Documenta cada pequeño e insignificante detalle de su dÃa. Se plantea contradicciones y asume las frases de Pablo Coelho u otras citas prefabricadas para dárselas de sabia, pero sigue repitiendo a gritos que le duele, que algo le falta.
Si conoce a alguien ahà está el reporte en Face, la emoción o lo azaroso. Las cuestiones se vuelven "reales" en su vida cuando aprieta la opción de publicar. Tiene álbumes de fotos frecuentes y agradece los elogios que los amigos o admiradores le cuelgan, rigurosamente.
Se ha vuelto adicta a la realidad virtual. En ese espacio tienen lugar las cosas más importantes de su dÃa a dÃa, que a veces se resumen en el éxito de un retrato suyo, en el comentario o el me gusta de la persona indicada.
Es casi siempre un circulito verde y muchas notificaciones en el muro de los amigos. Pero cabrÃa preguntarse si le resta tiempo para jugar en el parque con su niño, alejada de su propia cámara. Si el apetito voraz de la vida le perdona tanta ausencia en el "mundo real", si el exceso de documentación no es también un gran vacÃo personal.
Ella es un mero pretexto para mi pluma porque muchas personas han descubierto apetitos similares. La adicción por las redes sociales es un fenómeno que no tiene lÃmites en la edad, el sexo o el nivel educacional. Se ha vuelto desahogo o consuelo, al lÃmite de atentar con las históricas relaciones interpersonales.
Los expertos ya comienzan a hablar sobre lo peligroso de perder la percepción sobre qué tema es privado o público, además de lo nocivo de asumir el muro y la foto de perfil como todo lo que tú eres, y no como una herramienta para interactuar, conocer y achicar las distancias.
No es un secreto para nadie que incluso las relaciones de pareja se han visto modificadas o facilitadas con el uso de las redes sociales. Hay muchos hombres y mujeres que ahora intercambian solicitudes de amistad y en dependencia de las imágenes coquetean y consolidan citas, sin haberse mirado siquiera a la cara. También existen los "infieles virtuales".
Muchos están como idiotizados detrás del celular, a costa de su bolsillo. En la mayorÃa de los casos me atreverÃa a decir que no precisamente buscando novedades en Google o bajando archivos de interés profesional. Hay incluso quienes utilizan la internet en la búsqueda de la realización personal de maneras muy especÃficas y poco convencionales.
La cuestión es que parece que los cubanos nos hemos sumergido como todo el mundo en la desmesura. Por muy novedosa que sea la tecnologÃa hay una singularidad imprescindible en los vÃnculos afectivos, los que emanan del roce de manos, de encontrarse en otros ojos, de descubrir de a poquitos cómo es la persona a la que te atreverÃas a descubrir.
Estamos mutando a seres extraños. Parece además que privado e Ãntimo son conceptos olvidados en la actualidad. Lamentablemente estos comportamientos están a la vista de nuestros hijos, de los más jóvenes que crecen desaprendiendo cómo proteger su individualidad.
Las redes sociales llegaron a nuestra vida para quedarse. Han sido un oasis de algún modo. Gracias a ellas muchos rencontramos a gente importante, nos mantuvimos cerca de las personas imprescindibles, nos ha ayudado a burlar miles de kilómetros, a sentirnos partÃcipes del Mundo. Pero ya es hora de sentar los lÃmites entre lo saludable y lo nocivo, evitar adicciones, absorber la novedad y no quedar absorbidos por ella.
He visto justamente en Face un post que me gustó mucho y readapta de algún modo las palabras de Benedetti y las dirige hacia los entes virtuales. Dice algo asÃ: "No te quedes conectado, idiotizado, ausente a mitad del camino... y si pese a todo no puedes evitarlo y te "enajenas" entonces, no te quedes conmigo".





















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