Domingo, 02 Diciembre 2018 08:10

Seguimos con él

Escrito por Esther De la Cruz Castillejo
Seguimos con él Foto: ReyLópez.

Las Tunas.- Sabíamos de antemano que sería una jornada distinta la del 2 de diciembre del 2016 en Las Tunas; pero creo que nunca estuvimos del todo preparados para el aluvión de emociones que nos tocaría vivir cerca del mediodía.

El paso de las cenizas de Fidel por estas tierras, la gente caminando detrás del cortejo como quien no encuentra qué más hacer ante el dolor infinito, las lágrimas enjugadas en medio del abrazo fuerte, no importaba si entre seres queridos o verdaderos extraños... todos juntos, por el Comandante.

Era una sensación de orgullo, curiosidad, aliento y hasta desamparo que desbordaba las calles. Confirmó su presencia vital tras una década discreta, en la que la salud y los años le impusieron un ritmo diferente y le alejaron los pasos de las fábricas, las escuelas, los ciclones, los riesgos y los amaneceres desde cualquier escondrijo de Cuba.

Recuerdo aquel correo que llegó hasta mí desde lo más recóndito de Minas Gerais: "Tengo las ventanas y la puerta cerrada, llorando sola, nadie habla mi idioma. Afuera celebran su muerte y lo más duro es que tienen doctor gracias a que estoy aquí; porque a este fin del mundo no vienen los médicos de Brasil, aquí estamos los hijos de Fidel Castro. Pero no importa, mañana voy, otra vez, a defenderles la vida. Él está por encima de todo eso".

Me conmovieron, hasta la simiente, las madres con niños pequeños. En algún punto me atreví a preguntarle a una de ellas por qué traía a su bisoño en brazos si su edad no le permitía entender qué significa aquello. Su respuesta de me apabulló: "No es para que el niño entienda o recuerde, periodista. Yo lo traigo aquí para que Fidel lo vea". Y entonces me detuve más a observar.

Muchos lucían la foto que alguna vez se hicieron con él en un Congreso, un evento, un encuentro fortuito y la alzaban al viento cuando pasaba el cortejo. Otros llegaron a sacar ampliaciones o hicieron marcas en la parte de la instantánea en la que están: "Ese brazo de ahí es el mío. Está cerca de él, si mira bien, ¿se fijó?".

También me desconcertaron las banderas. A mi izquierda un soldado de la Lucha Clandestina aseguraba que sí, se vieron algunas cuando la Caravana de la Victoria en 1959 pasó por esta comarca, pero nunca como ahora. Hace dos noviembres todo el mundo traía la suya; lo mismo pequeñita, que más artesanal o añeja. Pero la invicta de la Estrella Solitaria estaba en cualquier parte, colosal.

La abrazaban lo mismo jóvenes, estudiantes, maestros, exreclusos que integrantes de alguna célula clandestina o columna rebelde. Justo de estos últimos estuvieron los que pudieron. Porque muchos de ellos, ya desgastada la salud por más de 50 almanaques de historia, apostaron a llamar a los medios de prensa, escribir sus nostalgias y a las mil y una formas de compartir el dolor, de atender al llamado postrero del hombre por el que un día estuvieron dispuestos, literalmente, a dar la vida.

Deslumbraba tanta presencia. La fuerza descomunal de un ser humano muerto que es la vida misma desde los poros de la gente. Son muchas razones para seguir, muchos resortes tras un nombre que, por sí solo, sacude y conmociona: Fidel.

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