Miércoles, 10 Octubre 2018 07:42

#SomosContinuidad (+video y tuits)

Escrito por Esther De la Cruz Castillejo
#SomosContinuidad (+video y tuits) Foto:: ReyLópez.

El 10 de octubre de 1868 en el ingenio La Demajagua, Carlos Manuel de Céspedes y sus hombres marcaron el inicio de la única Revolución que ha conocido Cuba. Desde 26 Digital celebramos los 150 años del acontecimiento, fieles al arrojo de los tuneros de ayer y de hoy

Las Tunas.- El teniente gobernador de Las Tunas, José Morales, recibió el telegrama del alzamiento de Céspedes y su ataque a Yara en medio de una sesión de la Junta de Electores en el Ayuntamiento. Transcurría el 11 de octubre de 1868 y un enérgico Vicente García González, participante directo de la reunión, apelaba a la prudencia para no delatar ante la autoridad su beneplácito por el suceso.

Cierto era que la fecha del 10 de octubre no resultaba la definida por el caudillo tunero y que contó con el apoyo de los participantes en la reunión de El Mijial; pero poco importaba a esas horas un día más u otro menos: se abría para Cuba el camino de lucha perpetua por la libertad.

Llegó, ardoroso, hasta su casa de la calle Real y con su hijo mayor envió aviso de los hechos de Manzanillo a los conspiradores más cercanos. Y todos, armados con trabucos, escopetas de caza, de chispas y de pistón; revólveres, pistolas y sus machetes de labranza, se dispusieron al combate contra el régimen caduco y carcomido de España, prestos a conquistar la independencia al precio de sus vidas.

Amaneció entonces el 13 de octubre. Con los albores de aquella mañana límpida, las fuerzas cubanas hicieron su primer intento por tomar la ciudad. Luego se retiraron hasta El Hormiguero, el potrero en el que ondeó ese día, desde un largo bambú, la bandera nacional; por primera vez izada al viento en esta tierra del oriente en medio de la Guerra Grande.

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Algunos historiadores han llegado a significar que están sepultados en Las Tunas más cadáveres de los años de esa contienda que en ningún otro sitio del país. Lo afirman convencidos de los cruentos enfrentamientos bélicos acontecidos aquí durante esos calendarios.

También destacan el acierto de Vicente García en el ataque a los convoyes enemigos. Un tema en el que llegó a ser un verdadero maestro, lo mismo en la localidad que en zonas aledañas. Ubicaba su itinerario, los esperaba en un punto del camino, colocaba un piquete de soldados en la retaguardia, la caballería a la vanguardia y un grupo de expertos de sus avispas al centro, guarecidos todos por el ropaje de la manigua.

Cuando llegaba el momento preciso, daba la señal y el convoy era asaltado de modo simultáneo por detrás y por delante. Las tropas enemigas se replegaban en el centro y los mambises las asaltaban en la carretera; sin remedio caían en la trampa. Acontecía generalmente de noche o de madrugada, cuando la luz incierta de las horas se volvía una aliada en cualquier paraje.

VOCES PROPIAS

El nombre de León de Santa Rita está inscrito con justeza en los anales de la inteligencia militar cubana. Fue capaz de concretar una red de espías que hizo mella en las huestes hispanas. Usaba el seudónimo de Ciriaco. Y tal vez el ejemplo más sólido de las colaboraciones en ese sentido resulte el de Charles Philibert Peissot, el soldado francés que llegó a ser capitán del Ejército Libertador.

Vino hasta Cuba huyendo tras su participación en la Comuna de París. Defendía con pasión el derecho a la igualdad de los hombres. Historias que hizo suyas García, aunque muy adelantadas al tiempo que le tocó vivir en esta región del mundo.

