Sábado, 18 Mayo 2019 07:19

La cola de las colas...

Escrito por Yuset Puig Pupo
La cola de las colas... Foto: ReyLópez

Las Tunas.- Hace unos días me fui al centro de la ciudad con la urgencia de comprar pollo en alguna de las tiendas. Resultó que la Casa Azul ofrecía la única opción. La cola como es habitual, parecía inexpugnable, pero una vez dentro no pasaban de 20 o 25 personas mal organizadas. Pensé que mi suerte no era tan gris aquella mañana, y la verdad no tenía idea de cuán equivocada podía estar...

El primer síntoma de alarma resultó ser que ninguno de los presentes era el último. Los abordé uno por uno y ni así apareció el presunto "culpable". Decidí seguir detrás del grupito del final y después de mí se armó en unos minutos otro tumulto.

Cuando ya casi llegaba a las puertas de la tienda se desenvolvió la verdadera madeja de la cuestión. Las mismas personas que ya habían pasado antes se posicionaron y ocuparon  otros lugares en la misma cola. Y para ser clara, hubo quienes compraron tres veces sin que yo pudiera tocar el producto.

Un par de oficiales de la Policía custodiaban la entrada. Supongo que para cuidar los cristales o actuar en caso de alguna reyerta. Ellos no advirtieron la "anomalía" y debo decir que en las horas que esperé allí lo único que faltó fueron golpes, porque la indignación se manifestó de muchas maneras. Aun así, hubo quienes hicieron su negocio en aquella jornada.

Es cierto que el desabastecimiento de productos imprescindibles para el consumo social ha complejizado las rutinas de los tuneros. A la par de las carencias se ha manifestado también una reacción de desafuero que a veces hace que nos comportemos como hordas hambrientas que amenazan con engullirlo todo. Pero es todavía más intolerable que un grupo de personas se aprovechen de la necesidad para hacer fortuna en esta situación.

No estoy especulando. Una mujer de los que marcaron varias veces se me acercó para ofrecerme el producto a sobreprecio. Quizás, lo menos masoquista hubiera sido comprarle su mercancía e irme de allí. Mas no lo hice por orgullo. Cómo es posible que las limitaciones les vengan como anillo al dedo a los revendedores y mientras una se estresa ellos llenan sus bolsillos.

Son mujeres y hombres generalmente jóvenes, en edad laboral. Están pendientes a los productos más apremiantes para armar sus tretas. Se van a su casa todos los días con cinco veces más ganancias que cualquier trabajador y lo peor, complejizan las colas al límite de lo imposible.

Quienes trabajan no pueden darse el lujo de perder una mañana a las puertas de una tienda. Cuando lo hacen, obligados por la necesidad, tropiezan con estos "desocupados" que han hecho de la espera su oficio del día a día.

Lamentablemente, esto sucede en varios escenarios. El mercado El Tunero es también un sitio donde se manifiesta la viveza de algunos coterráneos. Los escasos recursos que el Gobierno dispone para el pueblo a veces tuercen su paradero allí. Hay quienes compran, en varios turnos, un saco de plátano burro y salen por las calles a revenderlos a 7.00 u 8.00 pesos la mano.

He visto, además, a algunos que canjean su lugar en la cola de la carne de cerdo, otros que compran sacos de arroz para ir a las comunidades rurales a sacarles algún excedente. Y no niego que se sacrifican en tales gestiones, pero deberían utilizar sus fuerzas en las labores productivas. De esa forma aportarían más.

Las largas filas por el pollo ya se han hecho parte del paisaje tunero. Los revendedores han emergido como parásitos entre los proveedores y la población. Esa mañana escuché a un jovencito compartir la triste convicción de que los oficios tradicionales, de ocho horas, son lo menos inteligente y rentable en estos tiempos. Me alarmó un poco la conclusión del muchacho. No estaba del todo equivocado, pero definitivamente, así no es la sociedad que queremos que hereden nuestros hijos.

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