No es el canto de su gallo quien le roba el sueño a Edilberto González. Incluso, muchas veces se tropieza con el ave y la despierta de un traspié. El ladrido de los perros sí lo lanza de la cama como un resorte. Se pone las botas y va afuera a vigilar los corrales. Y aunque no sea nada y reste mucho para el alba, no logra cerrar los ojos nuevamente.

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