Peissot, el agente Aristipo, fue pieza clave en la toma e incendio de la ciudad. Cuentan que desde su puesto de secretario del comandante militar, se las agenció para conseguir los planos. Su participación resultó determinante para el combate encarnizado en el amanecer del 23 de septiembre de 1876. Gracias a tamaña faena de inteligencia militar, los cubanos pudieron tomar a Victoria de Las Tunas y entregarla en llamas, tres días después, porque mejor quemada que esclava de nadie.

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Igualmente es meritoria la lista de tuneras entregadas al sacrificio durante esa década de sinsabores. La voz más descollante la tenemos en doña Brígida Zaldívar, la esposa del caudillo. Mujer que se fue a la guerra en el 95 diciendo "la memoria de mi esposo me lo exige". La misma que vio morir de hambre a dos de sus hijos: María de la Trinidad, con año y medio de nacida, y Saúl, con 4, en medio del encierro a que fue sometida en la Guerra Grande.

No delató el sitio del campamento mambí en tales jornadas oscuras. Manos españolas le clausuraron las puertas y ventanas con la prole y la suegra dentro. Pudieron arrancarle apenas unas pocas palabras desde el postigo de su inmensa casona colonial, cuando la llamaron a la rendición del marido: "!Usted no sabe de lo que es capaz una cubana!".

Otras glorias de mujer también laten entre lo más valeroso de la contienda. Mercedes Varona, hermosa jovencita de 18 años que murió baleada por la espalda en la cercanía de Las Arenas, con el orgullo de querer a la Isla libre. No por gusto llevó su nombre el primer club del Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí rumbo a la Guerra Necesaria.

Igual está su hermana Tomasa, la poetisa que compartió la vida y el amor por la tierra antillana con el general Francisco Muñoz Rubalcaba; Mercedes Tornés Villareal, Iria Mayo Martinell, Anita Cruz y Mercedes Sirvén.

Como ellas, muchos lugareños anónimos se comunicaban con el mayor general para ayudar a la causa sublime de un país independiente y soberano. Después también lloraban. Así lo afirman las notas de sus diarios y epístolas que nos llegan a través del tiempo. Pero defendían la libertad con las uñas y los dientes, al punto de anteponerla a la vida de sus retoños y al confort de sus hogares.

RENDIRSE, NUNCA

Tuvo Las Tunas el primer general negro del Ejército Libertador: Ramón Ortuño. También estuvimos presentes en la Protesta de Baraguá aquel 15 de marzo de 1878, que define la intransigencia como pocos episodios en la historia intensísima de esta nación. Vicente García y sus hombres no aceptaron nunca paz sin independencia.

Lo demostraron en los mangos de Baraguá, muy cerca de Antonio Maceo y lo habían hecho antes en El Chorrillo, el 7 de febrero de 1878, fecha de la reunión de Arsenio Martínez Campos con las tropas de Las Tunas y Camagüey. Eso, antes de que el Titán de Bronce pronunciara su lapidario: "No, no nos entendemos", que tanto marca la obra profunda de la Mayor de las Antillas.

Fueron las huestes tuneras las últimas en deponer las armas en la Guerra Grande. Ya los principales jefes de esa campaña estaban en el exilio o muertos, cuando Vicente García, en ese momento general en jefe de los ejércitos de la República, junto a sus hombres decidió que no se podía seguir, solos, haciendo Patria.

Han pasado ya 150 años. Parece demasiado tiempo. Sin embargo, el ansia de libertad y la lucha por la autonomía de los cubanos han trascendido hasta nosotros. Es parte de la epopeya mayúscula que inició aquel octubre y ha costado la sangre de generaciones enteras y el arrojo de otros tantos, muchas veces anónimos, marcados por la historia.

Están ellos, como nosotros, haciendo al país desde el ejemplo, la anécdota, la lección de entrega personal cotidiana a pesar de los dilemas, los desafíos, los nuevos retos. Andamos las mismas esquinas, queremos el mismo sueño. Nadie lo dude: de esa estirpe, #SomosContinuidad.

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