sus 84 años de edad.

¿JESÚS O DOMINGO?
"Nací en El 20 de Manatí -narra-, donde me inscribieron con el nombre de Jesús, pero como fue al amanecer de un domingo -el 16 de octubre de 1933- mi abuela me llamaba Dominguito. Todos empezaron a decirme así, hasta que ya siendo adulto opté por reinscribirme como Domingo.

"A los 8 años fui con mi mamá y mis hermanos a vivir al Nueve de Macagua, un lugar intrincado, de muchas lomas, que desde principio de siglo era conocido porque en las cuevas -que todavía existen-, habitaba un hombre solitario, inofensivo, apodado El Pelú de la Macagua, que llegó a figurar como personaje mitológico.

"En esa zona comencé a laborar desde muy temprano, pues como era el mayor de los varones, a los 14 años tuve que hacerme cargo de un pedacito de tierra, heredado de mi padre, que había fallecido.
"Mi vida dio un giro allí, donde muchos haitianos se dedicaban a cortar caña en el central Jobabo. Me embullaron a picar con ellos, cogí la mocha y empecé...
"A los pocos días como los dejaba botao, decían que estaba embrujao; no podían creer que tan rápido yo cortara más caña que ellos".

Ese fue el arranque de una carrera indetenible, de un hombre espectacular, pero que no le alcanzaba el dinero para mantener a la familia. De ahí que cuando paraban las máquinas del ingenio, cogía un "jolongo" y se iba a recoger café a la Sierra Maestra.

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"A partir de 1959 no viví más el tiempo muerto, lo que me faltaba era tiempo para hacer todo lo que quería en los campos del ´Jobabo´", comenta quien, en 1971, representó a Cuba en una competencia de macheteros convocada por Jamaica, allá donde el primer ministro Michael Manley lo declaró ganador.

"Después le respondí al que decía: es imposible que alguien corte mil arrobas en una jornada. Escogieron a San Jorge, en el central Amancio Rodríguez, para yo demostrar que sí se podía; pero antes de comenzar puse como condición que ni mujeres ni muchachos se acercaran a sacar conversación.

"Cuando estaba inspirado, sin descansar ni un minuto, el hombre parado detrás me decía: Oiga deténgase un momento, y yo, sin mirarlo le respondía: Hable que lo escucho. Hasta que me dijo: Yo soy el normador, quiero saber si esto lo ha cortado usted solo.

"Hizo la pregunta en forma de broma, porque él estaba allí, vigilante para ser testigo de la cantidad que se acumulaba. Al terminar el horario me senté debajo de una mata a contemplar cómo me ajilaban las dos mil 610 arrobas de caña quemada que corté ese día. Pero eso es poco, durante 15 años seguidos llegué a más de 200 mil arrobas por zafra y en una ocasión a 300 mil".

Momentos, recuerdos, ¿cuántas anécdotas pueda tener un machetero que en sus 45 campañas cortó cuatro millones de arrobas de caña?

¿Cuéntame el secreto para lograr tanta productividad?, le espeté.
"Para tener rendimiento en el corte la disposición es lo primero, después venía lo demás: preparar las condiciones antes de comenzar; dar un solo tajo (machetazo) para no agotarme, cortar bien abajo, porque si cortaba alto, luego los troncos me molestaban".

SU AMIGO FIDEL
Por sus méritos visitó la ex Unión Soviética y Alemania, fue invitado al Segundo y Tercer congresos del Partido y premiado con un auto; sin embargo, confiesa que el mayor estímulo lo constituyó el haber estado varias veces junto al principal arquitecto de la Revolución.

Sentado en el balance de su casa, se detiene ante la amplia foto del Líder cubano que conserva en su archivo personal, la mira una y otra vez y repite con nostalgia y en voz baja: "¡Fidel, cará!".
¿Recuerdas algo que no te haya gustado en tu vida?

"Son muchas las cosas que le han pasado a uno, para bien y para mal, pero ahora viene a mi mente 1996, cuando me dijeron: Vamos a Jobabo, para que ayudes a tu central. Ese año el ingenio cumplió, Fidel vino al acto y no me invitaron.

"Claro, ya yo había estado varias veces junto a él, en los desfiles por el Primero de Mayo y en la Tribuna de la Plaza de la Revolución. Incluso, en una ocasión el Sindicato Azucarero portaba en el desfile un cartel con mi imagen. Y en ese momento Fidel, sonriéndose, me preguntó: ¿Tú conoces al negrito aquel?
"Con anterioridad, él mismo me puso en el pecho varias medallas; pero también tengo el orgullo de haberle dado en sus manos un gran regalo: el primer millón de pesos recaudados por los CDR para financiar a las MTT".

Ahora hace un alto en la conversación, mira otra imagen y explica que Raúl también fue muy familiar con él; que cierto día lo mandó a buscar a La Habana para que lo atendieran en una clínica, y en otra ocasión, en el salón de protocolo El Laguito, donde fue con su esposa y ocho de sus nueve vástagos, apuntó hacia él y dijo que Domingo "tenía un hijo por medalla".

¡OH, LA PELOTA!
El zas, zas, zas de la mocha, en contacto con la caña y el cogollo, no ha sido la única pasión de Domingo Urrutia Estrada, también es un empedernido de la pelota. Dice que jugaba todas las posiciones, no obstante se desempeñaba mejor en la lomita de lanzar que en el cajón de bateo. No hizo equipo grande, pero sí lo lograron un hijo y un sobrino.

Era punto fijo en el estadio Julio Antonio Mella, rebosaba júbilo cuando ganaban los Leñadores y se mortificaba si perdían. El día que rompió récord de emoción fue en la sala de su casa, sentado frente al televisor, en los instantes en que su Ermidelio dio tres jonrones en la final contra Puerto Rico en los Juegos Panamericanos La Habana 1991.

Mas la emoción no quedó ahí. Durante la ceremonia de premiación Fidel le expresó al singular jonronero: "Pero yo pensaba que eras un gigante, ¿de dónde sacas tanta fuerza para conectar esos batazos?" Y Orestes Kindelán, que estaba cerca del podio le comentó: "Comandante, él dio esos batazos con el corazón".
Ipso facto Ermidelio selló el diálogo con estas palabras: "El problema no es darle a la pelota, sino darle bien".

El béisbol se enraizó más en mi entrevistado cuando ese hijo y su sobrino Osmany (el Señor de los 400) fueron campeones olímpicos, el primero en Barcelona 1992 y el segundo en Atenas 2004.
Domingo evoca que vio empinarse a su nieto Henry, con muchas cualidades en esa misma disciplina, mas decidió ir a jugar en las Grandes Ligas. "Fue un duro golpe para mí y su padre en ese momento, pero después pensé que toda persona es un mundo. Él me sigue queriendo y yo también".

La conversación con Domingo termina en su "finquita", otrora infestada de malezas, ahora sembrada de maíz, yuca, boniato y maní. Es el hobby de un exabrupto de la naturaleza, conquistador de ocho títulos de Héroe Nacional del Trabajo, firmados por Fidel, con un texto que reza: "La distinción más alta a un hombre común que se comporta heroicamente".

Todo ello hace de Domingo un ser muy feliz por lo que aportó y porque vino a ocupar el lugar del jonrón con las bases llenas que no pudo conectar.

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