Le pregunto sobre el proceso eleccionario y su lógica me sorprende. Me cuenta que en otras partes del mundo son los soldados quienes custodian el voto del pueblo. En vez de uniformes escolares hay armas. Y nadie sonríe porque no hay optimismo, ni confianza ni rostros de pequeños que invitan a creer en el futuro.
A Maray sus padres y maestros le han enseñado desde muy temprano a honrar las elecciones porque eso significa la continuidad de un proceso, escuelas para los infantes, hospitales, parques donde pasear y la perpetuidad del sistema que ha estipulado, cual ley, que los niños son la esperanza del mundo.
Junto a sus compañeros, la veo intercambiar ideas, arreglar su pañoleta de vez en vez y seguir con la mirada la fila de personas con las boletas en mano. La verdad en los ojos de Maray se vuelve irrefutable: no se trata de consignas ni discursos de apología. El voto en Cuba es una forma de patriotismo, de esperanza, de ser cabal con nuestra historia y la inocencia de los niños.


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