Comencé quejándome del calor infernal. Hablé mal de las personas que no respetan las colas y lo condenado que estamos a las largas filas en casi todos los lugares. Aseguré estar muy apurada aunque en realidad no tenía nada urgente que hacer. Y cuando un niño armó una perreta frente a mí, caí en el tema de lo difícil que es ser madre, y como una ronda, casi al borde de la locura.
Cuando ya no me quedaba nada por decir le pregunté si a ella le faltaba mucho en la cola, y me dijo que no estaba allí para cobrar, esperaba a una doctora para un medicamento raro que no memoricé, llevaba en el lugar casi dos horas, pero no tenía prisa. Debe haber sido mi cara de despiste lo que le hizo explicar: "Yo tengo cáncer, ya nunca estoy apurada".
Fue clara en el decir, sin muchos adjetivos. Me contó de la desesperación, de la verdadera locura y de la sobriedad que queda después que alguien acepta lo inevitable. Se expresó con una tranquilidad que me hizo avergonzarme por mi efusión sin criterio.
Me aconsejó vestir de blanco para contrarrestar el calor, y llevar una novela, algún libro o revista para hacer más tolerable la espera, por aquello de que "es peor el que protesta que el que se cuela".
Con mi niño la lección fue sencilla, disfrutar un poco sus travesuras, porque lo que hoy me agobia no es más que un regalo que no he sabido descifrar, "una vive la maternidad exigiéndose tanto que olvida por completo, darse un respiro y aprovechar cada minuto de la infancia de los hijos".
Me contó que hace tiempo había comenzado un pequeño proyecto para escapar del estrés, y ahora coleccionaba cactus, intercambiaba algunos con amigos, visitaba lugares en busca de nuevas variedades, y esa actividad le era tan gratificante que a penas podía esperar otro día para ampliar su reservorio de macetas de barro.
Dijo mucho más, algunas cosas me hicieron estremecer a pesar del optimismo. En minutos, trastocó mi mañana con una sabiduría pasmosa. Nunca pregunté su nombre. Pero escribí estas líneas de un tirón como suerte de agradecimiento. Sin esperarlo me llevé una lección de las buenas, de esas que una necesita, cuando, aún con los ojos abiertos, no has aprendido a ver la vida.
Domingo, 26 Marzo 2017 00:03
Aprender de la vida
Escrito por Yuset Puig PupoMe senté al lado suyo en el policlínico Guillermo Tejas. Yo esperaba un turno para cobrar y asumí que ella también. Normalmente soy muy reservada, pero con los completos desconocidos me invade una espontaneidad inexplicable. Ni siquiera recuerdo quién habló primero, pero esa mañana, sin saber por qué, descargué toda mi frustración en la mujer a mi izquierda.
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De Las Tunas






















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