Durante unos minutos pareció que el combate tomaría caminos tranquilos, incluso, llegó a pensar en la posibilidad de ir del ring a un escenario menos físico. ¿El ajedrez, tal vez? Habría que aguzar los sentidos, es cierto, pues su contrario por más que le prometiera dejar a un lado las extensas jornadas de sudor y sangre, mantendría su propósito de derrotarlo. Pasar de los golpes, las heridas, a solo lidiar con las ideas, plantearía sus nuevos retos, mas, sería mucho mejor, ¿no?
Pero fue corto el lapso, su oponente se vio preso de sus peores instintos y regresó a la hostilidad de siempre. Enceguecido por la arrogancia no quiere saber de cambiar de juego, al contrario, apretó sus guantes y vino con todo. Ni siquiera le permite una pausa para reponer fuerzas, al punto de que casi no tiene oportunidad de beber un poco de agua. Su principal aliado sobre el cuadrilátero anda con sus propios problemas y no puede dársela como siempre.
¿Cómo llegó a esta situación? ¿Pereza o malas prácticas sobre el encerado? Las hay, él no las niega, las sufre e intenta eliminarlas. Cualquier análisis sosegado y objetivo del combate no podrá negar las duras condiciones en las que tiene que desenvolverse. No pelea en igualdad de posibilidades y esa es una variable que ahora mismo marca el compás de las acciones.
Para infundirse ánimos, el boxeador se repite hasta el cansancio que esto que vive es una coyuntura, que ahora no será como en el round 30 o 31. Sí, cuando peleó con guantes viejos y zapatillas remendadas una y otra vez, mientras vio desaparecer para siempre la cabecera que lo protegía de los jabs gritados en inglés de su rival.
Para colmo de males, quien fungía entonces como su entrenador, su mentor casi desde el comienzo de la pelea, su paradigma de lo que debía ser un púgil exitoso, lo abandonó a su suerte. Por aquella época, muy pocos en las gradas apostaban por él. Esos asientos otrora abarrotados de partidarios se vaciaron en un abrir y cerrar de ojos.
Fueron 10 o 12 asaltos de tensión extrema, recuerda mientras esquiva una potente derecha que amenazaba con destrozarle el mentón. ¿Qué hizo para salir del atolladero? Mucho. Encontró estilos de pelea más efectivos. Descubrió una rapidez de piernas insólita para los entendidos de este deporte. Tejió nuevas alianzas; se reencontró con amigos olvidados, puede que no tan poderosos como los de antaño, pero fieles en las duras y en las maduras.
Todos los cálculos decían que había llegado su hora final o al menos, que vivía los “penúltimos días”, como tituló un cronista perverso. Sin embargo, sacó fuerzas de donde parecía que no había. Activó resortes de colaboración entre sus músculos y partes del cuerpo que le permitieron administrar con más eficiencia sus escasas calorías. Exploró movimientos y golpes que combinaban modos ortodoxos con otros supuestamente perjudiciales para su salud, pero que con el tiempo notó, lo hacía más fuerte, más completo, porque desbloqueaban resortes que, de otra manera, no habría desarrollado.
Es cierto, le rebrotaron los instintos más primitivos de supervivencia que creía superados y tuvo que lidiar con ellos, sobre todo, porque vive una época diferente del boxeo. Ya la pelea no tiene lugar en las condiciones asépticas de antes. Las lesiones, los traspiés, las tentaciones de tirar la toalla están al orden del día.
Viéndolo acorralado, ¿le conviene aferrarse a la idea de lo transitorio, por más o menos coyuntural que sea estas horas de estrechez? Tal vez no tanto porque… ¿cuántos han sido sus momentos de sosiego? Pocos, muy pocos. Es que cuando los tuvo los creyó permanentes y olvidó esas tácticas que le valieron sobrevivir, incluso, mientras la disputa fue mucho más apretada.
Ahora que debe obligarse a desempolvar estrategias engavetadas, bien le convendría incorporarlas a su entrenamiento diario. Eso no significa renunciar a la aspiración de ser un boxeador mejor. A fin de cuentas, lo será si torna en práctica cotidiana la eficiencia que haya aflorado en instantes como los actuales. Para este púgil del Caribe lo inteligente sería aprender de una circunstancia tan complicada como la de hoy, no desde la noción de lo transitorio sino en la certeza de que podría repetirse.


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