El hecho generó un amargo malestar en los transeúntes a la espera, quienes vieron con insólita sorpresa sus esperanzas rotas, más cuando los carros circulaban vacíos, justo porque cubrieron sus rutas de ida, desmontaron a los pasajeros en el paradero final e incumplieron el itinerario de regreso.
La solidaria actitud del chofer de un ómnibus que iba hasta la Universidad, campus Lenin, fue el benefactor de los airados viajantes. ¿Qué justificación posible eclipsa esta indolencia? Un matrimonio que esperaba con un niño pequeño dijo: “Es inadmisible, aunque los sancionen, ya dañaron al pueblo”.
Sin embargo, ambas rutas entraron al hospital Guevara y siguieron el trayecto establecido. Lo comprobamos en la parada frente a la casa de altos estudios, la colega Yelaine Martínez Herrera y yo, víctimas también de esta inconsciente actitud de dos choferes, capaces de transgredir sus deberes laborales y ciudadanos, en momentos en los que este servicio es uno de los llamados a ser más eficientes y cooperativos.
Y sí, coincido con el criterio de la pareja afectada. Ya cualquier medida administrativa que se aplique a los infractores no quitará la imagen irresponsable ni el malestar generados por ambos. De lo que se trata es de hacer las cosas bien hechas, ser altruistas y humanos. Mucho más cuando la vida aprieta por las cuatro esquinas, el tiempo vale oro y las condiciones climáticas complican los días de quienes dependen, para ir al trabajo y a todas partes, de esas guaguas Diana, por demás incómodas, pequeñas e inestables. Las paradas siempre llenas lo demuestran.






















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