Desde septiembre pasado, el recinto estaba operando bajo el “estatus de partida”, cuando el Departamento de Estado dejó allí al personal mínimo necesario para desempeñar sus funciones diplomáticas y consulares. La vigencia de dicho estadío, según las normas del propio Departamento, dura seis meses y a quienes hoy dirigen los despachos en Foggy Bottom, Washington, no se les ocurrió nada mejor que pasar a su legación en este Archipiélago a la condición de “puesto diplomático sin acompañante”, el cual les permite extender la situación actual por tiempo indefinido.
Valiéndose de un tecnicismo, la Administración Trump ha colocado a su embajada en La Habana en una especie de criogenia, que le da el margen para tensar o relajar a su antojo el clima bilateral, a partir de la fábula mal contada de los alegados daños cerebrales de sus funcionarios en suelo cubano. El proceso pone a miles de familias a ambos lados del Estrecho de la Florida en el difícil trance de ver extinguirse sus fondos en trámites migratorios mediante terceros países. La intención es evidente: crear descontento y fricciones artificiales.
Hoy estamos en un punto que, cual si se tratara de una foto, se conjugan los diversos modos con los que la clase política estadounidense ha lidiado con Cuba a lo largo de los últimos 60 años. En un lado del fotograma colocaríamos a los mil y un pretextos esgrimidos para entorpecer los intentos de descongelar los nexos binacionales. A su alrededor, se acomodan los instigadores del momento, los sectores más recalcitrantes de la derecha, ahora personificados por el senador Marco Rubio y el mismo secretario de Estado Rex Tillerson.
Al medio buscan su lugar la comprobada capacidad de ambos gobiernos de cooperar en asuntos de mutuo beneficio. Curiosamente, es la Base Naval estadounidense en Guantánamo, otrora punto de constante fricciones, donde se muestra esa posibilidad de trabajar juntos; tal como lo hicieron hace poco la Marina norteamericana y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) para sofocar un incendio ocurrido en ese territorio ilegalmente ocupado por los Estados Unidos en la parte oriental de la mayor isla del Caribe.
Dichos ejemplos motivan a quienes colocaríamos al otro extremo de la imagen. Son los pragmáticos que buscan algún tipo de convivencia. Esos empresarios, turoperadores y activistas cabildean como nunca antes en los pasillos del Capitolio. A ellos se une parte de la burocracia dentro del Departamento de Estado que se bate en retirada frente a la ofensiva de la línea dura.
Los desencuentros hacia el interior de la institución más importante de la diplomacia en EE.UU. ya forzaron al retiro a Thomas Shannon, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos y suscitaron las renuncias de John Feeley, a cargo de la embajada en Panamá y más recientemente, la de Roberta Jacobson, quien dejó su puesto al frente de la sede diplomática en México. El rostro de Jacobson se hizo muy familiar para el público, pues encabezó la delegación de su país en las conversaciones bilaterales de la Administración Obama con Cuba. Feeley, no solo era uno de los funcionarios más queridos en esa entidad, sino, además, una figura cercana a Jacobson y por ende, muy apegada a técnicas de la dulce seducción con Latinoamérica, compartida también por Shannon y que primaron durante los días de Obama.
Quizás ahora venga un lapso de transitoria calma, que podría no durar mucho según sea el clima político alrededor de las elecciones de medio término, que este año renovarán la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Tradicionalmente, las contiendas electorales alteran los hilos de la práctica política en la nación del Norte y no hay razones para pensar que esta vez no vaya a ocurrir lo mismo. Ni siquiera un grupo tan irascible como el liderado por el presidente Donald Trump podrá sustraerse de esa dinámica, por más que la prensa liberal de su país se empeñe en ridiculizarlos todo el tiempo. Estamos frente a un modo de actuar que potencia la espectacularidad, que no acepta un no por respuesta y que se siente muy cómodo con la polarización interna, mientras se mantenga inalterable el apoyo de los sectores descontentos que los respaldaron en los comicios de noviembre del 2016.
En ese contexto, América Latina y en especial Cuba, siguen siendo un actor de reparto que, sin embargo, podría volver a tener sus 15 minutos de relevancia cada vez que en la Casa Blanca lo crean útil para afianzar sus posiciones en el escenario doméstico.
En video, declaraciones a la prensa de @CarlosFdeCossio│#LaHabana, #Cuba?? - 5 de marzo de 2018 (Primera parte) pic.twitter.com/NSGvcvU9zh
— Cancillería de Cuba (@CubaMINREX) 5 de marzo de 2018


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